La teoría de la Tierra en expansión (1963)

En mi creciente colección de Atlas impresos hay algunos que, para mí, tienen un significado especial. Además de los del siglo XIX, que son una delicia, hay algunos de mediados del siglo XX que son toda una joya del diseño. Entre esos, mi favorito es el gigantesco volumen del “Atlas de Nuestro Tiempo”, del Reader´s Digest, en una de las ediciones españolas de ese clásico, en concreto la que data de 1963.

Como nota curiosa, quiero hoy mencionar cómo se enfocaba en ese Atlas el tema de la deriva continental y la formación de nuestro planeta. Al ser una edición de 1963, toma sus datos de diversas fuentes de finales de los años cincuenta en su mayoría. En esa época la teoría de la tectónica de placas (versión evolucionada de la deriva continental de Wegener) todavía no había sido adeptada mayoritariamente. No estaba muy claro el mecanismo de “encaje” de los continentes y, mucho menos, cómo se podían mover a lo largo del tiempo. Por ello, se daba cierto precidamento a una teoría que mencionaba la “expansión” de los planetas. Realmente, con la perspectiva del tiempo, llama mucho la atención tanto el concepto como el texto que lo describe. He aquí cómo se veía por entonces, en esa edición de 1963, tan complejo asunto:

LA ESTRUCTURA DE LA TIERRA
Nuestro planeta, la Tierra, tiene aproximadamente cuatro billones y medio de años.
[Se refiere realmente a “cuatro mil millones de años”, es un problema clásico de traducción] La teoría más corriente sobre su origen es que se formó, al mismo tiempo que otros planetas de nuestro sistema solar, a partir de una nube de gases calientes interestelares en rotación. Según otra reciente teoría, muy extendida, se originó por la unión de materias frías, de tipo pulverulento, que iban aumentando de tamaño al mismo tiempo que crecía su fuerza gravitatoria. Este polvo, que procedía probablemente de la explosión de una estrella, estaba formado por todos los elementos que se encuentran actualmente en la Tierra, incluidos ciertos elementos radiactivos que suministraron energía calorífica. El interior de la Tierra se calentó gradualmente y como las rocas son malos conductores del calor, la temperatura del interior subió rápidamente, alcanzando 4.000°C. Al calentarse el planeta interiormente también la corteza terrestre recibió calor desde el interior. Los elementos minerales ligeros y los gases fueron expulsados a la superficie, formándose la primitiva corteza sólida, los océanos y la atmósfera. Muchas rocas de la densidad y propiedades del granito se soldaron formando lo que actualmente denominamos “escudos” graníticos y gneísicos. Todos los continentes conservan esta antigua corteza. La teoría de Wegener (1912) sostenía que originalmente los continentes se fracturaron, deslizándose gradualmente sobre una zona fundida del Manto. Sin embargo, los datos facilitados por los terremotos demuestran que no existe tal capa fundida en el Manto.

La estructura interna de la tierra según ciertas concepciones de mediados del siglo XX. Fuente: “El Atlas de Nuestro Tiempo”, 1963. [PINCHA EN LA IMAGEN PARA AMPLIAR].

También se pensó durante mucho tiempo que una tierra inicialmente caliente debería encogerse constantemente al irse enfriando. Pero la teoría de la relatividad de Einstein nos ha familiarizado con la idea de un universo en expansión. Esto supondría una lenta disminución de la fuerza de la gravedad, lo que produciría la expansión de cada uno de los planetas. El geofísico húngaro Egyed ha calculado un coeficiente de expansión para el diámetro de la Tierra de un metro cada mil años. El calor de origen radiactivo proporciona nueva energía expansiva. La hipótesis de un globo terráqueo en expansión permitiría a los antiguos continentes separarse lentamente unos de otros sin ser precisa una capa fundida. En su lugar, se abrirían periódicamente fisuras en el suelo oceánico que se rellenarían por materiales volcánicos (basaltos).

Explicación visual de la teoría de la expansión de la Tierra, según aparece en “El Atlas de Nuestro Tiempo”, 1963. [PINCHA EN LA IMAGEN PARA AMPLIAR].

Se ha descubierto alrededor del mundo la presencia de una cresta submarina volcánica de una longitud de unos 65.000 kilómetros, situada aproximadamente en el centro de cada cuenca oceánica. El hemisferio septentrional, eminentemente terrestre, parece cuartearse hacia el hemisferio meridional, preferentemente oceánico. Poco a poco estas grandes fuerzas produjeron la apertura de fisuras y cavidades en la antigua corteza, particularmente a lo largo de las costas de los continentes primitivos. Estas fisuras son motivo de la aparición de volcanes procedentes de las partes fundidas de la corteza basáltica; después los sedimentos arrancados de la Tierra se depositan en las depresiones y fosas del suelo marino. Periódicamente se produce una crisis de desequilibrio de peso…

Un mapa del océano sin fin: la proyección de Spilhaus
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