Tecnología Obsoleta https://alpoma.net/tecob Ciencia, tecnología y cultura Tue, 02 Oct 2018 17:06:41 +0000 es-ES hourly 1 https://i1.wp.com/alpoma.net/tecob/wp-content/uploads/2018/04/cropped-alpoma_avatar.jpg?fit=32%2C32&ssl=1 Tecnología Obsoleta https://alpoma.net/tecob 32 32 133852669 Las aventuras del Coronel Ignotus https://alpoma.net/tecob/?p=13730 Tue, 02 Oct 2018 16:43:13 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13730 Leer más]]> Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de septiembre de 2018.


La lectura del Coronel Ignotus nos deleita con la amenidad de Echegaray, con la trama y humorismo de Conan Doyle (…) y nos hace admirar descripciones grandiosas, como la primera subida del Autoplanetoide, que nos recuerdan las soberbias y magníficas obras de Julio Verne. (…) El Coronel Ignotus es un verdadero Quijote aventurero, más no de los campos de Montiel, sino de los astros, obligándonos a seguirle con la imaginación a través de los espacios, por los que nos lleva explicando fenómenos, descifrando enigmas y haciéndonos percibir en todo los grandes atractivos de las ciencias.

España y América, 1 de octubre de 1923.


Pionero de la ciencia ficción española

Érase una vez un tiempo en el que la palabra “progreso” hacía que se desataran las más descabelladas mentes imaginativas. Casi todo estaba por hacer y el universo parecía completamente conquistable. Para una humanidad que se encontraba en plena fiebre industrializadora, pero todavía con un pie sobre las tierras de las antiguas sociedades agrarias, el soñar con héroes capaces de poder volar o incluso viajar a lejanos planetas, o al fondo del mar, se convertía en alimento de sus propios anhelos por mejorar la vida cotidiana. Hoy, cuando vivimos en lo que por aquel entonces llamaban “El Futuro”, con mayúsculas, estamos saturados de utopías, ucronías, antiutopías y aventuras robóticas y espaciales. Es más, a nadie le llaman la atención ya todos estos temas pero, para nuestros abuelos y sus padres, supusieron toda una válvula de escape en medio de una vida mucho más dura de lo que recordamos.

La fantasía científica, los romances científicos, aquellas obras que, a modo de semilla, dieron vida a las historias de anticipación que terminaron por conformar la ciencia ficción como género, se alimentaron de genios por todos conocidos. El inmortal Julio Verne compartía espacios con las más osadas obras de divulgación de Flammarion, mientras otros soñaban con terribles peligros marcianos de la mano de H. G. Wells o imaginaban princesas marcianas leyendo alguna de las revistas editadas por Hugo Gernsback.

Ya desde los primeros años del siglo XX el género de la ciencia ficción, aunque no era conocido como tal, fue mostrando su división (muchas veces artificiosa y poco clara) en varias corrientes que se han ido manteniendo con el paso de las décadas. Por un lado, se encontraban las narraciones más próximas al género fantástico y, por otro, ese tipo de historias con elementos tecnológicos o divagaciones sociopolíticas más o menos fundadas en teorías científicas que terminaron por dar forma a la ciencia ficción “dura”. En medio de todo ello, cómo no, se sumaba el componente espectacular a las elucubraciones científicas en eso que ha sido conocido como space opera, aventuras clásicas que tienen lugar en el espacio y que terminaron por evolucionar en franquicias de impresionante poder como Star Trek o Star Wars.

Bien, vivimos en una época en la que la televisión y el cine, las plataformas de vídeo en streaming y, en realidad, prácticamente cualquier oferta de entretenimiento contienen algún que otro elemento relacionado con la ciencia ficción, mayormente en forma de space opera. Pero, si miramos a la España de principios del siglo XX, cabe imaginar que de eso, por aquí, no habría nada de nada. Eso era cosa de algunos “locos” estadounidenses, británicos, franceses y poco más. Sin embargo, el panorama era muy diferente. En la España de la primera mitad del pasado siglo aparecieron algunos autores dignos de ser considerados en el gran marco de la historia de la ciencia ficción y, sobre todo, uno de ellos brilló con luz propia tanto por su inventiva como por la calidad de las ideas que plasmaba. No hay duda que puede ser considerado como uno de los precursores de la space operay sus historias no desentonarían ni lo más mínimo desarrolladas y adaptadas como episodios de alguna serie de televisión actual. Además, puede que su estilo no fuera muy “literario”, pero la ciencia ficción siempre ha sido una literatura de ideas, no de artificios, y en eso nuestro personaje fue todo un precursor, porque su sólida formación científica le hacía otear sobre los horizontes del futuro con bastante acierto.

El geógrafo que nos mostró el camino hacia el espacio

Isaac Asimov, Ray Bradbury, Philip K. Dick o Arthur C. Clarke son nombres reconocidos en el panorama de la ciencia ficción clásica pero, ¿quién recuerda al intrépido Coronel Ignotus? Cierto es que, si nuestro personaje hubiera publicado sus obras en Norteamérica, por ejemplo, muy posiblemente hoy día sería considerado como uno de los grandes precursores del género, pero por desgracia hoy apenas es recordado. Por fortuna, en estos primeros años del siglo XXI, su figura ha sido redescubierta y hasta ha dado su nombre a un premio literario pero, ¿quién era la figura que se encontraba detrás de tan extraño nombre?

El Coronel Ignotus, pionero de la ciencia ficción española, y del género de la space operaen concreto, fue un geógrafo e inventor de intachable trayectoria profesional. Nos encontramos ante José de Elola y Gutiérrez, que utilizó el mencionado seudónimo para muchas de sus obras de ficción. Nacido en Alcalá de Henares en 1859 y fallecido en 1933, fue un hombre polifacético que exploró los campos de la geografía, la topografía, la cartografía, fue militar, inventor y, de paso, alumbró obras de teatro y dio vida a algunas de las obras seminales de la ciencia ficción española.

Recientemente, en una librería de viejo en Gijón, me abalancé literalmente sobre una estantería en la que aparecía un ejemplar de Modernas brujerías de las ciencias, obra del Coronal Ignotus que vio la luz en 1921. Y no es para menos, porque para cualquier apasionado de la divulgación científica, ciertas obras José de Elola son joyas sin igual, como si de un Flammarion español se tratara. El Coronel Ignotus no sólo escribía narraciones fantásticas con componentes científicos, sino que publicó obras de divulgación, con gran calidad pero siempre amenas, como la ya mencionada.

En su faceta como inventor, Elola nunca dejó de lado su pasión por lo que era su oficio, lo que le daba de comer: su trabajo como militar especialista en topografía y geografía, además de docente en estos campos. Un vistazo a sus patentes de invención nos mostrará esa pasión sin ninguna duda. En 1899 patentó un procedimiento para impermeabilizar terrenos con el fin de recoger aguas pluviales en los campos y, de paso, potabilizarlas para abastecer poblaciones.

Entre 1907 y 1911 consiguió diversas patentes sobre aparatos topográficos, como su conocida como “brújula taquímetro auto-reductora”. Toda esta acción inventiva nacía de su trabajo como militar y geógrafo. Llegó a ser general del Estado Mayor del Ejército (siendo anteriormente coronel) y, muy posiblemente, de ahí nace su “broma” en forma de seudónimo. Había participado en la guerra con los Estados Unidos de 1898 y, posteriormente, se dedicó a la docencia de la topografía, matemáticas y geometría en varias instituciones militares. Era tan estimada su labor como teórico de la topografía que algunos de sus manuales y tratados sobre dicha ciencia se utilizaron como base para cursos de ingeniería durante años.

Durante mucho tiempo el militar con sueños fantásticos iba publicando obras de teatro por entregas y algunas comedias. Sin embargo, fue en la naciente ciencia ficción donde comenzó a encontrarse a gusto y, lo que comenzó como un simple ejercicio de imaginación, terminó por convertirse, a lo largo de la década de los años veinte, en la imponente Biblioteca Novelesco-Científica del Coronel Ignotus con 17 títulos en su haber. Toda una proeza para la que fue la primera colección monográfica de ciencia ficción de la Historia de España. Las novelas del Coronel Ignotus están repletas de aventuras asombrosas pero siempre atemperadas con infinidad de datos de divulgación científica y tecnológica.

