El bólido de Madrid (10 de febrero de 1896)

Made in Spain | 3 diciembre 2013


El fenómeno celeste que esta mañana asombró al pueblo de Madrid, ha sido objeto de todas las conversaciones durante el día. En las clases altas como en las bajas, entre los hombres de ciencia como entre los indoctos, en los círculos y en los cafés, en los sitios más aristocráticos y en los más modestos, no se oían esta tarde más que juicios de toda especie para explicar el origen, el desenvolvimiento y la explosión del bólido famoso. (…) Hasta tal punto fue esta preocupación de las gentes, que apenas si ha habido espacio para ocuparse de los asuntos de actualidad.

La Época (Madrid) 10 de febrero de 1896.

Un juego de billar cósmico: de Villalbeto a Tunguska

Nuestro planeta juega a diario una partida muy peligrosa en el tablero de juego que es nuestro Sistema Solar. En el camino orbital de la Tierra se cruzan de vez en cuando invitados no deseados que pueden causar mucha destrucción. Ya fueren asteroides, o bien cometas, por fortuna la mayor parte de esos intrusos celestes se queman a grandes velocidades en nuestra atmósfera y desaparecen sin mayor peligro formando eso que se conoce como “estrellas fugaces”. En otras ocasiones, cuando el tamaño del objeto es de mayor entidad, pueden explotar en la atmósfera causando gran sobresalto. En caso de que, finalmente, el objeto tenga un tamaño realmente grande, de cientos de metros por ejemplo, bien podría su impacto barrer por completo toda una ciudad.

En pocas semanas se cumplirán diez años desde que, el día 4 de enero de 2004, uno de esos intrusos explotara con gran violencia en la vertical del pueblo palentino de Villalbeto. Fue uno de los más recientes y espectaculares casos de bólido, y posterior meteorito, de entre todos los registrados en la historia de España. Por fortuna, yo me encontraba en Guardo ese día, muy cerca de Villalbeto, y pude comprobar en vivo que el juego de billar cósmico va en serio. La tierra, las montañas, los edificios, temblaron terriblemente después de que un cegador fogonazo diera paso a una gran exploción en los cielos. Una extraña nube quedó en lo alto a modo de cicatriz, mientras fragmentos del bólido se desperdibaban por la Montaña Palentina. Un espectáculo inolvidable que, de haberse producido escasos segundos antes, o después, con una ligera variación en el ángulo de entrada del pequeño asteroide que originó la explosión, bien pudo haberse convertido en algo trágico, destruyendo varios pueblos. El objeto explotó en la alta atmósfera y, gracias a ello, quienes nos encontrábamos justo en su camino, con los pies en la tierra, pudimos continuar con nuestras vidas aunque, eso sí, con un recuerdo único en nuestras mentes.

Casos así no son raros. Cada año se registran varias entradas de pequeños asteroides o fragmentos de cometas de forma violenta en la atmósfera de nuestro mundo. Afortunadamente son sucesos que suelen ocurrir sobre los océanos o sobre áreas escasamente pobladas. He ahí, por ejemplo, el caso más estudiado y más célebre de todos los de este tipo: el objeto de Tunguska. El 30 de junio de 1908, sobre una lejana y casi despoblada área de la cuenca del río Tunguska, en Siberia, explotó un bólido celeste que, se estima, contaba con unos ochenta metros de diámetro. Esa explosión fue registrada por aparatos meteorológicos de todo el planeta debido a las perturbaciones que introdujo en la presión atmosférica. Este evento afectó severamente a áreas de hasta unos cuatrocientos kilómetros de distancia desde el punto del suelo situado justo en la vertical de la explosión. Con potencia similar a la producida por un arma nuclear, la explosión de lo que posiblemente fue un fragmento de comenta entrando en nuestra atmósfera a muy alta velocidad, fue tan potente que, de haber sucedido sobre Londres, París o Nueva York, esas ciudades hubieran sido incineradas al instante. Ahora bien, pocos años antes sucedió algo parecido sobre Madrid solo que, nuevamente con mucha fortuna, en esa ocasión el bólido era más pequeño y la energía liberada no hizo más que dar un gran susto a media España. Una ligera variación en los parámetros orbitales del objeto que explotó, hubiera cambiado nuestra historia para siempre, afectando seriamente a la capital española. Veamos cómo se tomaron los madrileños tan sorprendente suceso.

El cielo se abrió sobre Madrid

Las minuciosas descripciones de la época me recuerdan tanto a lo que pude vivir personalmente en 2004 que no puedo menos que emocionarme. Eran las nueve y media de la mañana del día 10 de febrero de 1896 cuando, desde el sur, comenzó a llegar un lejano rumor sordo a oídos de los madrileños. Desde el horizonte y avanzando a terrible velocidad en los cielos apareció un brillante objeto rojizo de forma esférica que dejaba una estela rectilínea. El luminoso rastro se convirtió en un impresionante fogonazo que deslumbró a todos quienes habían levantado la vista a las alturas para contemplar el extraño fenómeno.

El objeto explotó con gran violencia sobre Madrid, oyéndose una impresionante detonación que ahogó cualquier otro sonido durante largos segundos. Luego, siguieron otras tres explosiones más pequeñas mientras el fulgor celeste desaparecía para convertirse en densas y negruzcas nubes que lo cubrieron todo. Aquellas densas nubes parecían como las que creaban las baterías de cañones a decir de los testigos. En pocos minutos el cielo quedó manchado por densos nubarrones, ya blancos, no muy diferentes a las nubes convencionales.

Se recogieron posteriormente varios fragmentos de meteorito, incrustados en caminos y jardines. Tal y como aparece en las crónicas, se trataba de pequeñas pero pesadas rocas de aspecto pulimentado por uno de sus lados, con color anaranjado negruzco y reflejos metálicos.

