Juan García Castillejo, un músico electrónico de los años cuarenta

Made in Spain | 1 junio 2014


Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de junio de 2014.

En cuanto a la prehistoria de la computer-music, después de recordar sistemas como el Arca Musarítmica de Athanasius Kircher en el siglo XVII o los manuales del XVIII para componer por medio de dados, hay que citar, por su curiosidad, el Electrocompositor Musical de Juan García Castillejo, desgraciadamente sin una mínima difusión que hubiera podido poner a prueba las posibilidades descritas por su autor en un trabajo publicado en Valencia en 1944…

Música sobre máquinas y máquinas musicales,
desde Arquímedes a los medios electroacústicos.

Alfredo Aracil. Fundación Juan March, 1984.

La obra que se menciona en la entradilla no es sino cierto librillo realmente fantástico y singular por su contenido que lleva por título La telegrafía rápida, el triteclado y la música eléctrica. Su autor, el citado García Castillejo, afirmaba en esa obra que utilizando máquinas eléctricas complejas se podía crear música. No se habla de instrumentos musicales propiamente dichos, la magia estaba en ¡componer de forma automática! Naturalmente, en un mundo repleto de ordenadores, teléfonos móviles con los que se pueden inventar melodías, miles de grupos de música electrónica y texturas sonoras digitales por doquier, aquellas afirmaciones no sorprenden a nadie. Pero, despertemos de nuestro sopor tecnológico: ¡en los años cuarenta apenas nadie soñaba con cosas así! Nuevamente nos encontramos ante una figura asombrosa, muy adelantada a su tiempo que, como en tantas otras ocasiones, fue olvidado muy temprano.

Electrocompositor

El sacerdote inventor

Fue Miguel A. Delgado, escritor que ha iluminado la vida de Nikola Tesla en sus libros, quien me descubrió esta singular figura de la inventiva y el ingenio ibéricos. Algún lejano eco había llegado hasta mí acerca del cura Castillejo (sí, nuestro personaje era sacerdote) pero hasta hace poco no había reparado en lo curioso de su inventiva. Precisamente, desde el año 2008 se viene otorgando el Premio Cura Castillejo con el que se quiere reconocer a los compositores que hayan destacado anualmente en España en el campo de la experimentación sonora. El que este premio tenga tal denominación no es casualidad, pues Castillejo fue un pionero único y muy original que, pese a haber pasado casi de puntillas por la historia de la música contemporánea, bien merece reconocimiento.

Estoy convencido de que a Castillejo le hubiera encantado nuestro mundo repleto de sonidos electrónicos. Desde una banda sonora con fantasmales atmósferas de theremin, hasta las complejas construcciones sonoras de la Sinfonía Turangalila de Messiaen, con esas melosas texturas eléctricas del ondes martenot, o las pegadizas melodías de un grupo techno e incluso la más dura de las guitarras eléctricas, toda la música actual reposa en gran parte en la magia sonora surgida de circuitos eléctricos o electrónicos. Castillejo supo ver ese futuro cuando sólo unos pocos eran capaces de vislumbrar algo parecido en todo el planeta.

El mencionado tratado publicado por Castillejo en el año 44 no tenía más intención que la de difundir sus inventos, que habían tomado forma de patentes años antes. Para comprender la originalidad de las patentes del cura inventor hay que viajar en el tiempo. No sólo desarrolló sus ideas en una España aislada internacionalmente y que acababa de salir de una terrible guerra, sino que fue mucho más allá que sus contemporáneos del ramo. Sí, instrumentos eléctricos se fabricaban y se patentaban por doquier, pero Castillejo fue mucho más allá y, lo que es más sorprendente, sin tener facilidades para conocer lo que se hacía a la vanguardia de la música en el mundo. Demostró gran originalidad en la aplicación de la tecnología eléctrica de la época en la música y, precisamente por eso, tiene gran valor su propuesta de unir teclados como los de los teletipos a un sistema electrónico con válvulas, osciladores, condensadores y demás componentes electrónicos para dar forma a todo un sistema “electrocompositor”. Por medio de cinta telegráfica perforada y un lenguaje que podríamos decir “de programación”, pretendía ir mucho más allá de un instrumento musical. Lo que Castillejo soñaba con crear era todo un estudio de composición asistido por ordenador, con el que incluso se podrían guardar las composiciones a través del sistema de salida con tarjetas perforadas. Una verdadera maravilla adelantada décadas a lo que ha sido la composición electrónica asistida por ordenador.

La genial máquina de electrocomposición

Ciertamente, el electrocompositor de Castillejo era un engendro de cuidado, todo un Frankenstein tecnológico. El invento en el que el sacerdote llevaba trabajando desde los años treinta estaba pensado para poder componer música que hoy podría emparentarse con la conocida como “electroacústica”. En el proceso compositivo, altamente espontáneo, intervenían teclados de máquinas de escribir, de teletipos, transformadores, motores, altavoces y, en general, todo tipo de máquinas electromecánicas. El producto final, un libro sonoro grabado en cinta telegráfica perforada que estaba preparado para ser reproducido, mezclado o modificado a voluntad.

