Imitación de James Burke

Personal | 25 septiembre 2008


Investigación y Ciencia, la versión en castellano de Scientific American, publicó durante un tiempo una columna mensual bajo el título Nexos. Su autor, James Burke, es unos de los divulgadores e historiadores de la ciencia más conocidos de las últimas décadas. Si hay algo que me sorprende de la serie Nexos es cómo está escrita. Se trata de una mezcla de historia y humor finamente hilvanada, donde una idea lleva a otra para, finalmente, cerrarse el círculo del razonamiento inicial. Cada artículo trata de unir diversas narraciones a través de algunos elementos comunes, de forma compleja pero divertida. Siempre me ha gustado este estilo, es laberíntico, intrincado, así que hoy, tras dar muchas vueltas a la cabeza, como tengo un rato de calma más largo de lo habitual esta noche, voy ha escribir un pequeño artículo al modo Burke, como si se tratara de un homenaje.

Hace unos días escribí una breve nota sorprendiéndome de lo ingenuo que se mostraba, a principios del siglo XX, el insigne químico Marcellin Berthelot quien, en un apasionado discurso, anunció su creencia en que el idílico año 2000 llegaría en medio de un mundo unido, donde la humanidad se hubiera liberado de la enfermedad y, sobre todo, de los conflictos sociales y laborales. Como socialista utópico no tenía precio su oratoria, una pena que haya llegado el tiempo marcado por el sabio y todo sigue más o menos igual. Ciertamente, se ha mejorado en muchos aspectos, pero la idílica situación imaginada por Berthelot dista mucho de encontrarse próxima. Aproximadamente en la misma época en que el francés soñaba con el futuro perfecto, muchos otros socialistas utópicos elevaban sus voces para denunciar todo tipo de situaciones sociales problemáticas. Uno de los soñadores más famosos de la época fue Edward Bellamy, autor de un libro que arrasó en los Estados Unidos durante mucho tiempo y que abrió toda una corriente de imitaciones que terminó por inundar el mercado de novelillas utópicas. El libro, Mirando atrás, nos muestra cómo un aristócrata de 1887 entra en un profundo trance del que no saldrá hasta el año 2000, cuando despierta y observa con pasmo cómo el planeta vive en plena utopía socialista.

El éxito en las letras parece que era cosa de familia porque, por ejemplo, un primo de Edward fue el autor del conocido Juramento de Lealtad. Se trataba de Francis Bellamy, también socialista y, además, ministro baptista, que decidió crear el famoso texto que empieza con la frase “Juro lealtad a mi bandera…” y que tantas veces hemos visto reflejado en el cine estadounidense. El texto causó tal impacto que, gracias a la intervención del presidente Benjamin Harrison, se recita en los colegios públicos de ese país desde 1892. Curiosamente, durante décadas se levantaba el brazo derecho a la hora de recitarlo. Hoy nos chocaría mucho ver un grupo de colegiales muy formales pronunciando el Juramento en voz alta y con el brazo en alto, pero en su época nadie consideraba tal signo como fascista, sobre todo porque al fascismo le faltaba bastante para nacer. Actualmente la gente que lo recita suele llevar la mano al pecho, pero a nadie se le ocurre levantar el brazo.

El presidente Harrison era nieto, a su vez, de otro presidente, el efímero William Henry Harrison. No es exagerada esta afirmación, no porque su labor de gobierno fuera leve, sino porque ni siquiera tuvo tiempo de llevar a cabo tarea alguna. William había sido militar y político durante décadas, hasta resultar elegido como presidente de la Unión en 1841. Como héroe de la batalla de Tippecanoe, deseó en su discurso de investidura repasar toda su carrera y, cómo no, mirar al futuro. En un día soleado, mirando al público desde el podio, con la ciudad de Washington espectante, se entiende que el nuevo presidente quisiera saborear el momento. Pero no, el día del discurso ni era cálido ni soleado, no invitaba más que a pronunciar unas breves palabras y nada más. Con un frío que helaba hasta el tuétano y una humedad desazonante, al bueno de William no se le ocurrió otra cosa que estar de pie durante casi dos horas leyendo su discurso, sin abrigo. No debe extrañar que, tras semejante acto de desafío contra los elementos, el nuevo presidente apenas durara un mes con vida. Al principio sólo parecía un resfriado, luego se convirtió en pulmonía y, finalmente, ya no hubo remedio. No se sabe si la temeraria acción de leer el discurso en medio de un día de perros tuvo algo que ver con la enfermedad que segó su vida en apenas unas semanas, pero probablemente afectó negativamente a la salud del mandatario que no tuvo tiempo de apenas nada porque, para colmo, no le dejaron en paz en las jornadas siguientes, siempre de reunión en reunión.

