Itiner-e, el mapa de carreteras del Imperio Romano del que todo el mundo habla



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No es común que un tema cartográfico aparezca en prensa y, mucho menos, que te lo encuentres por todas partes. Pero eso es lo que ha sucedido con el proyecto Itiner-e.

En los últimos años nos hemos acostumbrado a ver mapas de todo tipo, como por ejemplo mapas de tráfico aéreo en tiempo real, cables submarinos, rutas marítimas de contenedores y mil temas imaginables. También había mapas «de carreteras» (mejor digamos calzadas) del Imperio Romano, pero con el caso de Itiner-e se da un salto muy grande sobre lo que teníamos hasta ahora.

Itiner-e es un proyecto que acaba de saltar a la prensa generalista y que promete convertirse en referencia obligada para cualquiera que sienta curiosidad por Roma, por la cartografía histórica o por cómo las infraestructuras moldean el mundo a lo largo del tiempo. Itiner-e es, a la vez, un atlas digital y un conjunto de datos de alta resolución sobre las calzadas romanas en torno al año 150 d.C., cuando el imperio alcanzó su máxima extensión. Está coordinado por un equipo internacional encabezado por Pau de Soto y Adam Pažout (Universitat Autònoma de Barcelona) y Tom Brughmans (Universidad de Aarhus).

La gracia de la idea no está solo en crear “otro mapa de romanos” (hay unos cuantos por ahí), sino en los datos de base y en el estudio que hay detrás. En el nuevo mapa aparecen 299.171 km de caminos cartografiados, frente a los aproximadamente 188.554 km del recurso digital más completo que se tenía hasta ahora (el DARMC, basado en el Barrington Atlas). Las rutas trazadas se distribuyen en 14.769 tramos de vía, clasificados jerárquicamente como vías principales, con 103.478 km (un 34,6 % del total) y vías secundarias, con 195.693 km (65,4 %).

Vamos, casi el doble de longitud de calzadas que aparecían en los mapas estándar anteriores, distribuida además con mucho más detalle. Y aun así, el propio equipo recuerda que esto es solo una pequeña parte de lo que puede haber. Se estima que solo un 3 % de los trazados están localizados con plena seguridad, el resto son reconstrucciones más o menos firmes a partir de las fuentes.

Itiner-e no nace de la nada. Es la continuación de líneas de trabajo previas como Mercator-e (centrado en la península ibérica) y Viator-e, que ya llevaban años recopilando calzadas regionales, y se integra en proyectos mayores (MINERVA, Desert Networks, etc.). Cada tramo de calzada aparece como una entidad propia, con un identificador estable que permite citarlo, enlazarlo desde otros proyectos y reutilizarlo. La geometría y los atributos se guardan en formatos estándar (GeoJSON y similares), pensados para que cualquiera pueda descargar el dataset y trabajar con él en QGIS, Python, R o lo que apetezca. Además, se enlaza explícitamente con otros repertorios del mundo clásico como Pleiades (lugares antiguos), Vici.org (atlas arqueológico), Tabula Imperii Romani / TIR-FOR, etc., de modo que no solo se ven líneas, sino también el sistema de ciudades, edificios, puentes y miliarios asociados.

Sobre esa base, la web del proyecto ofrece lo que a efectos prácticos es un “Google Maps romano” (una de la expresiones más utilizadas estos días en la prensa): un visor completo de la red con herramientas para explorar rutas y tiempos de viaje, pensado tanto para curiosos como para investigadores. El proceso de creación del mapa se ha articulado en varias fases. Se comenzó con la identificación de las calzadas con una revisión exhaustiva de literatura arqueológica y de los grandes repertorios (Barrington Atlas, DARMC, Tabula Imperii Romani, etc.). Uso intensivo de fuentes antiguas como el Itinerario de Antonino, la Tabula Peutingeriana y otros itineraria, y un estudio de la base epigráfica, la base de datos LIRE (Latin Inscriptions of the Roman Empire), con 8.388 miliarios geocodificados que sirven como “marcadores” en el territorio. Cada miliario indica distancias y, muchas veces, obras públicas financiadas por tal o cual emperador.