Ah pero, cuidado, no conviene quedarse en lo aparatoso de la máquina. Lo que planteaba el sacerdote valenciano a mediados de los cuarenta del siglo pasado iba mucho más allá de la simple composición de música por medios mecánicos o eléctricos. Revisemos sus patentes, que datan de entre 1939 y 1943. Por ejemplo, hay diversos ejemplos de un “manipulador para el alfabeto Baudot” donde se describe una original forma de codificar y transmitir información partiendo del código que creara el Emile Baudot y que fue empleado en teletipos, considerado como un antecesor de los modernos sistemas de codificación de caracteres utilizados en ordenadores y máquinas de todo tipo. Destacan igualmente otras patentes de Castillejo, como la 157869 o la 154105, que muestran “aparatos para transmitir automáticamente el Morse, cuyas combinaciones quedan registradas óptica y fonéticamente por elección o al azar”. Es en esas patentes en las que queda demostrado lo genial de Castillejo, sabiendo imaginar máquinas no sólo susceptibles de ser empleadas en la creación musical sino también en su grabación, reproducción y transmisión, adelantando conceptos que hoy en día son comúnmente utilizados en telecomunicaciones y tecnologías de la información.

Repasar las patentes es interesante, sin embargo lo más importante consiste en que nuestro inventor se dejó de castillos en el aire y pasó a la acción. Es más, lo primero fue la práctica, pues todo lo que propuso en sus escritos lo llevó a la realidad de manera efectiva. Por eso, lo que aparece en la obra de 1944 no es algo imaginario o fruto de un futurista con la cabeza llena de pájaros, ni mucho menos. Castillejo muestra sus experimentos y lo que se podía hacer con su sistema, con un lenguaje en ocasiones excesivamente simplista y florido. Apasionado del uso de las válvulas, siendo por ello pionero del uso de la electrónica en la música, más allá de lo simplemente eléctrico, el cura valenciano detalla también un sistema de telegrafía rápida. Consistía en emplear la mencionada codificación Baudot para enviar mensajes por medio de un “triteclado”, esto es, un aparato capaz de codificar mensajes de telegrafía rápida pulsando las teclas de caracteres como hacemos hoy día en un ordenador. El operador no tiene por qué conocer la codificación Baudot para enviar el mensaje, de igual manera que no necesitamos conocer la codificación ASCII para escribir en un ordenador.

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El “triteclado” era ingenioso, sin duda, pero ya en los años cuarenta era algo anticuado. Ahora bien, aquel sistema de codificación no era más que un aperitivo de algo ciertamente singular: la creación de máquinas para componer música electrónica. Ahí se adelanto por completo a su tiempo. Castillejo muestra en su obra un conocimiento sorprendentemente detallado de la tecnologia de su época, de los avances en instrumentos eléctricos y en la fisiología de la audición. El apasionado sacerdote había pasado años estudiando todo lo que caía en sus manos acerca de la creación de instrumentos musicales por medio de la electricidad, hasta que había dado con un método ideal de composición musical electrónica que compartió en varias demostraciones prácticas, soñando a la vez con la transmisión sin cables de música artificial:

Era el año 33. Un señor de alta categoría se halla sentado junto a nosotros. Su elevada cultura y su técnica en radio queda ensalzada al decir que se trata del muy insigne Director de Unión Radio Valencia, don Enrique Valor. Atentamente escucha aquella orquesta eléctrica. (…) ¿Y el aparato lleva inconvenientes? Muchos: precio elevado, lámparas, transformadores, condensadores, resistencias, unas docenas de altavoces y parecido número de motores, y sobre todo existe una dificultad casi insuperable en proporcionar voltaje muy estable al consumo variado de cada momento por la diversa intervención de mayor o menor número de notas musicales. Ello no quita que el aparato electrocompositor proporcione producciones admirables. Y no creas amable lector que se trata de un resultado de arte mágica. Nada de eso. Es lo más natural del mundo ya que se trata del admirable resultado de las combinaciones.

Por desgracia, no pudo desarrollar con plenitud aquella tecnología, que no pasó de un estado muy primitivo, perdiéndose en el tiempo. De su vida tampoco se conoce mucho, más allá de conocerse que nació en Motilla del Palancar, provincia de Cuenca hacia 1903 y que desarrolló gran parte de su vida como sacerdote en Segorbe. Falleció a mediados de los ochenta en el más completo anonimato. Quedan para el recuerdo sus invenciones, que pueden consultarse en la Oficina Española de Patentes y Marcas y, cómo no, esa obra del 44 llena de visiones retrofuturistas que mezclaba telegrafía y música nacida de la electricidad.