La Tierra de Ruperto

Geo | 22 marzo 2007


HBC BanderaHay empresas que sobreviven durante décadas, otras no aguantan más que unos meses, muchas van de fusión en fusión y, las menos, tienen más de un siglo a sus espaldas pero el caso de la Compañía de la Bahía del Hudson es uno de los pocos en los que una empresa puede enorgullecerse de afirmar que mantiene más de tres siglos de actividad ininterrumpida.

Relata Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba que, durante su viaje de juventud por Norteamérica, buscando el soñado paso del Noroeste prácticamente sin fondos y sin mucha idea de por dónde caminar, al referirse a las prácticamente vírgenes tierras canadienses y a los conflictos entre compañías1

La Compañía de la Bahía del Hudson vendió, en 1811, a Lord Selkirk, un terreno a orillas del río Rojo; el establecimiento fue construido en 1812. La Compañía del Noroeste, o del Canadá, se resintió de ello. Las dos compañías, aliadas con distintas tribus indias y secundadas por los bois brûles2, llegaron a las manos. Este conflicto doméstico, horrible en sus detalles, se producía en los desiertos helados de la Bahía del Hudson. La colonia de Lord Selkirk fue destruida en el mes de junio de 1815, justo en la época de la batalla de Waterloo. En esos dos teatros, tan diferentes por lo brillante y lo oscuro de uno y de otro, las desgracias del género humano eran las mismas.

Como bien refiere el escritor francés, en las frías tierras canadienses se vivió una auténtica guerra entre compañías, una contienda en la que se manipularon y se utilizaron como “soldados” a gentes originarias de aquellos lugares que, en realidad, ni tenían que ver en el asunto ni ganaban mucho guerreando en uno u otro bando. En Europa, claro está, aquella guerra no importaba a nadie. Tal llegó a ser la importancia de las compañías de comercio en Norteamérica, que llegaron a crear sus propios imperios en miniatura. Aquellas compañías, lideradas por gentes perspicaces, inteligentes y, por supuesto, un tanto “raras” puesto que no aguantaban el absolutismo en el que vivía Europa, fueron el origen de lo que, con el tiempo, han llegado a ser los Estados Unidos y Canadá. Las compañías eran libres, aunque “dependían”, por ejemplo, de la corona británica. Colonizaron grandes espacios, comerciaron y, claro está, se metieron en muchos líos y pequeñas guerras “privadas”. Precisamente, al haber escapado de la presión absolutista y alimentados por la repulsa a todo lo que pudiera tener que ver con ese tipo de régimen, la democracia estadounidense encontró entre los miembros de las compañías a algunos de sus impulsores originales. Así, la Compañía de Londres colonizó Virginia a principios del siglo XVI, cosa que se repitió en muchos de los estados originales de la Unión durante ese siglo. A finales de esa centuria, en 1670, se fundó una compañía muy especial, la de la Bahía del Hudson que, a diferencia del resto, se convirtió en un gigantesco emporio comercial que ha sobrevivido hasta hoy.

La imensa tierra que logró controlar la Compañía de la Bahía del Hudson, más de un tercio del actual Canadá, una nadería de casi cuatro millones de kilómetros cuadrados se llamó Tierra de Ruperto, en honor del príncipe Ruperto del Rin, sobrino de rey Carlos I de Inglaterra, que tuvo el cargo de primer gobernador de la compañía. A disposición de tal empresa comercial estaba todo lo que pudieran encontrar en esa inmensa extensión de terreno norteamericano, sin límite alguno.

Durante el resto del siglo XVI y hasta bien entrado el XIX, la Compañía de la Bahía del Hudson se dedicó al comercio de pieles, la exploración, el establecimiento de colonias y, por supuesto, a hacer todo lo posible para luchar contra sus competidoras, por medio de la fuerza si era necesario. En 1821, a pesar de llevar tanto tiempo en “guerra”, la Compañía de la Bahía del Hudson se fusionó con su enemiga tradicional, la Compañía del Noroeste para crear un imperio comercial transamericano que controlaba prácticamente todo lo que se podía comprar y vender en tierras de la actual Canadá y gran parte de Estados Unidos, desde el Atlántico al Pacífico. Con el tiempo, su negocio principal de comercio de pieles, entró en decadencia y, hacia 1870, la gigantesca compañía cedió el control de sus territorios a las autoridades de los dominios canadienses. A pesar de eso, la empresa no desapareció, como le sucedió a otras compañías similares, sino que cambió su modo de hacer negocios y sus actividades. Así, hoy día, antiguas redes comerciales de la compañía, todavía en servicio, han servido para mantener viva una empresa que posee centros comerciales a lo largo de todo el territorio canadiense y se enorgullece de haber mantenido su actividad empresarial sin interrupción desde hace siglos.
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1 Fragmento de Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, en traducción de José Ramón Monreal, pag. 316, Libro Séptimo, Capítulo 10, en la edición de 2006 de Acantilado.
2 Los Bois-Brûlés, del francés madera quemada, formaban un grupo tribal dentro de los Lakota de Norteamérica.

En la imagen: Bandera de la Compañía de la Bahía del Hudson.