La localización espacial de cada elemento se basa en el cruce de esos datos con ortofotos históricas de los vuelos fotogramétricos de la USAF en los años 50, donde las huellas de calzadas son más visibles que hoy en muchas zonas urbanizadas (en muchos lugares ya se han borrado por completo). También se han utilizado imágenes satélite actuales (ESRI, Google) y, para Oriente Próximo, las míticas fotos del programa espía Corona (1967-1972), imprescindibles para localizar tramos hoy sumergidos bajo embalses. También se ha consultado cartografía topográfica del XIX y principios del XX, donde muchas calzadas se etiquetaban como Voie Romaine o equivalente. Luego, cada tramo se trazó a mano sobre un SIG, con una resolución objetivo de entre 5 y 200 metros. Cuando la calzada es visible (traza rectilínea en llanura, camino de herradura en collados, restos de empedrado, alineaciones de centuriación…), se sigue lo que muestran imagen y mapas. En otros casos se recurre a una reconstrucción “topológica”, se une lo que sabemos (ciudades, miliarios, restos excavados, puentes) siguiendo corredores lógicos de relieve. A menudo esto se traduce en hacer coincidir el trazado romano con carreteras actuales secundarias, caminos rurales o pistas, que heredan la lógica del trazado antiguo. Además de la geometría, a cada segmento se le calculan atributos como longitud geodésica y pendiente media, lo que permite luego estimar tiempos de viaje o costes de transporte de manera sistemática.

Todo ciertamente impresionante, pero claro, está el tema de las certezas, dudas y “mapas de confianza”. Uno de los aspectos más honestos (y útiles) del proyecto es que no oculta la incertidumbre, sino que la cartografía. Cada tramo de calzada lleva asociada una clasificación de certeza (preciso, conjetural, hipotético), basada en la calidad de las fuentes que lo sustentan. Y, también, se añade información sobre qué fuentes lo documentan: excavaciones, miliarios concretos, itinerarios, estudios regionales, etc., así como, a escala de todo el Imperio, “mapas de confianza” que muestran dónde la red está bien documentada y dónde estamos prácticamente en blanco. De todo esto se obtiene que sólo un 2,7 % de los tramos tiene una localización espacial considerada “certificada”. Un 89,8 % se considera conjetural y un 7,4 % puramente hipotético. A partir de ahí, Itiner-e se convierte en un mapa de tareas pendientes para la arqueología del futuro.

Hay algunas curiosidades que quedan claras con este proyecto y otros similares pero menos completos. Un mapa de calzadas como este es, en el fondo, un mapa de poder. Al unir toda la información, emergen varias ideas interesantes. Los grandes «hubs» no siempre están donde los tópicos dicen. Un análisis de densidad y conexiones muestra que, en términos estrictamente terrestres, los grandes nodos de la red están en el valle del Po y el corredor alpino, no en la propia Roma, que acaba siendo algo así como un “cul-de-sac” al final de una península. Roma solo recupera centralidad cuando se añaden rutas marítimas y fluviales, algo que otros proyectos como ORBIS modelan muy bien. El crecimiento de la red romana se apoyó en caminos más antiguos. Itiner-e incluye rutas pre-romanas siempre que siguieran activas en época imperial, recordándonos que los romanos eran grandes ingenieros, pero también magníficos recicladores de infraestructuras previas. Las calzadas eran vehículos para todo: legiones, mercancías, órdenes imperiales… y enfermedades. El equipo del proyecto menciona explícitamente casos como la peste antonina del siglo II d.C., que se habría propagado a velocidad “continental” gracias a esta malla de calzadas y rutas marítimas.

En la prensa se insiste en una cifra fácil de recordar: esos casi 300.000 km equivalen a más de siete veces la circunferencia de la Tierra. Puede sonar a algo simplón, pero sirve para hacerse una idea intuitiva de la escala. Además, buena parte de las calzadas cartografiadas siguen vivas en la red viaria actual. En algunos casos, las autovías han borrado huellas, pero en otros, los viejos corredores siguen prácticamente intactos, ahora asfaltados. Itiner-e no es solo un mapa bonito para ilustrar titulares sobre “trescientos mil kilómetros de calzadas”. Es, sobre todo, un intento serio de poner orden en dos siglos de bibliografía dispersa, empaquetarlo en un dataset abierto y, sobre esa base, invitar a todo el mundo a seguir completando el puzzle. Como todo buen proyecto digital, está vivo, crecerá con nuevas aportaciones regionales, rectificará errores y, con un poco de suerte, acabará siendo para las calzadas romanas lo que ya son Pleiades para los topónimos antiguos u ORBIS para los modelos de movilidad.