Como he comentado, literariamente no son una joya, pero son toda una mina de información acerca del estado de la ciencia y de lo que se soñaba que iba a ser el futuro de la tecnología. Verdaderas delicias ( a veces muy ingenuas) que nos muestran un mundo, allá por el siglo XXII, en el que mujeres ingeniero diseñan naves epaciales, y las pilotan, viajando por el Sistema Solar (por cierto, de tiempos de la guerra con los Estados Unidos, le venía a Elola cierta manía por los norteamericanos y británicos, convertidos en los “malos” de sus narraciones bajo la forma de cierto imperio futuro).

Los viajes planetarios del siglo XXII de Elola, nos muestran mundos-océano como Venus (lástima que hoy sepamos que en realidad es un infierno ardiente poco acogedor), historias de amor espacial, tecnologías de comunicación increíbles que recuerdan lejanamente a nuestros actuales teléfonos móviles… Las diversas sagas espaciales del Coronel Ignotus descubrían a los lectores españoles un universo nunca antes descrito, y nada tenían que envidiar a muchas narraciones de fantasía científica que se publicaban en los Estados Unidos (hay que decir que Elola, a pesar de sus fobias, conocía muy bien la cultura anglosajona y se movía como pez en el agua entre las publicaciones en inglés). Ciertos elementos de las principales narraciones de Elola llaman mucho la atención. Entre ellas, la presencia de mujeres como protagonistas, como en el caso de la capitana María Josefa Mureba, auténtica heroína que tenía su contrapartida en una espía norteamericana. Los personajes femeninos fuertes, algo inusual en la época, se unían a descripciones de gran extensión acerca de todo tipo de conceptos científicos, creándose extrañas narraciones que dejaron asombrados a los lectores, tanto por la arriesgada propuesta en sus narraciones de viajes a Venus (parece que era el planeta en el que fijó sus ojos, al contrario que el concurrido Marte tan de moda por entonces), como por la asombrosa erudición de la que hacía gala a lo largo de sus textos.

 


Los viajes en el tiempo de Enrique Gaspar

En la literatura decimonónica española pueden encontrarse algunos casos de pioneros de la ciencia ficción realmente sorprendentes. He ahí, por ejemplo, la obra sobre viajes en el tiempo titulada El anacronópete. H. G. Wells es considerado tradicionalmente como el padre de este tipo de obras de ciencia ficción con su libro de 1895 La máquina del tiempo. En 1888 este autor ya había publicado alguna narración en la que esbozaba su idea original y, sin embargo, el diplomático y escritor español Enrique Lucio Eugenio Gaspar y Rimbau, Enrique Gaspar para los amigos, se le adelantó.

El anacronópete fue publicado por Gaspar en Barcelona en 1887 y gozó de cierto éxito en su época. Sin duda, es una de las primeras obras sobre viajes en el tiempo que se conocen y, posiblemente, fue la primera en la literatura moderna, al menos con el esquema clásico de la “máquina” como elemento central con el que viajar a través de los mares temporales. La máquina, que da título al libro, permite al excéntrico inventor español Sindulfo García, viajar por el tiempo y vivir mil y una aventuras. Por desgracia, el propio tic tac del reloj se encargó de borrar las huellas de esta obra pionera del género, que por fortuna ha sido reivindicada en este comienzo del siglo XXI.


Sobre Enrique Garpar, publiqué en TecOb un artículo en 2009.


Las imágenes que acompañan a este artículo corresponden a láminas o portadas de diversas obras del Coronel Ignotus. (De mi biblioteca personal y de la Biblioteca Nacional de España).

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Elcaset, la cinta gigante de Sony https://alpoma.net/tecob/?p=13721 Sun, 30 Sep 2018 15:16:55 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13721 Leer más]]> En un ejemplar de La Vanguardia, concretamente en el correspondiente a la edición del viernes 8 de julio de 1977 (página 7), encontramos un artículo titulado “Situación actual de la Alta Fidelidad”. Bien, el repaso a la tecnología de audio doméstica de la época es realmente interesante. Se menciona en el artículo el asunto de las grabaciones “de referencia”, los nuevos avances en cápsulas magnéticas, giradiscos, cambiadiscos, sintonizadores, amplificadores, cuadrafónía, pantallas acústicas y… equipos de cinta. He ahí lo más curioso, porque leyendo el párrafo correspondiente a las casetes me he encontrado con una vieja amiga de efímera vida: la cinta gigante de Sony. Veamos lo que J. M. Astorga, autor de ese artículo, nos comentaba hace ya más de cuatro décadas:

El descubrimiento de nuevos materiales para las cintas magnéticas (favorecidas en cierto modo por los esfuerzos de investigación para la grabación en video), unido al perfeccionamiento en la tecnología en la fabricación de cabezas magnéticas ha supuesto un avance revolucionario, sobre todo en lo relativo a las cintas cassette, que se han colocado a unos niveles de calidad francamente insospechados hace relativamente poco. Los sistemas de transporte se han mejorado igualmente. Los equipos a cassette se han beneficiado de avances tales como el sistema Dolby de reducción de ruido, la mejor calidad en cintas magnéticas y la existencia de cabezas con entrehierros cada vez más finos. En cuanto a las cabezas en si, tras los pasos del permalloy y a ferrita, se están depositando grandes esperanzas en una nueva formulación, investigada por los japoneses, llamada “Sendust”. Equipos de alto refinamiento incluyen diversos sistemas de reducción de ruido aparte del Dolby, señales de prueba para calibraciones internas, y otras facilidades adicionales. Conocidas las limitaciones de la cassette, diversas compañías buscan un nuevo modelo de cinta compacta que sea más apropiada a los fines de la alta fidelidad.

Algunas firmas europeas propugnan el lanzamiento de la “Unisette”, especie de cassette de mayor tamaño, que no tuvo demasiada aceptación durante su introducción hace años. La industria Japonesa, por su parte, intenta la aceptación de un nuevo sistema denominado “Elcaset”, que usa el mismo principio que la cassette, pero en un formato mayor (152 x 106 x 18 mm), con cinta de 1/4 de pulgada (6,35 mm) y velocidad de 9,5 cm/s. Durante la grabación o lectura de la cinta, ésta sale de su estuche, formando un bucle, pasa por las cabezas del equipo y vuelve a entrar para ser bobinada en el carrete correspondiente. En la caja existen una marcas codificadas de acuerdo con el tipo de cinta incluida, que permiten a selección automática en el equipo. La distribución de pistas es idéntica a la cassette, por lo que no se presentan próblemas de compatibilidad estereo-mono. Este formato permite la utilización de una cuarta cabeza para propósitos de control. Si esta idea progresa (lo que no parece difícil teniendo en cuenta los nombres de las compañías japonesas envueltas en ello), y considerando las ventajas de “Elcaset” sobre la cassette (mejor respuesta en frecuencia, mayores dinámica y relación señal-ruido, podría ocurrir que en unos años ambos formatos ocuparan campos distintos, solapándose, enfocado “Elcaset” hacia sistemas de mayor calidad y la cassette para aplicaciones que, aún dentro de unas prestaciones excelentes, requieren menos exigenclas (equipos Hl-Fi más económicos, grabaciones no demasiado criticas, etcétera)…

La descripción de la cinta gigante de Sony (en la imagen inferior ser verá la explicación a tal sobrenombre), era de lo más optimista. Se trataba de crear dos mercados: uno ya estaba establecido y durante finales de los setenta y durante todos los ochenta creció espectacularmente. Eran las cintas de casete de toda la vida (compact cassette). Para melómanos, audiófilos y para grabaciones exigentes, Sony y otras compañías pensaron en crear esta nueva casete, que ofrecía más calidad, selección automática de pista y otras ventajas.

Elcaset, la cinta gigante de Alta Fidelidad, tal y como le sucedió a multitud de otros formatos, no llegó muy lejos. Lanzado comercialmente en 1976, fue retirado en 1980 sin haber despertado gran interés, más allá de unos pocos apasionados.

Referencias:
– Ars Technica. Forgotten audio formats: Elcaset.
– Atlas Obscura. The Quiet Failure of Sony’s Giant Cassette Tape.

