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Tecnología Obsoleta

El ascensor submarino de Arturo Génova

1 septiembre 2018

Versión para TecOb del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de agosto de 2018.


Fuera del puerto [de Cartagena] se han efectuado las pruebas oficiales del aparato inventado por el capitán de corbeta D. Arturo Génova Torruella para salvar tripulaciones de submarinos, obteniendo un completo éxito. Se empleó a 50 metros de profundidad por el submarino C-1, saliendo a flote, sucesivamente, un marinero, el contramaestre y el inventor. El aparato consiste en ascender del submarino una boya de forma especial que alberga al náufrago. Cuando éste abandona el aparato, vuelve a hundirse al ascensor, reapareciendo cada doce o quince minutos con otro tripulante hasta que no queda nadie a bordo del submarino perdido. (…) El aparato funciona a todas las profundidades [sic] sin que los náufragos sufran presión alguna de la masa líquida. No se precisan auxilios exteriores de arsenal, puerto ni buzos. El Capitán General, representantes de la Prensa y elementos de la Comandancia de Marina presenciaron las pruebas desde el cañonero Cánovas del Castillo…

 Nota publicada en Vida Marítima, 30 de julio de 1930.


Allá por los años cincuenta del siglo pasado el que fuera padre de la tecnología espacial que llevó a los Estados Unidos a la Luna, Wernher von Braun, esbozó en algunos de sus cuadernos de ideas para el futuro cierto sistema de rescate para las naves espaciales con las que soñaba. Décadas más tarde, aquellos esbozos terminaron por convertirse en complejos sistemas que podrían permitir el salvamento de astronautas durante el lanzamiento de transbordadores espaciales. Ahora bien, lo ideado por von Braun inicialmente nunca se llevó a cabo. Se trataba de cápsulas unipersonales que salían disparadas de la nave espacial en caso de emergencia, permitiendo a los astronautas regresar a tierra. Curiosamente, un marino español ya había pensado en algo muy similar mucho tiempo antes, solo que aplicado al salvamento en naves sumergibles.

Arturo Génova, en fotografía de Benítez Casaux, tal como aparecía en la revista Estampa, el 29 de agosto de 1931.

Se trataba de Arturo Génova Torruella, barcelonés nacido en 1889, de familia con gran tradición militar, que tuvo una larga y muy fecunda carrera en la Armada. La pasión de Arturo por los submarinos databa de la Primera Guerra Mundial, cuando el mundo contempló el despliegue por doquier de aquella nueva arma. También era la época en que España estaba intentando crear su propia flota de submarinos, por lo que Arturo Génova no dudó en presentarse como voluntario para las tareas que le fueran encomendadas de cara a poner en marcha la aventura submarina española.

Nuestro marino e inventor había encontrado su lugar, un punto desde el que desarrollar todo su ingenio, aplicando sus conocimientos de ingeniería al mundo de las naves sumergibles. Ahora bien, lo que la Gran Guerra había enseñado, y el mar se empeñaba en demostrar también después del conflicto, era que aquellos primeros submarinos eran muy peligrosos. Cada poco aparecían noticias acerca de naves hundidas en las que, incluso sabiéndose que los marinos permanecían vivos en las profundidades, nada se podía hacer por salvarlos. Los únicos medios de los que se disponía en la época para intentar realizar ese tipo de salvamento consistían en el uso de buques auxiliares dotados con campanas de inmersión, pero los resultados solían ser trágicos. Dado que los submarinos de la época no contemplaban ningún tipo de sistema de salvamento, nuestro inventor sintió la necesidad de dar una respuesta ante tan terrible problema. De esa desazón nació su sistema de boya de rescate o “ascensor submarino”, una tecnología pionera que se adelantó a su época.


El Buque de Salvamento Kanguro

Como sucedía en otras armadas, en España se optó por contar con un buque de salvamento para submarinos como única medida posible en caso de accidente en inmersión. Se trató de la nave de salvamento conocida como Kanguro, construida en Holanda. Este buque de salvamento poseía unas formas sorprendentes para la época, teniendo estructura de catamarán (con doble casco paralelo), podía albergar en su espacio interior a un submarino para realizar tareas de reparación o de suministro en pleno océano.

El buque de rescate de la Armada Española “Kanguro”. Revista General de Marina, 1930.