Se estima ahora que fue un virus del resfriado común lo que mató a William Henry Harrison, posiblemente en compañía de un régimen de vida con demasiadas tensiones y, claro está, del episodio del día del discurso. La apretada agenda del presidente estadounidense con el mandato más corto de la historia finalizó radicalmente por culpa de algo tan supuestamente inofensivo como un resfriado. Esta enfermedad, que ha acompañado a la humanidad desde siempre, fue descrita y estudiada desde muchos enfoques antes de que se descubrieran los virus causantes del mal. Precisamente, otro político estadounidense, el ínclito Benjamin Franklin, estudió diversas formas para prevenir los resfriados, llegando a sugerir, acertadamente, que aquello que causaba el mal, se transmitía por el aire. No debe extrañar el buen tino de Benjamin, a fin de cuentas, su labor científica era metódica y ha sobrevivido al paso de los siglos. Lo que más se recuerda de esta labor es el celebérrimo experimento con una cometa y una llave metálica con el que, en medio de una tormenta, demostró que en la atmósfera existe electricidad. Tomando precauciones, el político pensó en todo y, claro, decidió aislarse de forma adecuada para evitar ser electrocutado.

Otros no tuvieron tanta suerte. Al otro lado del mundo, en Rusia, alguien intentó reproducir el experimento de Benjamin en 1753. Por desgracia, Georg Wilhelm Richmann no tomó tantas precauciones. No habrá que imaginar mucho para deducir lo que sucedió. La descarga eléctrica producida durante el experimento confirmó las tesis de Franklin y, de paso, se llevó la vida de Richmann por electrocución. Uno de los más próximos colaboradores del mártir de la electricidad era Mikhail Lomonosov, persona más cercana a ser una enciclopedia viviente que otra cosa. Destacados fueron sus estudios históricos, políticos, literarios y científicos. Además de descubrir que Venus tiene atmósfera, Lomonosov tuvo tiempo de realizar importantes estudios geográficos y, además, escribir poemas y descubrir la ley de conservación de la materia, tal y como confió a Euler en junio de 1745. Aunque fue Lavoisier quien enunció la famosa ley, parece correcto referirse a ella como Ley de Lomonosov-Lavoisier.

Hablando de muertes trágicas, después del gran catarro del presidente Harrison y la electrocución de Richmann, nada mejor que una decapitación para completar el cuadro de los horrores. Como es bien conocido, Lavoisier perdió la cabeza en la guillotina, acusado de ser enemigo del pueblo, tras un juicio de pantomima. Se llevó así el Terror revolucionario la vida de uno de los más insignes químicos de la historia. Muy dura fue a partir de entonces la vida de su bella esposa, Marie-Anne Pierrette Paulze, que con devoción había ayudado decisivamente al genio en su trabajo. Tan traumático episodio marcó su espíritu y, aunque tiempo después, en 1805, se casó con Benjamin Thompson, conde de Rumford, su carácter se había endurecido tanto que tal enlace no duró demasiado, la convivencia entre ellos se convirtió en un infierno. No se olvide que el conde también era científico, y no precisamente uno que haya dejado poca huella en la historia. Nacido en norteamérica, la suerte le sonrió cuando se casó con una rica heredera pero, cosas de las decisiones en tiempos de crisis, decidió apoyar a la corona inglesa en medio de la revolución americana. El nacimiento de los Estados Unidos coincidió, por ello, con una huida llena de aventuras, terminando su viaje en Europa, donde desarrolló su carrera científica. Por cierto, como va siendo hora de cerrar el círculo, no queda más que decir que Thomson fue galardonado en 1792 con la Medalla Copley que otorga la Royal Society de Londres a quien, según esta organización, sea merecedor del más alto honor por su labor científica. Precisamente, más de un siglo después, el utópico Berthelot recibió el mismo premio, allá por 1900, poco antes de que pronunciara el cándido discurso que ha motivado este artículo a modo e imitación de James Burke aunque, claro está, sin llegar a la suela de los zapatos del divulgador británico.