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El cleptógrafo, detective automático https://alpoma.net/tecob/?p=13711 Tue, 25 Sep 2018 16:16:17 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13711 Leer más]]> Precisamente con el título que he empleado como cabecera de este post, comenzaba una pequeña nota en la edición del 20 de noviembre de 1909 de la revista Mundo Científico, publicada en Barcelona:

…se trata de un aparato destinado a registrar los robos, produciendo una fotografía del culpable inscribiendo, a la vez, la hora exacta del atentado. La sala donde está instalado el cleptógrafo encierra un sistema de puntos de contacto, ingeniosamente distribuidos por las puertas, ventanas, muebles, cajas de caudales, cajones, etc… Tan pronto como una persona extraña se introduce en la sala, una cámara fotográfica, obedeciendo al impulso de los puntos de contacto tocados involuntaria e inconscientemente por el intruso, dirige automáticamente el objetivo hacia la parte donde radica el punto de contacto herido, es decir, hacia el malhechor y, después de abrir el objetivo, enciende el polvo de magnesio destinado a proporcionar la luz instantánea para la impresión del negativo y obtura el objetivo, cambia la película y prepara una nueva porción de magnesio, registrando la hora exacta del suceso. El conjunto de estas diversas operaciones será evidentemente realizado en menos tiempo del necesario para describirlo, y el aparato quedará preparado inmediatamente para tomar una nueva toma, lo que se efectuará tan pronto como el ladrón toque un nuevo contacto y así sucesivamente. El cleptógrafo, comparable a un detective invisible, habrá seguido y dibujado las idas y venidas del ladrón, proporcionando a la policía datos auténticos y de un valor extraordinario para la busca del autor del robo…

Recordemos que se trata de un artilugio ideado en 1909, por lo que era algo muy osado para su tiempo y se adelantaba bastante a otros sistemas de seguridad y registro creados décadas más tarde (desconozco si se llegó a utilizar en la práctica o sólo quedó en un modelo de demostración). En La Ilustración Española y Americana, edición del 8 de noviembre de 1909, se comenta que la invención partía de un empleado de banca italiano, un tal Camusso, director de una sucursal bancaria del Piamonte. De esa publicación he extraído la mejor imagen que he encontrado del mencionado cleptógrafo, que reproduzco a la vera de estas letras.

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Un dispositivo nuclear perdido en el Himalaya https://alpoma.net/tecob/?p=2389 https://alpoma.net/tecob/?p=2389#comments Thu, 20 Sep 2018 11:45:38 +0000 http://www.alpoma.net/tecob/?p=2389 Leer más]]> Rescato este artículo publicado originalmente el 22 de marzo de 2010 para incluir varias actualizaciones
El asunto descrito a continuación sigue oscurecido, sin embargo fue en el Nanda Devi  y no en el Nanda Kot, como aparecía en mi texto original, donde se perdió un pequeño dispositivo de energía nuclear. Resumen: En 1965, un equipo indoamericano envió una misión encubierta con el objetivo de instalar un dispositivo de vigilancia en la cima de la montaña Nanda Devi para controlar la actividad nuclear de China en el Tíbet. El generador nuclear que iba a alimentar a los sensores de radiación se perdió durante una tormenta. Después se llevaron a cabo varios intentos de rescate, entre 1966 y 1968, para localizar y recuperar el dispositivo. Se afirma que hacia 1968 fue desmantelado un aparato similar que había sido colocado sobre Nanda Kot. Se desconoce el estado actual del dispositivo perdido.

En el Himalaya indio, cerca de la frontera con China, encontramos dos imponentes masas pétreas: el Nanda Devi y el Nanda Kot. El Nanda Devi (montaña sagrada para los lugareños) cuenta con dos cimas gemelas (la cima situada al oeste tiene una altitud de 7.816 metros y la del este 7.434 metros) y es la segunda montaña más alta de la India.

El Nanda Devi. Imagen de Michael Scalet

Por su parte el Nanda Kot cuenta con 6.861 metros de altitud.

El Nanda Kot. Imagen de Capnraib

El siguiente mapa ayudará a la hora de comprender mejor el interés que tienen estas montañas en cuanto a lo geoestratégico se refiere.


Ver mapa más grande


UN LUGAR ESTRATÉGICO

Visto este mapa, se comprenderá algo importante: se trata de un lugar privilegiado para vigilar la actividad de tres potencias nucleares. Es un área muy conflictivo. Ahí está la India al sur, China al norte y Pakistán al oeste, tres jugadores en una peligrosa partida militar en la que los artilugios nucleares son un ingrediente fundamental. Esta historia permanece todavía en la oscuridad y muchos de sus detalles se desconocen, pero ya hay bastantes indicios de lo que podría haber sucedido.

En el año 1965 un equipo conjunto formado por técnicos (agentes de la CIA mayormente) y escaladores de la India y de los Estados Unidos, emprendieron una complicada misión con el objetivo de instalar un sistema de vigilancia sobre el Nanda Devi. La función del aparato consistía en monitorizar el Tíbet, buscando todo tipo de señales sobre detonaciones nucleares de prueba o actividades con misiles por parte de China. Para alimentar la estación de rastreo se diseñó un pequeño generador termoeléctrico radioisotópico capaz de dar vida a los circuitos de los sensores durante años. Por desgracia, durante una gran tormenta, al poco de llegar a su destino, el generador fue confinado y posteriormente se perdió su pista en los valles de la monumental montaña. En años posteriores se enviaron diversas misiones para rescatar el peligroso artilugio, pero es poco lo que se conoce acerca del éxito de tales intentos. La pregunta que preocupa a muchos en la India es si lograron, o no, recuperar el generador nuclear intacto, pues se sospecha que la pequeña carga de plutonio-238 que contenía podría diseminarse por la montaña, aunque se desconoce su estado real (al menos de forma pública).

Parece una película de espías, y no es para menos. El emplazamiento de los sensores puede parecer extraño, pero teniendo en cuenta la incertidumbre que reinaba en la India y, sobre todo, en la inteligencia de los Estados Unidos tras las pruebas nucleares chinas en el Tíbet, no debe resultar raro que no se reparara en gastos a la hora de contar con una atalaya sin igual para vigilar las actividades nucleares chinas, sobre todo en un momento en el que todavía no se contaba con satélites capaces de realizar tareas similares. Existen indicios de que, tras la pérdida del primer generador, se instaló otro con éxito. Estas expediciones secretas sólo se comenzaron a conocer parcialmente gracias a diversas filtraciones a periódicos indios a partir de finales de los años setenta, cuando se supo que varios de estos dispositivos habían sido empleados para monitorizar actividades nucleares, siendo el de Nanda Devi el único supuestamente perdido.


UNA “BATERÍA” MUY ESPECIAL

El dispositivo nuclear empleado en las operaciones de Nanda Kot y Nanda Devi era un Sistema Nuclear de Potencia Auxiliar (System Nuclear Auxiliary POWER o SNAP, en inglés). Se trataba de generadores termoeléctricos de radioisótopos, similares a los empleados en varias misiones de sondas espaciales. En concreto, se utilizó el modelo SNAP 19-C, alimentado con Plutonio 238. La operación de monitorización de la actividad nuclear de China había comenzado en el mismo momento en que se conoció la detonación de prueba del proyecto 596, esto es, la explosión el 16 de octubre de 1964 de la primera arma nuclear china.

Después de realizar simulaciones y pruebas en el Monte McKinley (el célebre Denali de Alaska), los escaladores estadounidenses e indios establecieron un campamento en la cara sur del Nanda Devi en otoño de 1965. La estación de sensores de monitorización se llevó allí desmontada, junto con el generador SNAP que tenía forma de cono.

Imagen de la expedición de entranamiento al Denali (Alaska), julio de 1965. Fuente: Spies in the Himalayas, secret missions and perilous climbs (ver sección de referencias).

La ya mencionada tormenta hizo que la expedición tuviera que regresar, dejando el generador y el resto del equipo convenientemente almacenado en el campamento base. Resultó que en la primavera de 1966, cuando la expedición volvió para instalar definitivamente el equipo, se encontraron con que una gran avalancha había sepultado todo rastro de la estación. Ante eso, siendo imposible rescatar el generador, ¿qué se podía hacer? Debe tenerse en cuenta que la cara sur del Nada Devi es uno de los lugares de nacimiento del río Ganges. Se decidió enviar más expediciones de rescate, pero no pudieron localizar el generador. Como no se detectó radiactividad anómala en las aguas del Ganges en los meses posteriores, se decidió olvidar el asunto. Se sabe que el generador instalado posteriormente en el Nanda Kot, hacia 1967, funcionó correctamente y fue retirado posteriormente. Lo que nadie sabe es qué habrá sucedido con el SNAP que, se supone, sigue allá arriba, enterrado bajo toneladas de nieve.

