Las paredes oyen

Obsolescencia | 27 agosto 2013


kenfigOyen… o más bien graban lo que suena en el ambiente. Eso es, al menos, lo que creyeron dos singulares aventureros a quienes se les ocurrió realizar cierto experimento. Mencioné el caso en mi segundo libro, Crononautas, como ejemplo de experimento guiado más por el deseo que por la posesión de datos o pruebas sólidas, pero hasta hoy no había tenido a mano a una imagen del mismo.

En efecto, los dos personajes que aparecen aquí al lado, en la añeja foto en blanco y negro que acompaña estas líneas, pretendían poco menos que hacer hablar a una pared. El experimento que llevaron a cabo tuvo cierto eco en los medios de comunicación allá a principios de los años ochenta. En la imagen, a la izquierda, aparece John Marke y, a la derecha, Allan Jenkins, colocando unos electrodos en la pared objeto del estudio. El primero era ingeniero eléctrico, mientras que el segundo era un químico industrial especialista en cristalografía. El caso es que, entre cerveza y cerveza, en un pub llamado Prince of Wales, localizado en Kenfig, llegaron a sus oídos viejas historias acerca de extraños sonidos que los lugareños afirmaban haber escuchado en la noche. El pub es antiguo, muy antiguo, dicen que lleva abierto desde el siglo XVIII y, de hecho, sigue atendiendo a quien se acerque por allí.

A Marke y Jenkins se les ocurrió entonces una loca idea. Si las gentes del lugar decían escuchar música de órgano, ruidos de mesas, botellas y conversaciones lejanas, cuando apenas había nadie en el interior del pub, aquello podrías ser debido a que las paredes hubieran guardado de alguna manera los sonidos del pasado y, nuevamente de alguna ignota manera, estaban siendo reproducidos esos sonidos como si de una cinta magnética se tratara. Es más, se les ocurrió que la composición de las paredes podía contener compuestos férricos similares a los que tenían las viejas cintas de cassette de audio. Vale, ya disponían todo lo que necesitaban: un lugar “encantado”, una idea arriesgada, un montón de testimonios y cerveza por doquier. ¿Por qué no construir una especie de reproductor para recuperar aquellos sonidos del pasado grabados en la piedra? Normalmente, una conversación de bar de ese tipo no pasaría de ahí, pero Marke y Jenkins pasaron a la acción.

A lo largo de varias noches, cuando el local se encontraba vacío, se llevó a cabo el experimento de Kenfig. Aplicando a una de las paredes más antiguas diversos electrodos, pasaron a someter al muro a corriente eléctrica de alta tensión. Los experimentadores pensaron que, aplicando gran voltaje sobre los materiales del muro, se liberarían los sonidos, que podrían ser grabados en cinta convencional con una grabadora de gran calidad y micrófonos diversos. Según Marke y Jenkins, al escuchar las horas de grabación realizadas, se pudieron escuchar lejanamente conversaciones en galés arcaico, sonidos de pasos, música de órgano, ruidos similares a los de una cocina llena de actividad y hasta el rumor de un reloj de pared que no existía. Tras esas afirmaciones, llegó la fama. El experimento, llevado a cabo en 1982, encontró atención por parte de varias cadenas de televisión de los Estados Unidos y otros países, haciendo que los protagonistas de tan osada aventura lograran unos cuantos minutos de fama. Por desgracia para ellos, un análisis posterior de las cintas por parte de algunos especialistas en sonido de la BBC demostró que, en realidad, lo que se escuchaba eran ruidos típicos de los generadores eléctricos empleados para “alimentar” la pared con alta tensión. Lo que Marke y Jenkins escucharon era cualquier cosa que desearan, porque nada se podía identificar. Nunca mejor dicho, oyeron lo que estaban deseando escuchar.