Durante el apagón que vivió la península ibérica el pasado 28 de abril de 2025, pude estar al tanto de lo que sucedía gracias a RNE, que seguía emitiendo por Onda Media gracias a dos grupos electrógenos en su emisor principal de Madrid (uno de esos grupos falló, por fortuna el segundo aguantó). Una vetusta y sencilla radio AM a pilas fue más que suficiente para mantener ese hilo de información abierto. Las redes telefónicas y las emisoras de FM cayeron, en su mayoría, bastante pronto, bien porque no tenían grupos electrógenos propios o por consumir el combustible muy rápido. El caso es que, sin FM ni internet, la AM se convirtió en una vía de comunicación vital en un momento de crisis “aguda”. Y, ahora, a finales de 2025, se van a cargar la AM en España, motivo por el que voy a reflexionar un poco sobre el asunto que, por cierto, me cabrea bastante.

Si uno se fija, casi siempre hay una escena parecida detrás de ciertas noticias tecnológicas con aire de fin de época. Un viejo aparato en una estantería, un dial amarillento, la antena telescópica algo floja y alguien que descubre por casualidad que “ya no se oye nada de nada”. Con el anuncio de RTVE de que Radio Nacional y Radio 5 dejarán de emitir en Onda Media antes del 31 de diciembre de 2025, esa escena va a repetirse muchas veces en España. Y, así, después de 88 años de servicio, la red de AM de la radiodifusión pública se apagará para enfocar sus esfuerzos, o eso dicen, en la radio digital tipo DAB+ y en el resto de las vías ya clásicas: FM, TDT e internet.
El comunicado oficial habla de modernización, de eficiencia y de un nuevo sistema de alertas a la población que se apoyará en el sistema DAB+, con receptores capaces de encenderse solos o interrumpir la emisión para difundir mensajes de emergencia en caso de catástrofe. Este no es un detalle menor, porque la decisión se ha acelerado después del gran apagón eléctrico de abril, cuando quedó claro que la infraestructura de comunicaciones del país es menos robusta de lo que parecía. Eso está claro pero, ¿cerrar precipitadamente la AM es una “solución”?
Sobre el papel, el movimiento encaja en una narrativa que es ciertamente muy cómoda. La vieja tecnología analógica “obsoleta” cede el paso a una radio más limpia, más versátil y barata en lo que es la producción de contenidos, aunque no por el precio de los terminales, ni de lejos. El problema es que, como casi siempre, la historia es bastante más compleja.
La Onda Media ha sido durante décadas la banda de las grandes distancias, del mar y de la noche. Los grandes transmisores de AM se eligieron precisamente porque permiten cubrir enormes territorios con pocas instalaciones. Las ondas de media frecuencia rebotan en la ionosfera y pueden recorrer centenares de kilómetros, sobre todo después del atardecer. Esa característica convirtió a la AM en una herramienta perfecta para llegar a áreas rurales, barcos y zonas donde levantar una red densa de emisores de FM era caro o directamente imposible. Quien haya girado el dial de madrugada, sabe que la AM crea también una geografía sentimental, por así decirlo. Hay estaciones de radio lejanas, que aparecen y desaparecen con la propagación, idiomas extraños, partidos de fútbol escuchados desde el otro lado del mundo y mil paisajes sonoros muy llamativos. No es un tema menor, por mucho que no figure en los pliegos de licitación y de supuesto recorte de costes.
El argumento oficial para justificar el apagado, en España y en otros países europeos que ya lo han hecho, suele ser doble. Dicen que casi nadie escucha ya la Onda Media y mantenerla encendida es muy caro. RTVE insiste en que la audiencia de sus frecuencias AM se ha reducido a una fracción mínima del total, mientras que el coste de operación de esos grandes transmisores, algunos en servicio desde mediados del siglo XX, es elevado.