El bólido no sólo asustó a los madrileños sino que causó bastantes problemas graves. La explosión fue tan potente que gran parte de las ventanas de la ciudad quedaron dañadas y los cristaleros hicieron su agosto a la hora de reparar los daños pues, además, en pleno invierno ¡quién se queda sin cristales en las ventanas dejando pasar el frío! Se cuenta que la onda expansiva fue tan potente que muchas gentes que paseaban por las calles de la ciudad quedaron temporalmente paralizados de terror, algunos incluso cayeron al suelo. Las puertas se abrieron solas e incluso algunas de las incipientes líneas eléctricas madrileñas se activaron repentinamente cuando los interruptores se abrieron ante la fuerza de la explosión aérea.

A partir de ahí todo fueron preguntas. Las calles se llenaron de gentes asustadas que preguntaban qué había sucedido. La actividad normal se paralizó y todo el mundo miraba con respeto los nubarrones que cubrían un cielo que, antes de la llegada del meteoro, había estado en calma y completamente despejado. En muchos talleres, obras y fábricas se detuvo la actividad durante horas. Las plazas se llenaron de personas desorientadas y, en otros lugares, se vivieron escenas trágicas, como en el Hospital Militar, en el que muchos enfermos salieron apresuradamente del viejo edificio por miedo a que se desplomara sobre ellos.

Bien, ya pasó el susto, llega la hora de los rumores. Cierto es que, desde los primeros instantes, las autoridades ya mencionaron acertadamente que se trataba de un aerolito, tal y como trataron de difundir, pero el tema del bólido había impactado tanto a los madrileños que no fueron pocas las voces que surgieron gritando por doquier que se trataba del fin del mundo, o que la fábrica de gas había explotado o que, como algunas líneas eléctricas habían saltado, se trababa de una gran corriente mortífera lanzada por los “americanos”, llegando a culpar incluso a Edison, personaje de moda por entonces. Locuras similares comenzaron a ser comentadas en cafés, plazas y paseos. La política y la economía, de repente, dejaron de importar. Sólo se comentaba el gran suceso de la mañana, cuando el cielo se abrió sobre Madrid pareciendo querer tragarse la ciudad.

En el Observatorio de Madrid se tomó buena nota de todo lo sucedido, incluyendo los datos de sismógrafos que atendieron al fenómeno como si se tratara de un terremoto. Curiosamente, los aparatos meteorológicos, salvo el barómetro, no detectaron gran cosa, pero el susto sí que fue de los memorables. La hora exacta a la que apareció el bólido en el horizonte, visto desde Madrid, se estableció a las 9 horas, 29 minutos y 30 segundos. A las 9 horas y 31 minutos se produjo la gran explosión y, al poco, toda la ciudad tembló. En el Palacio Real se cuenta que los relojes, timbres y campanillas comenzaron a sonar con fuerza y al mismo tiempo. En la Fábrica de Tabacos a punto estuvo de suceder una desgracia pues se pensó que la gran caldera de vapor de la factoría había explotado. Eso hizo que las operarias huyeran por los pasillos hacia la calle en atropellada y veloz procesión para intentar abandonar el edificio antes de que todo saltara por los aires. Hubo bastantes heridos y graves escenas de terror.


Dibujo de la nube que apareció sobre Madrid al poco del estallido. Dibujo de D. A. de Caula aparecido en la obra “El bólido de Madrid”, 1896.

Todo Madrid quedó impresionado ante el suceso. Era igual que las gentes se encontraran en la calle, viendo cómo una flamígera esfera anaranjada avanzaba por los cielos, o que se encontraran todavía en la cama en el interior de las casas. El fogonazo fue tan intenso que incluso dentro de las habitaciones parecía como si una gran llama de color blanco azulado lo hubiera prendido todo. Lo que había sido un amanecer con sol brillante y cielos puros tornó en tinieblas que tardaron bastante rato en desaparecer. No extrañará, por tanto, que muchos corrieran por las calles presas del pánico y mencionando el final de los tiempos. El Observatorio de Madrid calculó que el sonido de la gran explosión aérea, y de las otras pequeñas detonaciones posteriores, tuvo una duración extraordinaria, ¡casi dos minutos! Todo tembló, no hubo nada en Madrid que no se estremeciera ante aquello. Naturalmente, la energía liberada en la atmósfera aquel día fue tan imponente, que el fogonazo fue percibido a cientos de kilómetros de distancia. Se cuenta también que el estruendo de la explosión llegó a ser escuchado en Guadalajara, Toledo e incluso en Valladolid y Zaragoza.

Aunque el Observatorio de Madrid recopiló acertados datos acerca del suceso, el efecto que tuvo el visitante de los cielos en la población de media España se dejó sentir durante meses, levantando miedos y dudas. En los periódicos aparecieron comentarios de todo tipo, algunos incluso con toque político, lanzándose presuntas culpas por falta de preparación o previsión unos a otros. Sin embargo, desde el mismo día del suceso todo había sido magistralmente bien descrito y explicado por meteorólogos y científicos. Ese interés llevó incluso a la publicación poco después de una monografía sobre el tema por parte del catedrático de la Universidad Central de Madrid, José de Castro Pulido, bajo el título de “El bólido de Madrid”, incluyendo ciertas rectificaciones del célebre José de Echegaray junto con réplicas a éste por parte del autor. Todo un debate científico en toda regla que levantó pasiones, acerca de la naturaleza del bólido, su trayectoria y velocidad, los análisis de las muestras y los cálculos acerca de todo lo sucedido aquella inolvidable mañana de febrero sobre Madrid.