La máquina de Marly

Obsolescencia | 24 mayo 2009


Llámese capricho, o prodigio de la técnica, lo mismo da porque hay casos en los que ambos adjetivos se pueden aplicar al mismo tiempo. Con la máquina de Marly sucede precisamente esto, por una parte no dejaba de ser una obra gigantesca un tanto caprichosa, como todo Versalles pero, cómo no, ese hecho en nada impedía que fuera contemplada como una de las mayores proezas tecnológicas de su época. No se trataba más que de llevar agua de un lugar a otro, así de sencillo, cual acueducto emulando a los ingenieros romanos. Ay, pero había un pequeño problema, un imponente desnivel que requería contar con una máquina hidráulica muy particular.

La máquina de Marly, bautizada así por el lugar donde fue levantada, fue considerada en su época como el artilugio mecánico más grande jamás realizado. Era un tiempo de excesos imaginativos, en una Francia que sentía alcanzar la cima del mundo, cosa que había que demostrar a través de imponentes muestras monumentales. Así, gobernando Luis XIV, se pensó en un modo de alimentar las fuentes de Versalles, una joya capaz de arrebatar el habla de quienes visitaban los palacios y jardines reales. El caudal necesario para cumplir tal fin podía alcanzar los 1.800 m³ por día, ¿de dónde desviar tal cantidad de agua? Ciertamente, el Sena no andaba muy lejos, pero el desnivel superior a los 160 metros entre el lecho del río que cruza París y las hermosas fuentes hacía pensar que era poco menos que imposible elevar el agua desde el río.

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La voracidad de las fuentes era tal que, si se compara con la cantidad de agua que consumía cada día la ciudad de París en la misma época, prácticamente se gastaba lo mismo Versalles. He ahí el toque de capricho, pero el desnivel fue salvado y hacia 1684 nació la gran máquina. Imponente y sobrecogedora, catorce ruedas gigantes de agua, más de doscientas bombas y una armadura de madera tan compleja que parecía un organismo vivo, hicieron viable el sueño del rey. Así, después de gastar una cantidad de dinero que rayaba lo inmoral, sobre todo teniendo en cuenta el destino final del agua que se elevaría desde el Sena, el monarca pudo disfrutar de los más atractivos e imponentes jardines del planeta, un lugar capaz de empequeñecer las residencias de los gobernantes vecinos. Pero, cómo no, un monstruo de tales características necesitaba mantenimiento y, además, levantar algo así en madera y cuero no parecía lo más aconsejable. Infinidad de averías hicieron desde el primer día que mantener en funcionamiento la máquina se convirtiera en un infierno para los ingenieros.

Poco importó el tesoro gastado en el ingenioso sistema, pronto se demostró que era un fiasco. Cuentan las crónicas que las entrañas de la bestia rugían con un estruendo capaz de asustar al más recio caballero, aunque lo que verdaderamente causaba temor era la necesidad de contar con un pequeño ejército de trabajadores que debía mantener la máquina en marcha cambiando de forma constante las piezas de madera dañadas. A principios del siglo XIX el ingenioso mecano de madera y cuero había sido prácticamente abandonado a su suerte. Fue entonces cuando el acero y el vapor substituyeron a la vieja dama de las aguas, desapareciendo para siempre el costoso artilugio imaginado por un rey, en cuyo lugar hoy unas modernas electrobombas cumplen la misma función para la que fue ideada la máquina de Marly, eso sí, de forma mucho más eficiente y silenciosa.

Más información: La Machine de Marly .
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Recorte procedente de El Viajero Ilustrado, 15 de septiembre de 1880:
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