Realmente, no es una excusa vacía, porque la mayoría de los receptores que se venden hoy en día son de FM, y en los coches nuevos la AM empieza a desaparecer o a esconderse tanto que para muchos oyentes, simplemente, deja de existir. Sin embargo, la cuestión del coste no es tan obvia como a veces se presenta. Un estudio interno de la BBC sobre la huella energética de sus distintas vías de distribución concluyó, con un cierto aire de ironía, que cuando se tiene en cuenta no sólo el lado del transmisor, sino también el consumo de los receptores, la radio en AM (incluida la onda larga) resultaba ser el sistema con menor consumo total por oyente, por delante de FM, DAB e incluso del audio a través de internet. La razón es sencilla muy sencilla, porque un único emisor que alimenta millones de pequeños receptores pasivos, de muy bajo consumo, puede ser sorprendentemente eficiente si hay suficiente gente escuchando. El problema es que, cuando la audiencia cae, el modelo deja de sostenerse. La energía por oyente se dispara y los números dejan de cuadrar. Eso es lo que ha ocurrido en buena parte de Europa.
El apagón de la AM español no es una rareza aislada, sino un capítulo más en el lento ocaso europeo de la Onda Media. Desde hace años, países como Austria, Suiza, Irlanda, Alemania o Bélgica han ido desconectando sus grandes transmisores AM. Un informe reciente señalaba que más de veinte países europeos han cesado completamente sus emisiones en esta banda y que, en todo el continente, sobreviven ya menos de un centenar de servicios en onda media. El Reino Unido se ha convertido casi en la “última fortaleza” de la AM pública, con la BBC aplazando una y otra vez el cierre definitivo de Radio 4 en onda larga y sus últimas frecuencias en AM, pero fijando ya horizontes claros: 2026 para LW, 2027 para el resto de la red AM.
Mientras Europa apaga sus diales AM, al otro lado del Atlántico la película es algo diferente. En Estados Unidos siguen existiendo numerosas estaciones de AM, y esta banda continúa siendo importante para cadenas habladas, emisoras religiosas y radios locales. Sin embargo, las cifras van bajando año tras año. La sensación general es que el peso relativo de la AM no deja de menguar, arrollada por la FM, las radios en línea y los podcasts.
Todo esto dibuja un panorama bastante claro. Desde el punto de vista de los grandes operadores, mantener en marcha redes de AM para un porcentaje muy pequeño de la audiencia es cada vez más difícil de justificar. Pero la historia cambia si miramos desde abajo, desde los márgenes del mapa, esto es, en lugares que por su topografía no pueden recibir bien señales digitales. La señal de Onda Media servía para difundir regulaciones pesqueras, avisos de tormentas y alertas de tsunamis útiles en muchas islas del mundo. Sin la AM, habrá que conformarse con los repetidores locales de FM y con el streaming por internet, una opción nada trivial en áreas geográficas donde la conectividad sigue siendo frágil.
Es en este punto donde aparece la otra cara del asunto. La AM no es sólo “una tecnología obsoleta”, sino una infraestructura extremadamente robusta, pensada para hacer precisamente lo que peor se le da a las redes digitales, esto es, funcionar de forma sencilla, predecible y unidireccional en condiciones adversas. Un receptor de onda media puede ser un aparato baratísimo (los hay por menos de quince euros), alimentado por pilas, con una antena de ferrita y un dial mecánico. No necesita routers, ni satélites, ni acuerdos comerciales con una plataforma de streaming, sólo requiere que, en algún lugar, siga encendido un transmisor. Cuando los integradores de redes hablan de “resiliencia” acaban, sin quererlo, describiendo algo que la radio de toda la vida hacía bastante bien desde hace un siglo.
Frente a este paisaje, se apuesta por el sistema DAB+ en países como España, donde se presenta como el siguiente escalón evolutivo. En vez de una señal analógica que varía de forma continua, el audio se convierte en datos comprimidos y se envía en bloques digitales, empaquetando en una sola frecuencia un múltiplex de emisoras. Dentro de ese múltiplex caben no sólo varios canales de audio, sino también texto, imágenes y servicios adicionales. Sobre el papel, es una solución elegante, con más programas en menos espectro, mejor calidad subjetiva de sonido, nuevas posibilidades para radios temáticas y, además, un canal estandarizado para esas alertas automáticas a la población que RTVE quiere explotar con el sistema ASA.
