Blasco de Garay, el ingeniero que no inventó la propulsión a vapor

Made in Spain | 8 abril 2010


Versión reducida del artículo que publiqué en la edición correspondiente al mes de abril de 2010 de la revista Historia de Iberia Vieja.

Allá por el año 1543, el capitán de mar don Blasco de Garay presentó un proyecto al Emperador Carlos V, por el cual pretendía mover los buques sin remos ni velas, ni cosa que se le pareciese, aun con tiempo de gran calma, proyecto que fue recibido con francas muestras de incredulidad por parte de la Corte, hasta que, al fin, accedió el Emperador a que se llevasen a efecto las pruebas, que se hicieron en el puerto de Barcelona el 17 de junio del citado año. Dichas experiencias se realizaron en una nao de unas 250 toneladas, llamada La Trinidad, y fueron presenciadas por personal nombrado al efecto por Carlos V, y entre los cuales se encontraban varios marinos amigos del inventor, a los que éste anteriormente habíales comunicado sus proyectos. El éxito coronó estos primeros ensayos y todos celebraron lo pronto que viraba la nave y la innegable ventaja sobre los buques de vela, tanto a manejo como en velocidad, que igualaba sobre poco más o menos a la que aquellos con viento ordinario, dándole al mismo tiempo, indudablemente, mayor rapidez de movimientos para atracar y desatracar de los muelles. Sin embargo, a pesar de los aplausos, bien pronto la envidia empezó a germinar en ruines corazones, que fueron causa de que el glorioso inventor, encontrando su empresa falta de apoyo, diera en tierra con todos sus proyectos, y al igual que aquellos dos otros, Peral y Monturiol, fuese poco a poco sepultando su nombre en el polvo del olvido. Es innegable que fue Blasco de Garay a quien primeramente se le ocurrió sacar partido de la fuerza expansiva del vapor, para utilizarla en la navegación marítima, si bien lo niegan algunos escritores poco escrupulosos y amigos de conceder a otras naciones la gloria que por derecho propio nos corresponde.

Fragmento de El invento de la navegación a vapor, Mundo Gráfico, 18 de junio de 1930.

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Imagen procedente de la obra Manual de física y elementos de química, de Manuel Rico y Sinobas y Mariano Santisteban, 1856. Se trata de una representación ideal de la supuesta máquina para propulsar barcos de Blasco de Garay: “El primer problema de Blasco de Garay, en tiempo del emperador Carlos V, se resolvió en parte en el puerto de Málaga, de donde pasó el constructor a Barcelona para repetir sus pruebas. Por el informe que sobre aquellas pruebas pidió el Gobierno a los hombres prácticos en la navegacion, no consta que en los mecanismos de Blasco de Garay hubiera el fuego necesario, ni la evaporacion del agua. En su lugar, segun el citado informe, se puede tener una idea del barco de Garay por la presente ilustración, en la cual se hallan representadas las ruedas de paletas a los costados de la nave, y en el centro del barco las masas de plomo que girando habian de favorecer la fuerza de los marineros empleados en hacer que se moviesen las ruedas de paletas impulsoras del barco. Estas masas de plomo fueron las que en una prueba, y cuando la nave, segun los prácticos, estaba navegando con una velocidad de una legua por hora, rompieron la cubierta de la galera, teniendo que suspender la maniobra.”

Camino de la leyenda

Algún lector seguramente habrá pensado que ese `no´ tan destacado que aparece en el título de este articulo bien pueda obedecer a un error de imprenta, o a un despiste por mi parte, pero se equivocará puesto que, precisamente, el `no´ constituye la porción más importante de dicho título. Esto es así porque, lamentándolo mucho, y bajo riesgo de que los colegas de los años treinta en la redacción de Mundo Gráfico me tachen poco menos que de traidor a la patria, la bella estampa del barco movido por medio de vapor ideado por Blasco de Garay jamás fue real.

