El incidente Vela

Obsolescencia | 20 septiembre 2008


imgEn ocasiones, las cosas son lo que parecen, pero como no se desea que sean aquello que parecen ser, terminan siendo de todo, menos lo que fueron. ¡¡Vaya lío!! Sí, es complicado, pero con el conocido como incidente Vela, es exáctamente lo que sucedió. Veamos, con brevedad, cierto raro suceso registrado el 22 de septiembre de 1979. En dicha fecha algo extraño vino a cambiar la típica calma turbulenta de las aguas del Atlántico Sur, precisamente en un área muy remota, entre África y la Antártida. Un satélite estadounidense del programa de vigilancia de explosiones nucleares conocido como Vela, detectó una fuente de energía completamente inusual en un área de la Tierra en el que nunca sucede nada. En efecto, dado lo lejano del lugar de cualquier espacio habitado y apenas surcado por alguna lejana nave marítima, no puede decirse que alguien esperara localizar precisamente allí una lectura tan extraña.

Lo que el satélite descubrió fueron dos fogonazos luminosos muy potentes que quedaron convenientemente registrados gracias a sus sensores ópticos. La lectura no fue todo lo fina que hubiera sido deseable, pero quedó claro que algo monstruoso había sucedido en las frías aguas del lejano sur. Los cálculos iniciales estimaron que la potencia necesaria para generar la energía captada por el satélite se situaba entre dos y tres Kilotones. El sorprendente destello luminoso causó cierta sorpresa en la prensa mundial, pero el misterio se olvidó pronto. Los servicios secretos de medio planeta, claro está, no siguieron el ejemplo de los periodistas, dedicándose desde entonces a averiguar qué había originado el que, ya entonces, se conoció como el incidente Vela.

Todo tipo de explicaciones surgieron desde entonces. Al principio no se creía que se tratara de explosiones nucleares, a fin de cuentas ¿quién va a navegar miles de kilómetros hacia el interior de un océano hostil perdido en medio de la nada para probar un ingenio nuclear? Así que, empleando la imaginación, se culpó a la explosión atmosférica de un intruso extraterrestre del suceso. Ya fuera asteroide, fragmento cometario o incluso una nave espacial alienígena, la memoria de la explosión de Tunguska acudió en ayuda de los fabricantes de especulaciones. Y así quedó todo, como una intrigante curiosidad más, sin explicación aparente. Hubo quien, insistentemente, gritó a los cuatro vientos que el incidente Vela era el ejemplo perfecto de suceso natural que podía desencadenar una guerra nuclear debida a la posibilidad de que los satélites lo confundieran con el empleo de un arma de destrucción masiva.

Pero, cosas de la vida, tantas historias y explicaciones terminaron por no ser más que papel mojado repleto de bonitas especulaciones sin valor. Desde el primer momento muchas agencias de investigación sabían que en los fogonazos captados desde el espacio había algo realmente raro. Buques de guerra sudafricanos se encontraban “de maniobras” justo en el momento del incidente. No es un indicio con peso suficiente como para culpar a los sudafricanos de haber creado un nuevo monstruo nuclear, pero si a ello unimos la ayuda de Israel, por medio de una larga y provechosa colaboración de muchos años y las revelaciones de cierto responsable renegado del programa de armas nucleares israelí, terminaron por hacer ver que, lo que parecía una explosión atómica y tenía toda la pinta de prueba de armas era, cómo no, un ensayo nuclear. El resto de supuestas explicaciones no tenía ninguna base, por lo que, al final, el incidente Vela era lo que parecía desde el principio.

El descubrimiento de anomalías en la ionosfera y de lecturas anormales de radiactividad atmosférica poco tiempo después del incidente, no hacía sino confirmar que, por increíble que pareciera, alguien había hecho explotar un arma nuclear en el Atlántico Sur. Ese alguien, tras mucho juego de espías y analistas, terminó siendo una asociación entre Sudáfrica e Israel. Por una parte, Israel aportaba la tecnología, a su vez nacida parcialmente en Francia, y los sudafricanos ofrecieron mineral de uranio y, cómo no, un supuesto lugar inaccesible que sería prácticamente invisible e indetectable para cualquier observador. No contaron con que la prueba secreta de la que nadie se iba a enterar, sería captada por un ingenio orbital que, precisamente, estaba diseñado para localizar fogonazos procedentes de explosiones nucleares atmosféricas.

Más información:
The Nuclear Weapon Archive – Report on the 1979 Vela Incident
The National Security Archive – The Vela Incident: Nuclear Test or Meteorite?
Damn Interesting: The Vela Incident

En la imagen: Satélite Vela-5B / NASA Goddard Space Flight Center.