En un ejemplar de la revista El mundo en auto, edición de septiembre de 1925, choqué con un curioso artículo acerca de la idea de construir islas flotantes en el Atlántico para facilitar los vuelos intercontinentales (Biblioteca Nacional). El texto va acompañado de una sugestiva ilustración que aparece a continuación (con ajuste de contraste sobre el original).
En cuanto vi la ilustración me di cuenta, por el estilo gráfico, que es una interpretación algo simple de la típica imagen fantástica utilizada en revistas internacionales de la época. Publicaciones como la revista El mundo en auto se alimentaban, tal como se sigue haciendo, con notas de prensa procedentes de todo el mundo. La Biblioteca Nacional comenta, para situarnos, lo que sigue acerca de esta revista:
Aparece como “revista bimestral de la casa y el coche” correspondiendo su primer número a enero-febrero de 1924, para después aparecer durante algún tiempo cada primero de mes con el subtítulo “magazine del hogar”. Su título puede dar al equívoco de que se trata de una revista técnica especializada del automóvil, y aunque publicará artículos relativos a este moderno medio de locomoción, sus contenidos se refieren más a sus aspectos de diseño y sus usos lúdicos, y varios de los reportajes que publica tienen una intención más bien turística y viajera…
La curiosidad me llevó a buscar los orígenes de esta historia pero, antes, aquí va el texto original del mencionado artículo:
UNA ISLA FLOTANTE EN EL OCÉANO
Uno tras otro, los más atrevidos ensueños de Julio Verne y otros novelistas de imaginación pintoresca van realizándose para demostrar a la humanidad que es difícil poner límites a las posibilidades de la ciencia. Ayer era el submarino, hoy son los dirigibles y otros aparatos voladores, mañana será la isla flotante. Cierto que, después de los monstruos de 50,000 toneladas que transportan millares de pasajeros entre América y Europa en una semana, no pueden admirarnos las islas flotantes. Pero es tan atrevido el proyecto, y tan práctico su objeto que, cualquiera que sea su resultado, no podemos dejar de mirarlo con cierta ilusión.
Trátase de una idea del ingeniero francés Enrique Defrasse, quien ha sometido recientemente a la Academia Francesa el esbozo de esta isla flotante y obtenido el primer premio en el concurso Chenavard. El atrevido inventor propone que se emplacen cuatro islas de este tipo en el Atlántico entre Nueva York y Brest. Su objeto será servir de estación a los aerobuses del porvenir. Estas islas serían de cemento y en forma de herradura, de 450 metros de longitud y 250 de anchura. La propulsión se efectuaría por la acción de un cierto número de motores. En cada isla se instalarían también tres faros para los aterrizajes nocturnos, un taller de reparaciones y un hotel. El coste de cada una de estas islas se evalúa entre 150 y 200 millones de francos.
El adjunto dibujo ofrece una vista de la isla por la noche, la luz poderosa de los faros, que brota en los extremos del imponente aparato, es suficiente para iluminarlo, permitiendo además descubrir una extensa zona del cielo y del mar. El estrecho puerto interior sería naturalmente insuficiente para albergar muchos buques de gran tonelaje, pero parece capaz para un cierto número de pequeñas embarcaciones y, desde luego para lo que constituye su verdadero fin, abrigar los hidroplanos que necesitan combustible, víveres o reparaciones. En el centro puede verse uno de estos aparatos que ha descendido para efectuar su aprovisionamiento.
Que el proyecto es realizable no parece dudoso, existen embarcaciones de cemento, y el objeto a que está destinada esta isla flotante no requiere materiales más sólidos. Todo ello hace pensar que los arquitectos navales no se detendrán aquí y que, tras de la isla flotante como estación de aerobuses vendrá la isla flotante como estación de veraneo durante los meses de calor y estación invernal durante los meses de frío. En efecto, nada más fácil que llevar una numerosa colonia expedicionaria a las cercanías del círculo polar de junio a septiembre, y a las del trópico, de noviembre a abril. También en esto había pensado Julio Verne. Esperemos que una vez más resultará profeta el gran novelista de la juventud.
Bien, hasta ahí tenemos el texto original. Ahora había que buscar un poco para comprobar a qué proyecto se refería, con datos más certeros. No fue complicado encontrar la propuesta, que ciertamente fue real. La hizo el arquitecto francés Henri Defrasse (1896-1972). Lo de “Enrique Defrasse” era el nombre del artículo español como adaptación del original.