Claro está, a fuerza de ser repetido el error, una y otra vez, lo que era fantasía basada en un malentendido, terminó por convertirse en algo de lo que no podía dudarse. Casi una leyenda, el caso es que durante casi todo el siglo XIX y gran parte de la pasada centuria, la gesta de Blasco de Garay fue repetida en infinidad de ocasiones e impresa en libros, periódicos y revistas. Unos bebían de otros, en puro ejercicio de repetición, pues algo tan grande y glorioso no podía ser falso. Lo era, así de sencillo, pero aunque ya hace más de cien años se conocía la fuente del error, poco se hizo para intentar remediar el entuerto. La confusión llegó a ser tal que en la Guía General de Barcelona, obra de Manuel Saurí y José Matas, en su edición de 1849, se incluye la reseña sobre una nueva fuente que se estaba construyendo por entonces en la Plaza del Duque de Medinaceli, dedicada a recordar la gloria Blasco de Garay en su experimento naval como inventor único y primigenio de la propulsión a vapor.

No cabe duda de que Blasco de Garay tenía en mente el vapor como posible fuente de energía para mover algunos de sus ingenios, pero tampoco cabe duda actualmente que no llevó a la práctica el famoso experimento de Barcelona en los términos imaginados. Los elementos básicos de la leyenda se han repetido por doquier, de tal forma que se han convertido en una especie de narración con gran coherencia y fuerza interna. Así, el capitán Blasco de Garay habría presentado a Carlos V en 1543 un proyecto de máquina por medio del que un gran barco podría navegar incluso en calma, sin necesidad de remos ni de velas. Prodigioso adelanto que indudablemente colocaría a la flota española a la vanguardia de los ejércitos de todo el planeta. Vale, el punto clave está en “navegar en calma”, cosa que se puede realizar de diversas formas pero que, por error, se ha considerado como navegar gracias a una máquina de vapor. Incluso aparecen grabados en obras del siglo XIX en los que se imagina cómo estaba constituida la máquina de Blasco. Unas gigantescas ruedas de palas propulsadas por un ingenioso mecanismo de esferas metálicas que contendrían agua. El fuego de una caldera calentaría alternativamente las esferas, convirtiendo el agua en vapor, capaz de hacer girar las ruedas de palas. La leyenda cuenta con detalles que no pueden faltar en este tipo de narraciones. Por una parte se afirma que nadie pudo contemplar la máquina realmente, porque Blasco guardaba el secreto y no deseaba miradas indiscretas, con lo que ya tenemos ahí un elemento sospechoso. Por otra parte se encuentra presente el elemento heroico, con una gran disertación y combate dialéctico entre Blasco y los miembros de la Corte con el fin de lograr el apoyo real para llevar a cabo lo que únicamente era una osada idea. Como si de un nuevo Colón se tratara, después de convencer al Emperador, el inquieto Blasco se dispuso a preparar todo lo necesario para realizar su experimento. La fecha histórica, 13 de junio de 1543, contempló en el puerto de Barcelona un extraño barco de doscientas toneladas llamado La Trinidad, equipado con una monumental caldera y grandes juegos de palas en disposición circular. Al mando del nuevo ingenio marino se hallaba el capitán Pedro de Scarsa, que se encargó de realizar la demostración ante la presencia de don Enrique de Toledo y otros grandes personajes de la España de la época en representación de Carlos V y del príncipe don Felipe. El barco se comportó de forma sorprendente, siendo capaz de alcanzar grandes velocidades y capacidades de maniobra inigualables. Claro, todo ello en el mundo imaginario creado por la leyenda que, para terminar de aderezar tan bella narración, incluye la decepción de no encontrar más apoyos a partir de entonces, con olvido secular de la insigne figura de Blasco de Garay, recuperada mucho tiempo después e identificada como propia de la persona que inventó, sin lugar a dudas, la propulsión a vapor, ¡y pobre del quien se atreviera a negarlo pues caería de inmediato en el cesto de los traidores a la patria!

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Representación ideal de la prueba del barco La Trinidad en Barcelona. Fuente: Nuevo Mundo, número 1.015, jueves 19 de junio de 1913.

