Del Homo diluvii testis y un montón de piedras

Cuenta el paleobiólogo J.W. Schopf en su libro La cuna de la vida, algunas historias interesantes acerca de lo que sucede cuando uno ve aquello que desea ver, cuando se antepone la creeencia a la ciencia, a la objetividad. Precisamente, esas historias citadas por el buscador de la vida primigenia, me han recordado otras, también muy curiosas, a la par que patéticas, muy similares.

Veamos, Shopf refiere las historias de fósiles, que no eran tales, con los que en el siglo XVIII se pretendió haber encontrado una muestra física del terrible diluvio universal, vamos, que teníamos ante nuestras narices la tan buscada prueba definitiva en favor del creacionismo. Como no podía ser de otro modo, aquello terminó en escándalo, porque ni fósiles ni nada de nada. Lo malo del tema está en que, mucho tiempo después, en pleno siglo XX, ha sucedido lo mismo varias veces, lástima que Schopf no se hiciera eco de los ilusos actuales.

En el siglo XVIII los fósiles eran poco menos que tema de curiosidad y nada más, generalmente eran médicos, que solían ser también naturalistas, los que recogían especímenes y los guardaban, formando colecciones encerradas en vitrinas que, normalmente, eran cedidas a organismos o administraciones públicas para alborozo del público que veían aquellas «vitrinas de curiosidades» todo tipo de cosas raras que no entendían. Claro que, aquello no lo entendía nadie. ¿De qué época procedían tan maravillosas piedras? ¿Cómo se habían formado? Respuestas había para todos los gustos, aunque la idea evolutiva, que con el tiempo se mostró completamente correcta, no era siquiera citada por aquel entonces. Muchos pensaban que era cosa de la casualidad. Así, el médico alemán Georg Bauer -Georgius Agricola- popularizó la idea de que eran simples piedras que remedaban formas vivas, nada más, simple casualidad. Más radicalmente, diríase que bordeando lo esperpéntico, también se puso de moda en el siglo XVII el conocido como principio espermático, que explicaba la formación de los fósiles a partir de semillas o huevos de animales que quedaron atrapados en el interior de la tierra pero no por ello dejaron de «germinar». Sin embargo, a pesar de tanta idea rara o imaginativa, la que siempre ganó el favor del público fue la del diluvio. ¿Acaso no pereció la vida en la Tierra salvándose Noé y familia a bordo de aquel famoso Arca en el que embarcó -eso sí que es imaginación- una pareja de cada especie de ser viviente? Pues nada, lo más sencillo era atribuir a restos del Diluvio el origen y proceso de formación de los fósiles. ¡Lo más fácil del mundo!

homo_diluvii_testisEl doctor alemán Johann Jacob Scheuchzer, que como no podía ser menos también era naturalista, matemático, geógrafo y coleccionista de todo tipo de cosas, recogió diversos fósiles que, según su opinión, sin duda eran restos del diluvio universal. Tal era su obsesión, que en su obra de 1709, Herbarium Diluvianum, llega a la conclusión, después de observar fósiles de vegetales, de que el diluvio tuvo lugar «indudablemente» en primavera, posiblemente en el mes de mayo. ¡Eso sí que es afinar! Unos años más tarde, en 1725, al buen doctor se le abrió el cielo, porque encontró la prueba definitiva para sus ideas. ¡Localizó a un testigo del Diluvio! Cerca de Baden, había encontrado un fósil que mostraba parcialmente un esqueleto «humano». A partir de ahí se desató la locura, se llamó al desdichado hombre ahogado por las aguas de la ira divina como Homo diluvii testis, o sea, el Hombre testigo del diluvio, y se tomó como ejemplo irrefutable de fósil perteneciente a una raza humana de «malvados» que perecieron a causa del pecado. Muchos años más tarde, en los albores del siglo XIX, se encargó a uno de los padres de la paleontología, Georges Cuvier, la limpieza del fósil para su mejor presencia en un museo. Cuvier no sentía gran aprecio por aquella famosísima pieza, diríase que sagrada, porque intuía algo que, en breve, pudo confirmar. Limpió con sumo cuidado el fósil y… ¡de humano nada de nada! En realidad el pobre «bicho» que se encuentra fosilizado en la piedra es una salamandra gigante, que lleva varios millones de años transformada en piedra. Naturalmente, se han encontrado más especímenes fósiles similares y la especie ya está catalogada, pero lo más chocante es que, durante décadas, nadie pensó en limpiar la pieza para ver las pequeñas extremidades delanteras de la salamandra a la que mayoritatiamente se atribuyó la forma de pecador anegado.

luegst1aEn la época en que se pensó tener pruebas fósiles del diluvio, a principios del XVIII, otro doctor, J.B.A. Beringer, escribió un famosísimo libro, hoy considerado una rareza muy cotizada en el mundo del libro antiguo, titulado Lithographiae Wirceburgensis. En ese libro se muestran todo tipo de fósiles de lo más curioso, desde ranas copulando a pájaros en vuelo o imágenes de estrellas y lunas. Se trata de un volumen delicioso, atractivo, pero basado en un engaño. Unos colegas suyos, que decían estar hasta las narices del doctor por ser demasiado arrogante, enterraron decenas de fósiles falsos de tal forma que Beringer, al localizarlos, creyó estar ante un mensaje «divino» dejado para probar la existencia del dichoso diluvio. Las conocidas como «piedras mentirosas» arruinaron la reputación de Beringer, pero puede disculparse su credulidad teniendo en cuenta el ambiente de la época. Ahora bien, en el siglo XX, similares fraudes han sucedido de forma casi calcada. No los cita Shopf en su libro, pero al leer el texto, me ha venido a la memoria, por ejemplo, el Hombre de Piltdown, del que ya traté hace tiempo y otros dos casos de «piedras» presuntamente prehistóricas que mostraban dinosaurios conviviendo con el hombre. Naturalmente, se demostró el fraude con respecto a todo ello, pero incluso así, todavía hoy día, hay quien cree que «otra humanidad» avanzada habitó la Tierra antes que la nuestra, basándose en los inventados trazos, no exentos de toque artístico, presentes en las piedras de Ica o en las esculturas de Acámbaro.