El Kanguro estaba dotado igualmente de todos los sistemas de grúas y maquinaria auxiliar pensada para elevar un submarino de la época y proceder a reparaciones en su casco. La nave fue solicitada por el Gobierno español a los astilleros holandeses Werf Conrad en 1915, justo cuando se habían solicitado también los que iban a ser los primeros submarinos de la Armada. Luego llegaron los líos, porque entre los problemas de la Gran Guerra y un pleito con el astillero, la entrega terminó por demorarse varios años. Así, nos situamos ya en 1920, cuando el Kanguro entra en servicio para servir de nave auxiliar para los novísimos submarinos españoles como el A-0 Isaac Peral, el A-1 Narciso Monturiolo el A-2 Cosme García (todos ellos nombrados en recuerdo de los pioneros de los ingenios submarinos españoles del siglo XIX). Posteriormente, y hasta entrados en los años cuarenta, el Kanguro siguió dando apoyo a los submarinos de la Armada, aunque ya no pudo albergarlos en su seno, pues las nuevas naves que iban llegando eran demasiado grandes para su espacio interior.

Por fortuna, nunca se dio el caso de que esta nave tuviera que auxiliar a un submarino hundido, siendo su única misión de salvamento la que realizó en agosto de 1923, cuando recuperaron los grandes cañones del acorazado España, que se encontraba embarrancado en el cabo de Tres Forcas, próximo a Melilla, durante la Guerra del Rif. El acorazado terminó allí sus días, encallado tras navegar en medio de una densa niebla. Por mucho que se intentó salvarlo, se decidió desmontar todo lo aprovechable y abandonarlo. El mencionado rescate de los cañones fue una tarea compleja en la que, dejando caer al mar los gigantes de 305 mm, fueron rescatados por la nave de salvamento de submarinos Kanguro como si de una operación de rescate se tratara.


Una cápsula para salvamento submarino

En medio de todas estas operaciones y en el desarrollo del arma submarina española podemos encontrarnos con la figura de Arturo Génova, que iba madurando su idea poco a poco hasta dar con el método de rescate más adecuado. Fruto de su ingenio son las patentes que hoy se pueden consultar en el Archivo Histórico de Patentes de la OEPM en Madrid, en concreto se trata de la patente 116.225, fechada el 27 de diciembre de 1929 sobre un “sistema para salvamento de dotaciones de submarinos”, la patente 118.936, bajo un epígrafe similar, que data del 11 de noviembre de 1930 y, finalmente, la patente de Arturo Génova para el “perfeccionamiento en las instalaciones de salvamento de dotaciones de submarinos por el sistema de esclusa y boyarín”, bajo número 122.680, del 27 de abril de 1931.

En todas estas patentes describe Arturo Génova su pionero sistema de “ascensor” submarino, o boya de rescate, que también fue difundida en otros lugares del mundo (donde despertó gran interés), como demuestra el hecho de localizarse también en patentes francesas o en las patentes estadounidenses US1841178A, de 1929, o la US1919834A, que data de 1930, en la que se manifiesta que “…por medio de esta invención es posible de rescatar tripulaciones aisladas en las profundidades (…). No es necesario emplear buzos, y los hombres sumergidos no están sujetos a la presión o temperatura del agua. Además, no se requiere ningún tratamiento médico posterior de ningún tipo, mientras que los coágulos sanguíneos, y similares se evitan…”


Gráficos de dos de las patentes de Arturo Génova
(versión estadounidense) para su “ascensor submarino”.


El ascensor submarino consistía en un conjunto de cápsulas de metal, unipersonales, a modo de boyas en las que se acomodaba el náufrago para salir a la superficie. Los cilindros cónicos de estas boyas se alojaban en el interior de cámaras estancas en los submarinos, con acceso desde el interior y salida al mar a través de una doble escotilla. Una vez en la superficie (el marino podía ver el exterior a través de unas pequeñas ventanillas), el ocupante podía salir al exterior y enviar de nuevo la boya al submarino para que otro náufrago pudiera ascender. Esto se hacía gracias a que la boya estaba unida a la cámara estanca del submarino a través de un cordón umbilical que se recogía desde el propio submarino. Ese cordón también servía para tener hilo directo con la nave a través de un sistema telefónico interno. Una vez descendida de nuevo la boya, se procedía a sellar la esclusa, se achicaba el agua y se ocupaba de nuevo, para ascender otra vez a la superficie. Los submarinos españoles de la época fueron adaptados para contener al menos dos dos de estos “ascensores” submarinos. Y, aunque pueda parecer una maniobra lenta y poco práctica, las pruebas reales que se llevaron a cabo demostraron que se podía rescatar a la tripulación completa de un submarino en muy pocas horas.