El origen de la confusión

La realidad fue muy distinta de lo que la leyenda ha repetido con insistencia. Un relato de Dionisio Chaulié, publicado en Revista Contemporánea en el verano de 1883 deja bien claro que, para entonces, quien se quisiera informar con certeza bien podría separar el grano de la paja:

De que Blasco de Garay aplicó el vapor a la navegación por junio de 1543 a la vista de toda Barcelona y antes que otro alguno, se halla la primera noticia en la introducción apreciabilísima de la Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, del erudito Sr. Don Martín Fernández Navarrete. Con fundamento lo divulgó por indudable, pues el Sr. Don Tomás González tenía de reputación formal y se lo había comunicado en carta de 27 de agosto de 1825 desde Simancas, no sin el aditamento de que así resultaba de los expedientes y registros de aquel archivo famoso. Con esto nadie puso en duda la primacía del invento a favor de Blasco de Garay; pero años adelante se puso muy en claro con auténticos y copiosos documentos que todo él se reducía en suma a poner ruedas a las bordas de los buques, movidas interiormente por mayor o menor número de hombres asidos a cigüeñas o manubrios y cuyos rayos hacían las veces de remos.

En efecto, Blasco de Garay era un ingeniero excepcional y sus ideas se adelantaron a su tiempo, pero las grandes palas que movieron el barco en Barcelona no se propulsaban con vapor sino con la fuerza de los brazos humanos a través de un complejo sistema mecánico. Sin embargo, la leyenda ya había tomado tal fuerza que fue repetida una y otra vez durante más de un siglo, consignando en la mente de muchos que Blasco de Garay debía ser reconocido como gran inventor de la propulsión a vapor, olvidado en un acto de gran injusticia. Si atendemos a lo que en sus obras nos enseña el gran erudito actual de la historia de la tecnología Nicolás García Tapia, podremos atar algunos cabos más. Así, queda establecido que el hidalgo toledano Blasco de Garay fue autor de gran número de invenciones, desde molinos a sistemas de destilación o aparatos para equipar buzos. Todo ello según documentos de la época que han sido ya bien estudiados y reconocidos. Sí, Blasco tenía en mente crear una nave única, pero no movida por vapor sino con palas giratorias animadas por la fuerza de los hombres. El gran lío nació de la carta que el archivero de Simancas, Tomás González, envió al historiador Martín Fernández Navarrete. El malentendido, que hizo pensar a Navarrete que sin lugar a dudas el genio de Blasco había alumbrado una nave a vapor, no duró mucho. Modesto Lafuente estudió con detalle la documentación presente en el Archivo de Simancas relacionada con el caso y, como no podía ser de otro modo, concluyó que eran un remedo de “remeros” y no una máquina de vapor lo que hacía moverse a las palas del barco. En efecto, La Trinidad era capaz de moverse en mares en calma, pero lo hacía como una galera no como un ingenio mecánico de vapor. Tomás González posiblemente se equivocó al mezclar diversos inventos, pues entre los documentos sobre ingenios de Blasco aparece un sistema depurador de agua del mar capaz de ofrecer agua potable a bordo de navíos gracias a una caldera de vapor. Tampoco la fecha de la prueba en Barcelona parece ser única. Indica Nicolás García Tapia que, siempre atendiendo a los papeles originales, se realizó una primera prueba de un barco movido con palas en Málaga el 4 de octubre de 1539 y otra el 20 de julio de 1540. Las pruebas se repitieron en Barcelona entre 1542 y 1543 y en Nápoles en ése último año.

Aunque la confusión debió quedar aclarada plenamente ya a mediados del siglo XIX, se puede rastrear la presencia de la leyenda prácticamente a lo largo de todo el siglo posterior. Por ejemplo, en la revista Madrid Científico, que se considera como una de las más rigurosas publicaciones de temática científica y técnica de la España de la primera mitad del siglo XX, todavía se cae en el error y se repite la letanía tantas veces escrita sobre Blasco de Garay. He aquí, a modo de coda en este juego de errores históricos, lo que Juan Redondo escribía en Madrid Científico, número 649 de 1909, en un artículo dedicado a Fulton y su nave a vapor, el Clermont:

…Blasco de Garay, marino español que en 1543 inventó el primer buque de vapor que registra la historia del mundo. En el Archivo de Simancas existen documentos que prueban que en aquel año Garay hizo funcionar un barco de ruedas cuatro veces más grande que el Clermont, aunque, como no podía menos de suceder, la deficiencia de los medios empleados y el atraso industrial de la época esterilizaron su esfuerzo, haciendo que la Comisión oficial encargada de presenciar las pruebas considerase su idea como irrealizable en la práctica.