Resulta que Defrasse era hijo del arquitecto Alphonse Alexandre Defrasse, estudió en la École des Beaux-Arts de París y tenía experiencia en aviación de la época de la Primera Guerra Mundial porque había sido mecánico y observador en la escadrille Salmson 8. Entre 1923 y 1924, ya como estudiante recién graduado, diseñó esta isla flotante en forma de herradura (o, tal como lo describía el propio Henri, “barco con popa abierta”) de hormigón armado, pensada como base intermedia para hidroaviones en rutas transatlánticas como la Brest–Nueva York y para otras del Atlántico Sur o del Pacífico.
Las dimensiones aproximadas de su proyecto en versión de 1924 eran de unos 450 metros de largo por 230 metros de ancho, con un interior protegido de unos 320 por 90 metros y 6 metros de profundidad para el amarre de hidroaviones. La isla contendría hangares, talleres de reparación, faros, un hotel con alrededor de 165 habitaciones, restaurantes y un complejo sistema de propulsión diésel para mantener la posición en el océano. El proyecto ganó el 17 de marzo de 1924 el primer premio del concurso Chenavard de la École des Beaux-Arts. La idea llamó tanto la atención que apareció en periódicos y revistas de todo el mundo, aunque pronto pasó al olvido.
La aviación avanzó con rapidez y pronto quedó claro que la idea de los hidroaviones intercontinentales tenía sus días contados. Defrasse revisó el proyecto hacia 1928, pensando en presentarlo para el Prix National francés, adaptándolo a aviones más grandes y con mejoras técnicas de despegue y de flotabilidad. Lo presentó a autoridades aeronáuticas francesas como el Service de la Navigation Aérienne, y se expuso en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929. Pero, a pesar de toda su pasión, la idea de Defrasse nunca se llegó a construirse. El coste era muy alto y las dudas técnicas eran muchas porque aunque el concepto se consideraba viable en materiales de la época, pasar del tablero de dibujo al mundo real era visto como algo casi imposible. Además, no hubo ningún industrial que lo impulsara ni banquero que quisiera financiarlo.
Hoy en día se conservan dibujos, planos, descripciones, pinturas y fotografías del proyecto, con lo que puede decirse que nos ha llegado bastante información sobre el proyecto original. La idea formaba parte de una corriente de la época que soñaba con grandes aeródromos flotantes. En este sentido también se publicaron propuestas como la de Maurice Pottier y varios proyectos de los Estados Unidos. Por entonces, los hidroaviones parecían la solución más práctica para los vuelos intercontinentales.
En el primer número de la revista La Ilustración ibero-americana, de diciembre de 1929, aparece la idea de la isla flotante de Henri Defrasse en todo su esplendor, comentada por su creador:
Henri Defrasse, La Ilustración ibero-americana, diciembre de 1929.Creo llegado el momento de presentar este proyecto que marca una etapa en los estudios largos y pacientes comenzados en 1923. (…) Los hangares tienen capacidad suficiente para contener aparatos de unos de 70 metros de envergadura, el lago interior ha sido ampliado (…) y las instalaciones interiores han sido objeto de los mas
minuciosos estudios al establecer la composición del plan, y he procurado que en el el hotel existiesen, al mismo tiempo que el mayor confort y la posibilidad de una estancia agradable, perspectivas más decorativas gracias a diversas terrazas recayentes al lago. (…) La isla ha sido estudiada para servir de estación para las escalas y aprovisionamiento en las líneas transoceánicas. Igual podrán aterrizar en ella los aviones que actualmente prestan servicio que aquellas cuya realización puede esperarse dentro de un porvenir próximo. Esta isla, dado su desplazamiento y tonelaje, conservará una estabilidad casi absoluta, los movimientos y esfuerzos de las olas no le producirán la menor oscilación. Por otra parte, su orientación, de cara al viento, necesaria por el sentido en que los aparatos han de aterrizar, dejará al lago interior al abrigo de los movimientos del mar y conservará sus aguas tranquilas. Para mantener la isla en esta posición y compensar los movimientos de desplazamiento que pudiera sufrir a causa del viento y de las corrientes marinas, se ha previsto un sistema de propulsión y de orientación en marcha…
El acuatizaje se realiza normalmente en el lago interior. Los grandes aviones podrán posarse sobre la isla en aguas relativamente tranquilas. Los aviones de gran tonelaje utilizan el sistema de despegue por lanzamiento, dispuesto en la plataforma de babor. En el lago, una balsa toma al avión, sacándolo del agua, y lo lleva hasta un vagón que lo sube por un plano inclinado al puente de proa de la isla. Desde allí, es llevado sobre el vagón de lanzamiento hasta el extremo de la vía de despegue, que tiene una longitud de 400 metros y presenta cierta inclinación en los primeros cuarenta metros de su trazado, a fin de facilitar su aceleración…
El tema llamó tanto la atención, que en enero de 1930 la revista La Ilustración ibero-americana, volvió a tratar el tema incluyendo dos impresionantes desplegables y un mapa que aparecen a continuación.