El ascensor submarino durante las pruebas de 1030. Mundo Gráfico, 30 de julio de 1930.

Las pruebas iniciales del sistema se llevaron a cabo en 1930, con el submarino C-3 como protagonista, en aguas de Cartagena. Tras mil y un ensayos, cuando la técnica ya se encontraba plenamente establecida, se llevaron a cabo las pruebas oficiales. El C-3 navegó por las mismas aguas el 14 de septiembre de 1931 simulando un rescate submarino. Aquello llamó mucho la atención en medio mundo, haciendo que la prensa de varios países se hiciera eco de la novedad. Finalmente, el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, presenció en 1932 una de las pruebas en la que intervinieron los submarinos C-1 y C-3 en aguas baleares.

Arturo Génova durante las pruebas iniciales del ascensor submarino. Mundo Gráfico, 30 de julio de 1930.

El éxito de su tecnología llenó de satisfacción a Arturo Génova, que en las páginas de Mundo Gráfico, edición del 30 de julio de 1930, manifestó su alivio al saber que posiblemente sería posible salvar en un futuro a los marinos en accidentes submarinos. Comenta el cronista que “…un día (…) cayó en las manos de Arturo Génova un folleto con la narración del naufragio del submarino italiano F-14, semejante a nuestros submarinos de tipo A, ocurrido en aguas del Adriático. El relato le causó impresión por la rapidez con que fue recuperado el casco… inútilmente, ya que sus tripulantes perecieron en pocas horas. (…) Los Estados Unidos tampoco pudieron salvar a sus hombres del S-51, ni de tantos otros, y también en Japón y Francia ocurrieron idénticas catástrofes. (…) Durante una primera prueba, el propio inventor fue el primer tripulante del artefacto, secundado por don Nicasio Pita, maquinista del submarino C-3, donde va instalada esta interesante máquina de salvamento, construida en Cartagena (…)”

El maquinista Nicasio Pita, del submarino español C-3, quien acompañó a Arturo Génova en las pruebas del ascensor submarino. Mundo Gráfico, 30 de julio de 1930.

Ciertamente, el cronista estaba tan asombrado por la invención como por el osado afán del inventor de probar aquella tecnología él mismo. Días más tarde, en otra de las pruebas, comentó nuevamente con asombro: “…sobre las agitadas aguas hace su aparición un boyarín, el mismo que días antes viera sobre la cubierta del C-3. Nuestra embarcación avanza para recoger el aparato, y al destaparse éste, resulta ser el propio inventor su tripulante. El manómetro marca una buena cifra de metros de distancia recorrida en breves momentos con este boyarín, que luego de ser tapado convenientemente vuelve al submarino sumergido para recoger a otro tripulante, el que tiene asimismo la facilidad de sacar o introducir a voluntad a cualquier ser humano.”


 Otras invenciones de Arturo Génova

Junto a su invención más célebre, el “ascensor submarino”, podemos rastrear otras muestras del ingenio de nuestro marino gracias a sus postreras patentes. Así, a comienzos de 1948 obtiene la patente española ES0016218 para unas “gafas antifaro”, por medio de las que “…se evita o se disminuye considerablemente el efecto de deslumbramiento sufre el conductor de un vehículo cuando va a cruzarse durante la noche con otro vehículo cuyo conductor, como frecuentemente sucede, no quiere o no puede cambiar, eventualmente, la intensidad y dirección de sus luces de marcha en carretera por las llamadas de cruce”. Como puede verse por la descripción de la patente, el tema sigue siendo algo actual hoy día. Ese mismo año, ya en diciembre, Arturo Génova obtiene la patente española ES0018529 sobre un “filtro contra faros”, que continúa abordando el mismo problema.

Arturo Génova durante las pruebas iniciales del ascensor submarino. Mundo Gráfico, 30 de julio de 1930.

Lectura recomendada:
Los desconocidos precursores españoles de la navegación submarina. Damaré Edicións, 2013.

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Morphing del siglo XVII