Imagen de la expedición al Nanda Kot. Al fondo se pueden ver las cumbres gemelas del Nanda Devi. Fuente: Spies in the Himalayas, secret missions and perilous climbs (ver sección de referencias).

Referencias:
Spies in the Himalayas: Secret Missions and Perilous Climbs. M. S. Kohli y Kenneth Conboy.
The Times Of India, 5 jun 2003. CIA nuclear device atop Himalayas.
Outlook India, 28 abril 2003. Those Nuclear Ice Spies.
Eternal vigilance?: 50 years of the CIA. Rhodri Jeffreys-Jones y Christopher M. Andrew.

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https://alpoma.net/tecob/?feed=rss2&p=2389 9 2389
Hacia el hospital esférico https://alpoma.net/tecob/?p=13673 Wed, 19 Sep 2018 09:44:01 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13673 Leer más]]> A finales de 2008 publiqué un artículo titulado “El hospital esférico” en el que mencioné por primera vez este asunto. Lo que sigue es una ampliación de aquella historia, con nuevos datos e imágenes…

George Wall publicó en julio de 1920, en la revista Electrical Experimenter, un artículo acerca de una arriesgada propuesta para crear un nuevo tipo de hospital. Por entonces lo veían como algo futurista y poco práctico pero, aunque pueda sorprender, finalmente fue construido. El siguiente gráfico muestra una propuesta inicial del “hospital de alta presión”.

Vista de “hospital de aire comprimido”, con tres secciones diferentes: una para consultas, otra con los compresores y, finalmente, las cabinas de los pacientes (Electrical Experimenter, julio de 1920).

Para entrar de lleno en materia, he aquí varios gráficos de la patente original de Orval J. Cunningham, solicitada el 25 de octubre de 1920 y concedida en 1923, para su tecnología de terapia hiperbárica.

El médico de Kansas City Orval J. Cunningham publicó durante la década de 1920 los resultados de las investigaciones que había llevado a cabo en años anteriores. Para él, la terapia con oxígeno a alta presión era prácticamente una panacea. He aquí la cabecera de uno de sus artículos, publicado en Anesthesia an Analgesia en abril de 1927.

Cunningham era profesor de fisiología y anestesista, habiendo publicado entre 1908 y 1913 diversos artículos científicos acerca del uso de diversos gases en anestesia. Fue profesor en la Facultad de Medicina de Kansas City, cargo al que accedió en 1916, época en la que diseñó una máquina para suministrar gases anestésicos. Sin embargo, su experiencia con la pandemia de gripe de 1918 hizo que cambiara la orientación de sus investigaciones, pasando a investigar la terapia hiperbárica. Todo surgió de una observación: Cunningham anotó que los pacientes con enfermedades pulmonares parecían mejorar cuando cambiaban de altitud y se trasladaban de Denver a Kansas City y, de ahí concluyó que la mejoría se debía al aumento de oxígeno a menor altitud. La cuestión no quedó en una simple nota, sino que aquella idea se convirtió en su pasión para el resto de su vida. En aquel mismo año de 1918 construyó en Kansas City su primera cámara hiperbárica, un tanque en el que se suministraba aire a presión con alto contenido en oxígeno. Su éxito con dos pacientes de neumonía hizo que comenzara a tratar todo tipo de enfermedades con su cámara: sífilis, hipertensión, diabetes…

El tanque de tratamiento con aire a presión de Cunningham en Kansas City, hacia 1920. Más información.

Cunningham tuvo la suerte de tratar en ese tanque de presión a un acaudalado industrial, paciente urémico, llamado Henry Timken. El adinerado personaje, sintiendo que había rejuvenecido con aquella terapia hiperbárica, ofreció a Cunningham la increíble cantidad de un millón y medio de dólares de 1926. El objetivo de la donación era la construcción de un gran hospital en forma de esfera de acero en las cercanías de un sanatorio en Cleveland. Cunningham, centrado en su idea de curar todo tipo de males por medio del aire a presión enriquecido con oxígeno, pensó en curar enfermos de diabetes, hipertensión, anemia, sífilis, varios tipos de cáncer, artritis, neumonías y muchas otras dolencias.

Texas Journal, 28 de marzo de 1928. Fuente: Midtown KC Post.

Aquello se convirtió en la terapia de moda para las gentes con cierto nivel económico y, a pesar de que fue criticado con fuerza por muchos otros médicos y asociaciones profesionales médicas (no veían nada claro el asunto), nada hizo frenar los deseos de Cunningham. Sin embargo, la aventura naufragó poco después, sobre todo porque la Gran Depresión se encargó de hundir económicamente el sanatorio. Esto, junto con las críticas profesionales a la técnica empleada, hicieron que la “bola” de metal fuera pasando de un propietario a otro hasta ser desmantelada. Cunningham murió de un derrame cerebral en 1937 (precisamente el año en que el hospital esférico fue cerrado definitivamente) y, curiosamente, a pesar de que su idea original era demasiado optimista, algunos de sus planteamientos fueron validados con el tiempo. Eso sí, la terapia hiperbárica ha encontrado su hueco en aplicaciones muy determinadas y controladas, no valía para curar prácticamente cualquier cosa, como los promotores de la esfera imaginaron.

El hospital esférico de Cleveland (Cunningham Sanitarium), concluido en 1928, ofrecía terapia con oxígeno a presión a pacientes con muy diversos tipos de enfermedades. Visualmente el diseño del edificio era impresionante: una esfera de 900 toneladas de acero de cinco pisos, dotada de 38 cómodas habitaciones y 350 ventanas selladas en forma de ojo de buey, todo ello situado en medio de un precioso paisaje a orillas del lago Erie. En 1942, el acero del edificio fue empleado para el esfuerzo bélico de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

El hospital esférico en construcción, 1928. Fuente: The Cleveland Memory Project.
El hospital esférico en todo su esplendor. Fuente: The Cleveland Memory Project.
Interior del hospital esférico en 1928. Fuente: The Cleveland Memory Project.
El hospital esférico abandonado, hacia 1942. Fuente: The Cleveland Memory Project.
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Un póster sobre Nikola Tesla… https://alpoma.net/tecob/?p=13669 Mon, 17 Sep 2018 14:23:13 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13669 Leer más]]> Sí, he aquí un nuevo proyecto que he publicado en Kickstarter. No daré mucho la lata con ello, porque es un experimento que se aleja bastante de lo que es mi línea principal en cuanto a proyectos infográficos. Simplemente, si te apasiona la vida e invenciones del genial Nikola Tesla, te invito a conocer y apoyar este proyecto (de momento sólo en inglés). Accede a la campaña.

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Un lector portátil de libros de 1920 https://alpoma.net/tecob/?p=13658 Fri, 14 Sep 2018 13:17:01 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13658 Leer más]]> Buscando cierta información sobre la Primera Guerra Mundial en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, me estrellé de lleno con este personaje en una serie de fotografías que datan de 1920…

Fiske lector de libros
Library of Congress

Lo más gracioso es que era precisamente a él a quien buscaba, solo que en una ocupación anterior. Se trata de Bradley Allen Fiske (1854-1942), Contraalmirante de la US Navy. En concreto, me interesaba comprobar una serie de detalles acerca de sus obras de principios del siglo XX en las que preconizaba la futura importancia de la aviación naval y, de paso, describía el uso de hidroaviones para el lanzamiento de torpedos controlados por radio. Sabía que había patentado muchas invenciones, muchas de ellas relacionadas con la marina, los instrumentos de precisión para navegación y la aviación naval, cómo no, pero esta serie de imágenes me hizo buscar sus patentes sobre aparatos de lectura portátiles, que desarrolló estando ya jubilado (ver las patentes de Fiske, de entre las que hay varias dedicadas a aparatos de lectura de libros miniaturizados).

