Hijos de Ícaro

Obsolescencia | 1 enero 2009


Primer artículo del año 2009, dedicado a unos soñadores que idearon máquinas voladoras de dudosa eficacia, pero que mostraban tal pasión por sus inventos que merecen ser recordados. Al igual que Ícaro, el mítico hijo de Dédalo, que se acercó demasiado al Sol, derritiéndose la cera que unía las plumas de sus alas, estos osados pioneros tampoco lo hubieran tenido muy sencillo para surcar los cielos. El incauto piloto alado feneció en el mar, triste final que también hubieran compartido los protagonistas de este artículo si no fuera porque, aunque lo intenteron, sus máquinas voladoras no fueron capaces elevarse.

Visitó TecOb hace tiempo Diego Marín, el burgalés que voló con una especie de aparato similar a un ala delta a finales del siglo XVIII. Han aparecido por estas letras también otros “voladores” primitivos, pero lo que hoy deseo mostrar son las patentes de algunos apasionados del vuelo con menos suerte, ya que no lograron dejar de tener los pies en el suelo. Sus máquinas, aunque fueran poco prácticas, son fascinantes. Ahí está, por ejemplo, un individuo del que se conocen pocos datos, pero que mostró gran imaginación a través de las patentes que nos ha legado. Se trata de Reuben Jasper Spalding, un soñador que vivió en Rosita, en el estado de Colorado, tal y como aparece en la patente estadounidense número 398984 que data de 1889. El título del documento es directo: Máquina Voladora. En efecto, se describe aquí con detalle un invento destinado al vuelo. El intrépido piloto se dota de un traje completo articulado que haría las delicias de los fanáticos de lo steampunk. Placas de metal, arneses, sistemas de control, todo ello unido a los brazos del aventurero para que pudiera mover unas alas equipadas con multitud de pequeñas plumas, ingeniosamente unidas al esqueleto que da unidad al conjunto y que, cómo no, ya que se encuentra inspirado en las aves, cuenta también con una cola emplumada orientada por las piernas del piloto. Ah, la novedad con respecto a muchos otros modelos similares, está en que Spalding era consciente de que eso de “nadar” en el aire no ofrecía mucha confianza, así que para asegurarse un vuelo tranquilo añadió substentación adicional con un globo aerostático unido al arnés articulado. He extraído algunos de los gráficos de la patente para mostrar lo imaginativo del diseño.

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Ideas similares no son raras en las patentes de la época. Por ejemplo, sin recurrir a globos adicionales, un tal Watson F. Quinby, logró en 1872 una patente para cierta Máquina Volante Mejorada. Como puede contemplarse en el dibujo extraído de los documentos de dicha patente, el artilugio no consistía más que en un sistema de alas articuladas, inspirado en los murciélagos, que eran batidas por el piloto. Puede imaginarse que, de haber volado, el cansancio producido por el continuo movimiento de los brazos no hubiera hecho del modelo algo popular.

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Ahora, si lo que de verdad se desea es ver una máquina voladora, con patente propia, imaginativa y fantástica, rozando el delirio, nada mejor que enfrentarnos con el artilugio patentado por el francés Charles Richard Edouard Wulff en 1887, bajo el título de Aparato para propulsión y guiado de globos. Aparentemente, la cosa no es más que un excéntrico globo con cofia y multitud de sistemas articulados pero, aquí está lo sorprendente, para impulsar dicho globo se recurre al poder de los pájaros. Veamos, la idea es muy lógica, si se piensa como el inventor, claro está. En la porción superior del globo se ata un montón de áquilas, u otras aves poderosas, en arneses individuales que pueden controlarse desde la cofia. Cuando hace falta elevar o propulsar el globo, el piloto maneja una serie de palancas que estimulan a las aves, esto es, se “pinchan” levemente, como si se tratara de caballos alados espoleados por un jinete imaginario. Las aves, obedientes, comienzan a batir sus alas y, así, careciendo de motor de cualquier tipo, se inicia el plácido viaje de este globo movido por aves. La verdad, hay que reconocer que, al menos, se trata de algo original. Este dibujo de la patente muestra los mecanismos de control de las aves.

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Volar con calma, tranquilamente impulsado por áquilas no era precisamente lo que imaginó Sumter J. Battey. En su patente de 1893 puede verse algo que podría considerarse, con extrama indulgencia, como el antecesor del Proyecto Orión. Para quien no lo conozca, este proyecto planteó la posibilidad de impulsar una nave espacial gracias a las ondas expansivas generadas por explosiones nucleares sobre placas inerciales. Bien, cerca de un siglo antes el tal Battey ideó una especie de misil tripulado, en realidad un ligero globo con piel de aluminio, con un método propulsor de lo más peligroso. Como si de un Orión de la era victoriana se tratara, la nave decimonónica contaba en su popa con un largo apéndice, destinado a alejar las explosiones impulsoras del habitáculo. ¿Y de dónde procedían las explosiones? A falta de cabezas nucleares, el ingenio contaba con un almacén de pequeñas esferas de nitroglicerina, que eran conducidas una a una a través de un conducto al extremo de la nave, donde explotaban al entrar en contacto con un circuito eléctrico gobernado por el piloto. Las sucesivas explosiones de “bolas” con nitroglicerina, impulsaban por reacción y a velocidad de espanto, al plateado navío aéreo. Eso sí, todo ello en la imaginación de Battey, porque de haberse llevado a la práctica, seguramente hubiera terminado muy mal la jugada. El último gráfico de este artículo lo he extraído de la patente de Battey, mostrando con claridad el cono impulsor de popa donde explotarían los “pellets” de nitroglicerina.

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Lectura relacionada: Volando con la imaginación, extravagancias mecánicas de los icarófilos. Por esos mundos, edición de Mayo de 1909.