Y la música se transfiguró…

Música, Personal | 19 enero 2008

Creo haber comentado en otras ocasiones que en mi iPod conviven músicas de lo más diverso. Así, como uno es tan raro, gusta de escuchar a Alban Berg tras haber disfrutado de Jean Michel Jarre o pasa, sin sentido de contradicción alguno, de Goldfrapp a Palestrina, sin miramientos. En uno de esos saltos me encontraba hace un rato, cuando se han encadenado varias músicas de forma curiosa, gracias a la función de reproducción aleatoria, que en realidad no parece estar sujeta al simple azar sino que, en muchas ocasiones, es bastante previsible. En primer lugar, sonó la música del compositor francés Albéric Magnard a través de un movimiento de su Tercera Sinfonía. A continuación, llegó Anton Webern y su gloriosa Das Augenlicht, para terminar con Noche Transfigurada de Schönberg. Como bien sabemos los enamorados de la Segunda Escuela de Viena, Albéric no guarda ninguna relación con sus compañeros de sesión nocturna… ¿o si?

Mientras sonaba ya la obra de Schönberg me percaté de una coincidencia trágica. Tanto Albéric como Webern murieron en medio de extrañas situaciones propiciadas por la guerra. En el caso del francés, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, habiendo enviado a su familia a un lugar seguro, el compositor decidió quedarse en su propiedad para impedir que los alemanes la destruyeran. No sé qué rondaría por su cabeza, porque no me imagino a un hombre solo enfrentarse a patrullas de soldados bien pertrechados. Por desgracia, los alemanes no se limitaron a pasar de largo y el 3 de septiembre de 1914, Albéric Magnard murió, a los cuarenta y nueve años de edad, combatiendo contra un grupo de invasores. Logró abatir a uno de ellos, pero poco más, porque feneció en el intento, su casa fue incendiada y en la catástrofe se perdieron manuscritos de algunas obras inéditas.

Casualmente, después de la música de Albéric, llegó la de Webern, el genio austríaco que falleció también prematuramente a causa de un estúpido incidente
. Sucedió el 15 de septiembre de 19451, cuando Europa comenzaba a despertar de la pesadilla causada por la Segunda Guerra Mundial. Anton von Webern, después de tantos años de haber sobrevivido a los nazis, que prohibieron su música por “degenerada”, seguramente pensó que lo peor había pasado. Lamentablemente, en esa fecha, sucedió algo terrible. Estaba anocheciendo y Anton, que había viajado de Viena a Mittersill, en Salzburgo, lugar supuestamente tranquilo y alejado de los problemas que la ocupación estaba causando en la capital de Austria tras la guerra, salió de casa de su hija tras un día muy duro, en el que habían arrestado a su yerno acusado de contrabando. ¿Qué hizo el compositor? Lo normal en una situación así, dejó a sus nietos dormidos en la casa y, para no molestar, salió al jardín a fumar un rato, pensando seguramente en el futuro próximo y en la reconstrucción. Al otro lado de la calle rondaba un soldado estadounidense, dicen que se encontraba algo borracho, lo que puede, hasta cierto punto, explicar lo que sucedió a continuación. Anton prendió su encendedor y, ese leve fulgor en medio de la noche hizo que el soldado pensara que, a lo lejos, alguien estaba disparando. Sin pensarlo dos veces, respondió al fuego “enemigo”, acabando con la vida de Anton Webern, de sesenta y un años de edad. Cuentan las crónicas que el soldado, Raymond Norwood Bell, vivió el resto de sus días atormentado por el error cometido aquella noche, hasta que murió completamente alcoholizado en 1955. Al parecer, el nefasto Raymond, cocinero del ejército, estaba involucrado, como el yerno de Webern, en las oscuras tramas del mercado negro, que florecía tras la contienda2. Seguramente pensó que era espiado o que iban a detenerlo, incluso pudo imaginar a un nazi renegado disparando en la lejanía. Sea como fuere, un genio dejó de existir por culpa de un estúpido incidente, tan irracional como la cabezonería de Albéric ante los alemanes o como la guerra en sí misma.

Finalmente, mi iPod, como si quisiera pasar página de tan terribles sucesos, invitó a sonar al mismísimo Arnold Schönberg y su Noche Transfigurada, que convierte en música de manera magistral un poema de Richard Dehmel3. Como no puedo hacer sonar la música a través de las letras de este artículo, lo mejor será transfigurar el horror de los oscuros días de la guerra en Europa con una traducción de este poema, al que algunos calificarán de sensiblero, pero que, para mí, contiene una substancia maravillosa4

Dos personas caminan por la pelada, fría arboleda;
la Luna los acompaña, ellos la contemplan.
La Luna viaja sobre los altos robles;
ni una nube obscurece la luz del cielo,
hacia la que suben las negras copas de los árboles.
Una voz de mujer dice:

Llevo en mi seno un niño y no es tuyo;
en pecado camino junto a ti.
Profundamente he delinquido contra mí.
Ya no creía en la felicidad
y tenía un gran anhelo
por una vida fructífera, por la felicidad
y la responsabilidad de ser madre; así que me atreví
y, trémula, dejé que mi cuerpo
abrazase un extraño
y quedé encinta de él.
Ahora la vida se ha vengado,
ahora que te he encontrado.

Ella avanza con torpe paso.
Mira hacia arriba: la Luna los acompaña.
Su obscura mirada se inunda de luz.
Una voz de hombre dice:

Que la criatura que has concebido
no sea una carga para tu alma.
¡Oh, mira, con qué fulgor brilla el universo!
En todo hay un resplandor;
estás conmigo a la deriva en un frío océano,
mas una especial tibieza flamea
de ti hacia mí, de mí hacia ti.
Esto transfigurará al hijo del otro;
por mi lo llevarás, desde mí;
me has traído el fulgor,
de mí mismo has hecho un niño.

Él abraza las robustas caderas de ella.
Sus hálitos se mezclan en la brisa.
Dos personas caminan por la elevada, clara noche

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1Algunas fuentes fijan la fecha en el 13 de septiembre.
2Véase El Tercer Hombre.
3Verklärte Nacht, poema de la serie Mujer y Mundo, Weib und Welt, de Richard Dehmel, 1896.
4Traducción al castellano vía El Mundo según Singer