Fiske lector de libros
Library of Congress

Como puede verse en las fotografías y en las patentes, se trataba de un artilugio con el que se podían leer libros especialmente creados por medio de una tecnología de miniaturización (algo similar al microfilmado). Estos libros, reducidos al mínimo posible en cuanto a tamaño, tomaban forma de fichas alargadas que podían guardarse en un accesorio al modo de biblioteca portátil, de tal forma que se podían llevar de viaje cientos de libros sin ocupar apenas espacio. Ahora bien, la “reproducción” del contenido, esto es, la visualización a través de un sistema de lentes como si se tratara de un microscopio, no parece que fuera muy cómodo.

Fiske lector de libros
Library of Congress

Tal y como refería la revista La Unión Ilustrada, edición de 23 de julio de 1922:

El vicealmirante Bradley A. Fiske acaba de patentar un aparato curiosísimo, que puede llegar a producir una verdadera revolución en el arte de la imprenta. El aparato se llama «Fiske Reading Machine» o sea «Máquina de lectura de Fiske» y tiene por objeto reducir extraordinariamente el volumen y el peso de los libros, haciendo fácil su transporte en el bolsillo aunque contenga muchos millares de libros. En efecto, en cada página de los libros aue han de ser leídos con el auxilio de la nueva máquina hay 10.000 palabras aproximadamente y hay que notar que cada una de estas páginas no es mucho más larga que la de un libro ordinario, siendo, en cambio, mucho más estrecha. Naturalmente no se trata de una impresión usual sino de una reducción fotográfica en la cual las letras no se distinguirían sin el auxilio de una lente con diez diámetros de aumento. Esta lente, colocada en una armadura movible, se encuentra en un bastidor especial donde está sujeta la página que se va a leer, de tal modo aue la lente, mediante un juego de tornillos, puede recorrer la totalidad de la página. (…) Según cálculos del inventor, el papel invertido en cada ejemplar de una obra preparada para la nueva máquina de leer es la decimosexta parte del que se emplea en un libro impreso por los procedimientos ordinarios.

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El ascensor submarino de Arturo Génova https://alpoma.net/tecob/?p=13626 Sat, 01 Sep 2018 15:57:13 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13626 Leer más]]>

Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de agosto de 2018.


Fuera del puerto [de Cartagena] se han efectuado las pruebas oficiales del aparato inventado por el capitán de corbeta D. Arturo Génova Torruella para salvar tripulaciones de submarinos, obteniendo un completo éxito. Se empleó a 50 metros de profundidad por el submarino C-1, saliendo a flote, sucesivamente, un marinero, el contramaestre y el inventor. El aparato consiste en ascender del submarino una boya de forma especial que alberga al náufrago. Cuando éste abandona el aparato, vuelve a hundirse al ascensor, reapareciendo cada doce o quince minutos con otro tripulante hasta que no queda nadie a bordo del submarino perdido. (…) El aparato funciona a todas las profundidades [sic] sin que los náufragos sufran presión alguna de la masa líquida. No se precisan auxilios exteriores de arsenal, puerto ni buzos. El Capitán General, representantes de la Prensa y elementos de la Comandancia de Marina presenciaron las pruebas desde el cañonero Cánovas del Castillo…

 Nota publicada en Vida Marítima, 30 de julio de 1930.


Allá por los años cincuenta del siglo pasado el que fuera padre de la tecnología espacial que llevó a los Estados Unidos a la Luna, Wernher von Braun, esbozó en algunos de sus cuadernos de ideas para el futuro cierto sistema de rescate para las naves espaciales con las que soñaba. Décadas más tarde, aquellos esbozos terminaron por convertirse en complejos sistemas que podrían permitir el salvamento de astronautas durante el lanzamiento de transbordadores espaciales. Ahora bien, lo ideado por von Braun inicialmente nunca se llevó a cabo. Se trataba de cápsulas unipersonales que salían disparadas de la nave espacial en caso de emergencia, permitiendo a los astronautas regresar a tierra. Curiosamente, un marino español ya había pensado en algo muy similar mucho tiempo antes, solo que aplicado al salvamento en naves sumergibles.

Arturo Génova, en fotografía de Benítez Casaux, tal como aparecía en la revista Estampa, el 29 de agosto de 1931.

Se trataba de Arturo Génova Torruella, barcelonés nacido en 1889, de familia con gran tradición militar, que tuvo una larga y muy fecunda carrera en la Armada. La pasión de Arturo por los submarinos databa de la Primera Guerra Mundial, cuando el mundo contempló el despliegue por doquier de aquella nueva arma. También era la época en que España estaba intentando crear su propia flota de submarinos, por lo que Arturo Génova no dudó en presentarse como voluntario para las tareas que le fueran encomendadas de cara a poner en marcha la aventura submarina española.

Nuestro marino e inventor había encontrado su lugar, un punto desde el que desarrollar todo su ingenio, aplicando sus conocimientos de ingeniería al mundo de las naves sumergibles. Ahora bien, lo que la Gran Guerra había enseñado, y el mar se empeñaba en demostrar también después del conflicto, era que aquellos primeros submarinos eran muy peligrosos. Cada poco aparecían noticias acerca de naves hundidas en las que, incluso sabiéndose que los marinos permanecían vivos en las profundidades, nada se podía hacer por salvarlos. Los únicos medios de los que se disponía en la época para intentar realizar ese tipo de salvamento consistían en el uso de buques auxiliares dotados con campanas de inmersión, pero los resultados solían ser trágicos. Dado que los submarinos de la época no contemplaban ningún tipo de sistema de salvamento, nuestro inventor sintió la necesidad de dar una respuesta ante tan terrible problema. De esa desazón nació su sistema de boya de rescate o “ascensor submarino”, una tecnología pionera que se adelantó a su época.


El Buque de Salvamento Kanguro

Como sucedía en otras armadas, en España se optó por contar con un buque de salvamento para submarinos como única medida posible en caso de accidente en inmersión. Se trató de la nave de salvamento conocida como Kanguro, construida en Holanda. Este buque de salvamento poseía unas formas sorprendentes para la época, teniendo estructura de catamarán (con doble casco paralelo), podía albergar en su espacio interior a un submarino para realizar tareas de reparación o de suministro en pleno océano.

El buque de rescate de la Armada Española “Kanguro”. Revista General de Marina, 1930.

El Kanguro estaba dotado igualmente de todos los sistemas de grúas y maquinaria auxiliar pensada para elevar un submarino de la época y proceder a reparaciones en su casco. La nave fue solicitada por el Gobierno español a los astilleros holandeses Werf Conrad en 1915, justo cuando se habían solicitado también los que iban a ser los primeros submarinos de la Armada. Luego llegaron los líos, porque entre los problemas de la Gran Guerra y un pleito con el astillero, la entrega terminó por demorarse varios años. Así, nos situamos ya en 1920, cuando el Kanguro entra en servicio para servir de nave auxiliar para los novísimos submarinos españoles como el A-0 Isaac Peral, el A-1 Narciso Monturiolo el A-2 Cosme García (todos ellos nombrados en recuerdo de los pioneros de los ingenios submarinos españoles del siglo XIX). Posteriormente, y hasta entrados en los años cuarenta, el Kanguro siguió dando apoyo a los submarinos de la Armada, aunque ya no pudo albergarlos en su seno, pues las nuevas naves que iban llegando eran demasiado grandes para su espacio interior.

Por fortuna, nunca se dio el caso de que esta nave tuviera que auxiliar a un submarino hundido, siendo su única misión de salvamento la que realizó en agosto de 1923, cuando recuperaron los grandes cañones del acorazado España, que se encontraba embarrancado en el cabo de Tres Forcas, próximo a Melilla, durante la Guerra del Rif. El acorazado terminó allí sus días, encallado tras navegar en medio de una densa niebla. Por mucho que se intentó salvarlo, se decidió desmontar todo lo aprovechable y abandonarlo. El mencionado rescate de los cañones fue una tarea compleja en la que, dejando caer al mar los gigantes de 305 mm, fueron rescatados por la nave de salvamento de submarinos Kanguro como si de una operación de rescate se tratara.