Pero, como siempre, el demonio se encuentra en los detalles. La radio digital terrestre tiene un “defecto” que los ingenieros conocen como el “efecto acantilado”. Mientras una señal analógica puede degradarse poco a poco, añadiendo ruido, siseos y crepitaciones, la señal digital tiende a funcionar de forma binaria absoluta. Mientras la cobertura es buena, el sonido es limpio, pero cuando el margen de señal cae por debajo de cierto umbral, la recepción se desmorona de golpe en cortes, silencios y artefactos.
Para un oyente en un apartamento urbano quizás no sea relevante, pero para quien escucha en un valle entre montañas, en la costa o en un vehículo que cruza zonas de sombra, la diferencia práctica frente a la vieja AM puede ser considerable.
El otro elemento delicado es la transición misma. El despliegue de DAB+ en España va a remolque de otros países, con una cobertura aún muy incompleta si se compara con las grandes redes de FM. La obligación de extender la radio digital a la mayor parte de la población es muy reciente y llevará tiempo cerrar los agujeros de la malla. Mientras tanto, el apagado de la AM puede dejar en el aire a quienes dependían de esas ondas para recibir un servicio público que, sobre el papel, sigue siendo universal. La propia naturaleza de DAB+ añade una barrera más, pues no basta con tener “una radio cualquiera”. Hace falta un receptor compatible, relativamente moderno, bastante caro, a menudo integrado en coches de última generación o en aparatos específicos que mucha gente ni conoce ni se ha planteado comprar. Quien se ha quedado anclado en el transistor antiguo o en la radio de cocina con AM/FM, queda fuera del juego digital por pura obsolescencia de hardware.
Hay, además, un tercer actor que aparece de fondo sin hacer demasiado ruido. Se trata de la radio por internet. Si se leen determinados titulares, se podría pensar que el futuro de la radio ya no pasa por antenas en colinas, sino por servidores en la nube, apps en el móvil y altavoces inteligentes en el salón. RTVE, como otros radiodifusores, insiste en que todo su contenido estará disponible también en streaming. Desde el punto de vista del oyente urbano con tarifa de datos generosa, es una solución cómoda. Sin embargo, desde el punto de vista de la resiliencia, la dependencia de redes IP comerciales introduce una fragilidad muy evidente, porque basta un corte eléctrico amplio, una caída de la red móvil o un fallo en la infraestructura de un proveedor para que se evaporen de golpe todas esas “emisoras sin antena”. En un escenario de emergencia, el camino de menos dependencia tecnológica sigue siendo el de la buena vieja radiodifusión por ondas hertzianas, así de sencillo.
Obviamente, no todas las redes de AM son imprescindibles. Muchas son, sencillamente, un lujo prescindible en países densamente cubiertos por FM, DAB y redes móviles. Apagar un puñado de grandes transmisores que apenas escuchan ya unos pocos miles de personas y dedicar esos recursos a reforzar la cobertura de radio digital puede ser una decisión perfectamente razonable. El problema aparece cuando ese gesto se interpreta como un signo de que la radio, en general, es algo del pasado. Así que, la cuestión clave consiste en pensar qué tipo de ecosistema de radio se quiere conservar, pensando que las situaciones de crisis suceden cada cierto tiempo, se quiera o no.
La historia de la Onda Media en España, desde los primeros servicios en los años treinta hasta su apagado en 2025, cuenta muchas cosas sobre un país que pasó de la propaganda de guerra a las radionovelas, del parte oficial (el “parte” de guerra se convirtió en sinónimo de noticiario) al informativo moderno, de las grandes emisoras a un paisaje más plural. El riesgo, al cerrar este ciclo, no es sólo perder una banda del espectro, sino olvidar la lógica que la hizo necesaria, el poder contar con una tecnología sencilla, accesible y pensada para llegar muy lejos con muy poco. Tal vez, dentro de unas décadas, alguien encuentre un viejo receptor de Onda Media en el trastero, lo conecte a una antena improvisada y escuche… bueno, posiblemente no escuche nada. Y, en ese caso, en medio de un apagón eléctrico a gran escala, o una crisis similar, la cosa puede ponerse muy fea.
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