Intrusiones saharianas

Geo | 26 junio 2006

arenasA pesar del título, las intrusiones a las que me referiré no son humanas. La gente está acostumbrada a asociar, al escuchar la palabra aerosol, a los clásicos botes tipo spray de mil y una clases que nos podemos encontrar en cualquier supermercado, pero en esa palabra hay encerrado mucho más. No trataré aquí de los populares pulverizadores sino del aire que respiramos. A pesar de las apariencias, incluso cuando nos hallamos lejos de las ciudades y, aparentemente, hemos dejado tras nosotros las nubes contaminantes, el aire sigue sin ser “puro”. Lo que respiramos, sea donde sea, se parece más a una “sopa” que a un gas sencillo. Esa “sopa” está compuesta por una mezcla de gases y toda una fascinante colección de partículas sólidas y líquidas en ella suspendidas, formando un aerosol. Este conjunto de gases y partículas puede ser muy heterogéneo puesto que las partículas suspendidas abarcan composiciones y tamaños muy diversos, desde las originadas en arenas hasta otras de origen biológico, con tamaños que pueden ir desde las moléculas aisladas a los agregados que casi no pueden mantenerse en suspensión.

Las fuentes que generan aerosoles son, por tanto, muy diversas. Las aguas del mar sufren pulverización superficial, creando una interesante mixtura de aire y agua superficial en suspensión, la actividad biológica de la vegetación, los vientos que arrastran partículas en los desiertos, la originada por emisiones antrópicas, esto es, industriales, de vehículos, incendios… En conjunto, los aerosoles, independientemente de su origen, son muy importantes porque afectan tanto al clima como a la salud. La presencia de aerosoles en la atmósfera, su cantidad y capacidad para reflejar la luz y otras de sus propiedades, son importantes ya que son capaces de modificar la cantidad de radiación solar que es reflejada o absorbida por nuestro planeta, formando parte del complejo proceso de efecto invernadero. No creo que venga al caso aquí explicar tal efecto, creo que es demasiado conocido. Lo de “demasiado” lo digo porque mucha gente al oir “efecto invernadero” piensa en algo malo, nefasto, casi apocalíptico. Nada más lejos de la realidad, sin ese fenómeno físico presente en nuestra atmósfera, la vida no sería posible en la Tierra. La capacidad que tienen los gases de invernadero y los aerosoles de mantener en la atmósfera de nuestro planeta parte de la radiación solar que recibimos, sin que se pierda en el espacio, es la que hizo que nuestro mundo se calentara hasta el punto de permitir la vida. Un planeta como el nuestro, a la misma distancia del Sol, pero sin una atmósfera capaz de retener esa porción de radiación solar, sería tan frío que, probablemente, sería un verdadero desierto. No hay más que contemplar Marte que, estando un “poco” más lejos del Sol que nosotros, al no poseer una atmósfera lo suficientemente sustancial y con presencia suficiente de gases de invernadero, es un auténtico “congelador”. En cambio, nuestro vecino Venus, casi gemelo en tamaño con la Tierra, es un infierno insoportable para la vida, un lugar en el que, además de estar un “poco” más cerca del Sol que nosotros, la densa atmósfera y la presencia de masivas cantidades de gases de invernadero hacen que la radiación solar penetre en su atmósfera y quede atrapada en ella en grandes cantidades. Por todo esto, el verdadero problema no es el efecto invernadero en sí, puesto que es vital, sino su intensidad.

Se conoce con bastante precisión cómo afectan a la variación del balance de radiación solar que la Tierra absorbe o refleja los gases de invernadero, sin embargo, es menos lo que se sabe acerca de cómo nos afectan los aerosoles, tanto en ese balance como en los aspectos biológicos. En España y en toda Europa, el fenómeno asociado a los aerosoles más conocido y que más nos afecta, además de las nubes de smog, es el de la calima de origen africano. Se conoce con tal nombre a la bruma que se produce por la intrusión en nuestro espacio geográfico de masas de aire procedentes de África y cargadas de aerosoles. Se trata de un fenómeno meteorológico de gran importancia porque, a diferencia de otros episodios similares de origen marino o incluso antrópico, suelen ser muy persistentes y provocar problemas de salud que pueden considerarse, en algunos casos, como graves. Las tormentas de arena en el Sáhara provocan que se eleven a la atmósfera grandes cantidades de polvo y arena que, suspendidos, logran viajar grandes distancias mucho más allá del desierto, logrando alcanzar Europa o América. Lo malo de estas intrusiones de aire africano no está en la arena suspendida en sí, el problema se localiza en que suelen contener una gran cantidad de partículas de origen biológico -esporas, bacterias, virus, pólenes- que, cuando logran concentrarse y alcanzar áreas pobladas, pueden provocar la aparición de alergias y crisis asmáticas en muchas personas, sobre todo aquellas que ya sufrían problemas respiratorios o de inmunodepresión. Muchas veces se refieren casos de “gripes” persistentes o alergias sin causa aparente que pueden haber sido provocadas por el contacto con partículas de origen biológico presentes en estas calimas.

Más información:

–> Recopilación de imágenes de satélite tomadas por el sensor MODIS sobre calimas.
–> Dust Storms and Their Impact on Ocean and Human Health: Dust in Earthrsquos Atmosphere. DWJ Griffin, CAJ Kellogg – EcoHealth, 2004. – Ver PDF.
–> Sistema de vigilancia CALIMA, de la Dirección General de Calidad y Evaluación Ambiental del Ministerio de Medio Ambiente de España.
–> He recopilado diversas bases de datos sobre los aerosoles atmosféricos en La Cartoteca.

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Imagen 1: Polvo sahariano sobre las Canarias.
Imagen 2: Calima sahariana sobre el Mediterráneo.
Imagen 3: Arena en suspensión procedente de Marruecos y Argelia cruza el Mediterráneo.