Una cápsula para salvamento submarino

En medio de todas estas operaciones y en el desarrollo del arma submarina española podemos encontrarnos con la figura de Arturo Génova, que iba madurando su idea poco a poco hasta dar con el método de rescate más adecuado. Fruto de su ingenio son las patentes que hoy se pueden consultar en el Archivo Histórico de Patentes de la OEPM en Madrid, en concreto se trata de la patente 116.225, fechada el 27 de diciembre de 1929 sobre un “sistema para salvamento de dotaciones de submarinos”, la patente 118.936, bajo un epígrafe similar, que data del 11 de noviembre de 1930 y, finalmente, la patente de Arturo Génova para el “perfeccionamiento en las instalaciones de salvamento de dotaciones de submarinos por el sistema de esclusa y boyarín”, bajo número 122.680, del 27 de abril de 1931.

En todas estas patentes describe Arturo Génova su pionero sistema de “ascensor” submarino, o boya de rescate, que también fue difundida en otros lugares del mundo (donde despertó gran interés), como demuestra el hecho de localizarse también en patentes francesas o en las patentes estadounidenses US1841178A, de 1929, o la US1919834A, que data de 1930, en la que se manifiesta que “…por medio de esta invención es posible de rescatar tripulaciones aisladas en las profundidades (…). No es necesario emplear buzos, y los hombres sumergidos no están sujetos a la presión o temperatura del agua. Además, no se requiere ningún tratamiento médico posterior de ningún tipo, mientras que los coágulos sanguíneos, y similares se evitan…”


Gráficos de dos de las patentes de Arturo Génova
(versión estadounidense) para su “ascensor submarino”.


El ascensor submarino consistía en un conjunto de cápsulas de metal, unipersonales, a modo de boyas en las que se acomodaba el náufrago para salir a la superficie. Los cilindros cónicos de estas boyas se alojaban en el interior de cámaras estancas en los submarinos, con acceso desde el interior y salida al mar a través de una doble escotilla. Una vez en la superficie (el marino podía ver el exterior a través de unas pequeñas ventanillas), el ocupante podía salir al exterior y enviar de nuevo la boya al submarino para que otro náufrago pudiera ascender. Esto se hacía gracias a que la boya estaba unida a la cámara estanca del submarino a través de un cordón umbilical que se recogía desde el propio submarino. Ese cordón también servía para tener hilo directo con la nave a través de un sistema telefónico interno. Una vez descendida de nuevo la boya, se procedía a sellar la esclusa, se achicaba el agua y se ocupaba de nuevo, para ascender otra vez a la superficie. Los submarinos españoles de la época fueron adaptados para contener al menos dos dos de estos “ascensores” submarinos. Y, aunque pueda parecer una maniobra lenta y poco práctica, las pruebas reales que se llevaron a cabo demostraron que se podía rescatar a la tripulación completa de un submarino en muy pocas horas.

El ascensor submarino durante las pruebas de 1030. Mundo Gráfico, 30 de julio de 1930.

Las pruebas iniciales del sistema se llevaron a cabo en 1930, con el submarino C-3 como protagonista, en aguas de Cartagena. Tras mil y un ensayos, cuando la técnica ya se encontraba plenamente establecida, se llevaron a cabo las pruebas oficiales. El C-3 navegó por las mismas aguas el 14 de septiembre de 1931 simulando un rescate submarino. Aquello llamó mucho la atención en medio mundo, haciendo que la prensa de varios países se hiciera eco de la novedad. Finalmente, el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, presenció en 1932 una de las pruebas en la que intervinieron los submarinos C-1 y C-3 en aguas baleares.

Arturo Génova durante las pruebas iniciales del ascensor submarino. Mundo Gráfico, 30 de julio de 1930.

El éxito de su tecnología llenó de satisfacción a Arturo Génova, que en las páginas de Mundo Gráfico, edición del 30 de julio de 1930, manifestó su alivio al saber que posiblemente sería posible salvar en un futuro a los marinos en accidentes submarinos. Comenta el cronista que “…un día (…) cayó en las manos de Arturo Génova un folleto con la narración del naufragio del submarino italiano F-14, semejante a nuestros submarinos de tipo A, ocurrido en aguas del Adriático. El relato le causó impresión por la rapidez con que fue recuperado el casco… inútilmente, ya que sus tripulantes perecieron en pocas horas. (…) Los Estados Unidos tampoco pudieron salvar a sus hombres del S-51, ni de tantos otros, y también en Japón y Francia ocurrieron idénticas catástrofes. (…) Durante una primera prueba, el propio inventor fue el primer tripulante del artefacto, secundado por don Nicasio Pita, maquinista del submarino C-3, donde va instalada esta interesante máquina de salvamento, construida en Cartagena (…)”

El maquinista Nicasio Pita, del submarino español C-3, quien acompañó a Arturo Génova en las pruebas del ascensor submarino. Mundo Gráfico, 30 de julio de 1930.

Ciertamente, el cronista estaba tan asombrado por la invención como por el osado afán del inventor de probar aquella tecnología él mismo. Días más tarde, en otra de las pruebas, comentó nuevamente con asombro: “…sobre las agitadas aguas hace su aparición un boyarín, el mismo que días antes viera sobre la cubierta del C-3. Nuestra embarcación avanza para recoger el aparato, y al destaparse éste, resulta ser el propio inventor su tripulante. El manómetro marca una buena cifra de metros de distancia recorrida en breves momentos con este boyarín, que luego de ser tapado convenientemente vuelve al submarino sumergido para recoger a otro tripulante, el que tiene asimismo la facilidad de sacar o introducir a voluntad a cualquier ser humano.”


 Otras invenciones de Arturo Génova

Junto a su invención más célebre, el “ascensor submarino”, podemos rastrear otras muestras del ingenio de nuestro marino gracias a sus postreras patentes. Así, a comienzos de 1948 obtiene la patente española ES0016218 para unas “gafas antifaro”, por medio de las que “…se evita o se disminuye considerablemente el efecto de deslumbramiento sufre el conductor de un vehículo cuando va a cruzarse durante la noche con otro vehículo cuyo conductor, como frecuentemente sucede, no quiere o no puede cambiar, eventualmente, la intensidad y dirección de sus luces de marcha en carretera por las llamadas de cruce”. Como puede verse por la descripción de la patente, el tema sigue siendo algo actual hoy día. Ese mismo año, ya en diciembre, Arturo Génova obtiene la patente española ES0018529 sobre un “filtro contra faros”, que continúa abordando el mismo problema.

Arturo Génova durante las pruebas iniciales del ascensor submarino. Mundo Gráfico, 30 de julio de 1930.

Lectura recomendada:
Los desconocidos precursores españoles de la navegación submarina. Damaré Edicións, 2013.

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Morphing del siglo XVII https://alpoma.net/tecob/?p=13598 Wed, 29 Aug 2018 08:42:41 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13598 Leer más]]> Cuando hace varias semanas visité la exposición temporal La invención del cuerpo en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid (recomiendo esa visita sin duda alguna), me llamó mucho la atención cierta técnica de dibujo que, salvando las distancias, vendría a ser similar al morphing, solo que llevado a cabo sobre papel y en el siglo XVII.


La invención del cuerpo por morgancrea en Vimeo.


El protagonista del asunto es Charles Le Brun, uno de los pintores franceses más célebres del siglo XVII. Pero no es a sus coloridas y bien conocidas composiciones a las que me quiero referir, sino a una serie de experimentos singulares que llaman mucho la atención por su apariencia. El morphing es un anglicismo que describe una técnica cinematográfica que hemos visto en infinidad de ocasiones en televisión o el cine, e incluso en videojuegos o impreso en revistas. Se trata de un efecto de animación por ordenador en el que se transforma una imagen fotgráfica de un objeto real en otra de otro objeto. Normalmente se emplea para transformar a una persona en otra, o a una persona en animal, como recurso muy socorrido en películas de fantasía y ciencia ficción.

Bien, pues he aquí que hace cuatro siglos al ingenioso Charles Le Brun se le ocurre estudiar las “pasiones animales” del ser humano en una serie dilatada en el tiempo de estudios en los que transforma una figura humana en diversos tipos de animal, con resultados asombrosos y muy llamativos. Tal como se comenta en el catálogo de la exposición:

Para dar en la diana del alma del espectador, el artista ha de atenerse a un código de signos, a una gramática de las pasiones, universal e inteligible por cualquiera. La expresión de las pasiones del alma será, hasta finales del siglo XVII, un mundo ordenado y mecanicista que no dejará emoción sin clasificar ni etiquetar. Charles Le Brun (1619-1690) es el paradigma de ese gusto por lo sistemático. En parte, agranda una vieja tradición, la de las fisiognomías zoológicas que Della Porta había codificado en 1585. Pero él la afronta bajo una mirada menos cosmológica, más artística, más moderna, como una forma de descifrar la interioridad humana y su representación. Con un dibujo sólido, de contornos cerrados y volúmenes poderosos, concentra su expresividad en cejas y ojos y otorga a la geometría del perfil animal un papel definidor. (…) Convierte la fisiognomía en un teorema: mientras zorros o camellos tienen un aire de inteligencia humana, los hombres aparecen bestializados, sin el menor atisbo de caricatura: todo es serio, calculado, grave. De ahí, resulta una humanidad equívoca, con algo de maléfico y terrible, inepto para la palabra y el entendimiento. Le Brun clasificó el circuito que ata el rostro al alma en “Méthode pour apprendre à dessiner les passions”, expuesto en la Academia Francesa en 1668: “Todo aquello que causa pasión al alma es efecto de la alteración de los músculos, que se mueven gracias a las extremidades de los nervios que las atraviesan”.

Aunque en la exposición sólo se muestra algún ejemplo de esta clase de ejercicios visuales de Le Brun, he buscado algunos otros de entre todos los que creó y he seleccionado varios de ellos. He aquí todo un experimento de morphing del siglo XVII…

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Cuando Tesla buscaba a E.T. https://alpoma.net/tecob/?p=13573 Sat, 18 Aug 2018 13:51:43 +0000 https://alpoma.net/tecob/?p=13573 Leer más]]> Como comenté en mi último artículo, he aquí mi traducción de un texto de Nikola Tesla acerca de la comunicación entre la humanidad y civilizaciones extraterrestres. A comienzos del siglo XX publicó Tesla varios artículos sobre este asunto, siendo el más conocido el que vio la luz en la revista Collier´s. Ahora bien, existe un amplio texto similar, menos conocido, en el que Tesla nos habla sobre comunicación extraterrestre, que vio la luz en 1902 como apéndice del libro de Silvanus P. Thompson titulado Polyphase Electric Currents (era el sexto volumen de una enciclopedia sobre electricidad y ciencia). Lo que sigue es mi traducción personal de ese apasionante texto…

COMUNICACIÓN ELÉCTRICA CON LOS PLANETAS
Por Nikola Tesla

La idea de comunicarse con los habitantes de otros mundos es muy antigua. Pero durante siglos ha sido considerada como el sueño de un poeta, irrealizable por siempre. Y, sin embargo, con la invención y la perfección del telescopio y el conocimiento cada vez más amplio de los cielos, su influencia en nuestra imaginación se ha incrementado, y los logros científicos de la última parte del siglo XIX, junto con el desarrollo de la tendencia hacia el ideal de la naturaleza de Goethe, lo han intensificado a tal grado que parece como si estuviera destinado a convertirse en la idea dominante del siglo que acaba de comenzar. El deseo de conocer algo de nuestro prójimo en las inmensas profundidades del espacio, no nace de la curiosidad vana ni de la sed de conocimiento, sino de una causa más profunda, y es un sentimiento firmemente arraigado en el corazón de todo ser humano capaz de pensar.

¿De dónde viene ese deseo? Quién sabe. ¿Quién puede poner límites a la sutileza de las influencias de la naturaleza? Tal vez, si pudiéramos percibir claramente todo el intrincado mecanismo del glorioso espectáculo que se despliega continuamente ante nosotros, y pudiéramos, también, rastrear este deseo hasta su lejano origen, podríamos encontrarlo en las dolorosas vibraciones de la tierra que comenzaron cuando se separó de su padre celestial. Pero en esta era de la razón no es asombroso encontrar personas que se burlan de la idea misma de comunicarse con un planeta. En primer lugar, se argumenta que sólo hay una pequeña probabilidad de que otros planetas estén habitados. Este argumento nunca me ha atraído. En el sistema solar, parece que sólo hay dos planetas (Venus y Marte) capaces de sostener vida como la nuestra. Pero esto no significa que no haya en todos ellos otras formas de vida. Los procesos químicos pueden ser mantenidos sin la ayuda de oxígeno, y todavía es una cuestión debatida si los procesos químicos son absolutamente necesarios para el sustento de los seres organizados. Mi idea es que el desarrollo de la vida debe conducir a formas de existencia que sean posibles sin alimento y que no se vean encadenadas por las consecuentes limitaciones materiales. ¿Por qué un ser vivo no puede obtener toda la energía que necesita para el desempeño de sus funciones vitales del medio ambiente, en lugar de a través del consumo de alimentos, y transformando, mediante un proceso complicado, la energía de los compuestos químicos en energía capaz de sostiener la vida?

Si hubiera seres así en uno de los planetas, no sabríamos casi nada de ellos. Tampoco es necesario ir tan lejos en nuestras suposiciones, porque podemos fácilmente concebir que, en el mismo grado en que la atmósfera disminuye en densidad, la humedad desaparece y el planeta se congela, la vida orgánica también podría sufrir las correspondientes modificaciones, conduciendo finalmente a formas que, de acuerdo con nuestras ideas actuales de la vida, son imposibles. Admitiré fácilmente, por supuesto, que si se produjera una catástrofe repentina de cualquier tipo, todos los procesos de la vida podrían ser detenidos; pero si los cambios, no importa cuán grandes fueran, se desarrollan a lo largo de extensas eras en el tiempo, los resultados finales llegarían a ser los inteligentemente previstos. No puedo dejar de pensar que los seres pensantes encontrarían medios de existencia. Se adaptarían a sus constantes entornos cambiantes. Así que creo que es muy posible que en un planeta congelado, como se supone que es nuestra Luna, los seres inteligentes todavía puedan morar, en su interior, si no en su superficie.

Entonces, se sostiene que está más allá del poder y el ingenio humanos poder transmitir señales a las distancias casi inconcebibles de cincuenta millones o cien millones de millas. Este podría haber sido un argumento válido hace tiempo. No es así ahora. La mayoría de los que están entusiasmados con el tema de la comunicación interplanetaria han depositado su fe en los rayos de luz como el mejor medio posible para tal comunicación. La luz, debido a su inmensa rapidez, puede penetrar en el espacio más fácilmente que las ondas menos rápidas, pero una simple consideración mostrará que un intercambio de señales entre la Tierra y sus compañeros en el sistema solar es, al menos ahora, imposible. A modo de ilustración, supongamos que una milla cuadrada de la superficie de la tierra, el área más pequeña que posiblemente esté al alcance de la mejor visión telescópica de otros mundos, estuviera cubierta con lámparas incandescentes, empaquetadas muy cerca unas de otras para formar, al ser iluminadas, una hoja continua de luz. Se necesitarían no menos de cien millones de caballos de fuerza para iluminar esta área de lámparas, y esto es muchas veces la cantidad de fuerza motriz que ahora está al servicio del hombre en todo el mundo.

Pero, con las nuevas técnicas propuestos por mí, puedo demostrar fácilmente que, con un gasto que no excede los dos mil caballos de fuerza, las señales pueden ser transmitidas a un planeta como Marte con tanta exactitud y certeza como ahora enviamos mensajes por cable desde Nueva York a Filadelfia. Estas tecnologías son el resultado de un continuo proceso de experimentación, de una mejora gradual.

Hace unos diez años reconocí el hecho de que para transportar corrientes eléctricas a cierta distancia, no era en absoluto necesario emplear un cable de retorno, sino que cualquier cantidad de energía podía transmitirse utilizando un solo cable. Ilustré este principio por medio de numerosos experimentos que, en ese momento, despertaron considerable atención entre los científicos.

Como esto quedó demostrado en la práctica, mi siguiente paso fue utilizar la Tierra misma como medio para conducir corrientes, prescindiendo así de los alambres y de todos los demás conductores artificiales. Esta idea me llevó al desarrollo de un sistema de transmisión de energía y de telegrafía sin el uso de cables, que describí en 1898. Las dificultades que encontré al principio en la transmisión de corrientes a través de la tierra fueron muy grandes. En ese momento sólo disponía de aparatos ordinarios, que me parecían ineficaces, y concentré mi atención inmediatamente en el perfeccionamiento de las máquinas para este propósito especial. Este trabajo consumió varios años, pero finalmente superé todas las dificultades y logré producir una máquina que, para explicar su funcionamiento en un lenguaje sencillo, se asemejaba a una bomba en su acción, que atrae la electricidad de la tierra y la conduce de vuelta a la misma a un ritmo enorme, creando así ondulaciones o perturbaciones que, extendiéndose a través de la tierra como a través de un cable, pueden ser detectadas a grandes distancias por circuitos de recepción cuidadosamente sintonizados. De esta manera pude transmitir a distancia, no sólo efectos débiles para señalización, sino cantidades considerables de energía, y los descubrimientos posteriores que hice me convencieron de que en última instancia tendré éxito en la transmisión de energía sin cables, para fines industriales, de forma económica, y a cualquier distancia, por grande que sea.

Para desarrollar aún más estos inventos, fui a Colorado en 1899, donde continué mis investigaciones a lo largo de estas y otras líneas de trabajo, una de las cuales en particular ahora considero de mayor importancia que la transmisión de energía sin cables. Construí un laboratorio en la zona de Pike’s Peak. Las condiciones de aire puro de las Montañas de Colorado resultaron extremadamente favorables para mis experimentos, y los resultados fueron muy gratificantes para mí. Me di cuenta de que no sólo podía llevar a cabo más trabajo, física y mentalmente, del que podía realizar en Nueva York, sino que los efectos y cambios eléctricos se percibían con mayor facilidad y claridad. Hace unos años era virtualmente imposible producir chispas eléctricas de veinte o treinta pies de largo, pero sin embargo produje chispas mucho más grandes, y esto sin dificultad. Los aparatos eléctricos de inducción involucrados habían utilizado sólo unos pocos cientos de caballos de fuerza, y produje movimientos eléctricos derivados con valores de ciento diez mil caballos de fuerza. Antes de esto, sólo se habían obtenido valores insignificantes, mientras que yo he alcanzado los cincuenta millones de voltios.

Muchas personas en mi propia profesión se han preguntado qué es lo que estoy tratando de hacer. No falta mucho para que, cuando los resultados prácticos de mis trabajos sean presentados ante el mundo, su influencia sea percibida en todas partes. Una de las consecuencias inmediatas será la transmisión de mensajes sin cables, por mar o tierra, a una distancia inmensa. Ya he demostrado, a través de pruebas cruciales, la factibilidad de enviar señales con mi sistema desde un punto a otro del globo, no importa cuán remoto sea, y pronto convenceré a los incrédulos.

Tengo todas las razones para felicitarme por el hecho de que, a lo largo de estos experimentos, muchos de los cuales fueron extremadamente delicados y peligrosos, ni yo ni ninguno de mis asistentes sufriéramos lesiones. Cuando se trabaja con estas potentes oscilaciones eléctricas, a veces se producen fenómenos extraordinarios. Debido a alguna interferencia de las oscilaciones, verdaderas bolas de fuego son propensas a saltar a gran distancia, y si alguien estuviera dentro, o cerca de sus trayectorias, sería destruido instantáneamente. Una máquina como la que he utilizado, podría matar fácilmente, en un instante, a trescientas mil personas. Observé que la tensión entre mis ayudantes era evidente, y algunos de ellos no podieron soportar los nervios. Pero con el perfeccionamiento del funcionamiento de tales aparatos, por poderosos que sean, ahora ya no implican ningún riesgo.

Mientras mejoraba mis máquinas para la producción de las intensas fuerzas eléctricas, también perfeccionaba los medios para observar sus efectos débiles. Uno de los resultados interesantes, también con gran importancia práctica, fue el desarrollo de ciertos artificios para detectar a una distancia de muchos cientos de millas, una tormenta que se acercaba, su dirección, velocidad y distancia recorrida. Es probable que estos aparatos sean valiosos para futuras observaciones meteorológicas y levantamientos topográficos, y se prestarán particularmente para muchos usos navales.

Fue en la continuación de este trabajo que por primera vez descubrí aquellos misteriosos efectos que han despertado un interés tan inusual. Había perfeccionado el aparato al que me refería, hasta tal punto que, desde mi laboratorio en las montañas de Colorado, podía sentir el pulso del globo, por así decirlo, notando cada cambio eléctrico que ocurría dentro de un radio de mil cien millas.

Nunca podré olvidar las primeras sensaciones que experimenté cuando me di cuenta de que había observado algo posiblemente de consecuencias incalculables para la humanidad. Me sentí como si estuviera presente en el nacimiento de un nuevo conocimiento o en la revelación de una gran verdad. Incluso ahora, a veces, puedo recordar vívidamente el incidente y ver mi aparato como si realmente estuviera ante mí. Mis primeras observaciones me aterrorizaron, ya que había en ellas algo misterioso, por no decir sobrenatural, y me encontraba solo en mi laboratorio, por la noche; pero en ese momento la idea de que estas perturbaciones fueran señales inteligentemente controladas aún no se me había ocurrido.

Los cambios que percibí ocurrían de forma periódica, y con un esquema tan claro en cuanto a número y orden, que no eran atribuibles a ninguna causa entonces conocida por mí. Conocía, por supuesto, las perturbaciones eléctricas producidas por el sol, la aurora boreal y las corrientes terrestres, y estaba tan seguro como podía estarlo de que estas variaciones no se debían a ninguna de estas causas. La naturaleza de mis experimentos excluyó la posibilidad de que los cambios se produjeran por las perturbaciones atmosféricas, como algunos han afirmado precipitadamente. Fue algún tiempo después cuando me vino a la mente la idea de que las perturbaciones que había observado podrían deberse a control inteligente. Aunque no pude descifrar su significado, era imposible para mí pensar que habían sido totalmente accidentales. La sensación de haber sido el primero en escuchar el saludo de un planeta a otro, crece constantemente en mí. Un propósito estaba detrás de estas señales eléctricas; y fue con esta convicción que anuncié a la Red Cross Society, cuando me pidieron que indicara uno de los grandes logros posibles de los próximos cien años, que probablemente uno de esos logros sería la confirmación e interpretación de este saludo planetario.

Desde mi regreso a Nueva York, el trabajo más urgente ha consumido toda mi atención; pero nunca he dejado de pensar en esas experiencias y en las observaciones hechas en Colorado. Me esfuerzo constantemente por mejorar y perfeccionar mi tecnología, y tan pronto como me sea posible, retomaré el hilo de mis investigaciones en el punto en que me he visto forzado a dejarlo por un tiempo. En la etapa actual de progreso, no habría ningún obstáculo insuperable en la construcción de una máquina capaces de transmitir un mensaje a Marte, ni habría ninguna gran dificultad en registrar las señales que nos transmitan los habitantes de ese planeta, si es que son electricistas expertos. Una vez establecida la comunicación, incluso de la manera más simple, como por un mero intercambio de números, el progreso hacia una comunicación más inteligible sería rápido. La certeza absoluta en cuanto a la recepción e intercambio de mensajes sería alcanzada tan pronto como pudiéramos responder con el número “cuatro”, digamos, en respuesta a la señal “uno, dos, tres”. Los marcianos, o los habitantes de cualquier planeta, comprenderían de inmediato que habríamos captado su mensaje a través del del espacio y que habríamos enviado una respuesta. Transmitir conocimiento por tales medios es, aunque muy difícil, no imposible, y ya he encontrado una manera de hacerlo.

¡Qué tremenda conmoción causaría esto en el mundo! ¿Cuándo llegará? Será algún día, eso debe estar claro para cualquier persona inteligente. Mientras tanto, algo, al menos para la ciencia, se ha ganado. Espero que se demuestre pronto que en mis experimentos en no eran simplemente ilusiones, sino una gran y profunda verdad.

Nota: Para quien no conozca en detalle la biografía de Nikola Tesla, habrá que indicar que, el que fuera padre de nuestra tecnología de energía eléctrica alterna actual, se refiere en este texto a sus intrigantes experimentos llevados a cabo en Colorado Springs entre 1899 y 1900. Se considera que, entre otras, llevó a cabo en ese lugar las que fueron las primeras experiencias de radio y, acerca de esas “señales inteligentes” que dijo haber percibido, se considera hoy día que se trató de interferencias naturales, muy posiblemente de origen radioastronómico.

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