Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja en su edición del mes de agosto de 2012.
…digamos dos palabras sobre la estupenda figura científica que era el doctor Velasco, en torno al cual (…) forzosamente ha de girar cuanto se relaciona con el Museo Antropológico y hasta, si me apuran mucho, con las ciencias anatómicas en España. Castellano viejo e hijo de humildes labradores, estudia Filosofía y Letras en Segovia, llenando la tripa a la hora meridiana con la sopa boba que daban en los conventos. Una vez en Madrid, sus afanes de hombre de estudio se dirigen a de la Medicina. A falta en la Corte del condumio conventual, trabaja como criado, primero, y como practicante, después, y así logra, tras innumerables trabajos, que los libros no le abandonen. Ya tenemos al muchacho luciendo borla de doctor. No le perdamos de vista, que no muy luego vamos a tenerle que llamar, como uno de sus biógrafos, “anatómico eminente y disecador incomparable”.
Fragmento de un artículo de Pedro Massa sobre el gigante extremeño publicado en la revista Crónica, el 21 de julio de 1935.
Razón llevaba el bueno de Pedro Massa, quien muy probablemente incluso fuera un familiar lejano mío ya que con el paso del tiempo mi segundo apellido perdió por el camino una de sus letras “s”. Y digo bien, levaba mucha razón, porque no habrá que perder de vista al doctor Velasco, personaje singular del Madrid decimonónico porque su espíritu se deja sentir en el museo al que hoy dedico estas letras. Visitemos pues este rincón madrileño para descubrir alguno de sus secretos y saludar a un afable gigantón.
A un paso de la estación de Atocha
El Museo Nacional de Antropología localizado en Madrid, a la vera de otros grandes museos, cerca del Retiro y a la vista de la estación de Atocha, es una de esas pequeñas joyas no muy conocidas que aguardan al visitante curioso con entusiasmo. El propio edificio de estilo neoclásico nos grita para que lo visitemos, gracias a la inscripción en piedra que nos da la bienvenida. Nosce te ipsum. Cónócete a ti mismo, nos anima la frase para indagar en lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, tal y como ya aparecía en la antigüedad inscrito en griego en el Templo de Apolo en Delfos.
Bien, habrá que aceptar la invitación. Unos pequeños escalones de piedra y ya estamos dentro. El interior destaca por su luminosidad y por su aspecto típicamente actual. Es funcional, limpio, casi diría que aséptico, con un ascensor acristalado que lleva a los diversos niveles y una selección de piezas muy bien cuidada. ¿Dónde se halla el misterio? No es lo que cabría esperar, sobre todo si se entra por primera vez con alguna que otra idea extraña en la cabeza. Para mí, la magia se encuentra en una sección muy especial, a mano izquierda mirando justo desde la entrada, en la planta de acceso al edificio, pero a eso llegaremos luego.
El objetivo del Museo Nacional de Antropología no es otro que el de ofrecer al visitante una visión global de diversas culturas del planeta, así como mostrar su riqueza y las relaciones existentes entre ellas. Bien, puede sonar demasiado académico, pero una vez dentro del edificio se puede comprobar que la misión se cumple con creces aunque, eso sí, de forma posiblemente demasiado “limpia” para mi gusto, claro que en eso suelo pecar con exceso de gusto por lo abigarrado, al modo de los añejos gabinetes de curiosidades. El visitante puede recorrer el mundo sin salir del edificio, conociendo los detalles de diversos pueblos de todos los continentes, sobre todo de aquellos que hayan tenido alguna relación con la historial colonial española. Abundan los objetos originales, grabados del siglo XIX, fotografías de gran interés, colecciones de antropología física y, en definitiva, cualquier tipo de artefacto o documento que permita a quien se asome a este lugar tomar conciencia de esos pueblos tan diversos que pueblan o han poblado nuestro mundo. Hasta aquí podría decirse que llega el aspecto convencional, didáctico si se quiere ver así, entre objetos sagrados orientales, cráneos decorados de Oceanía, máscaras rituales africanas y americanas. Pero, en el rincón que he mencionado al principio, se guarda algo muy especial y, en esta ocasión, parece todo un mundo aparte.
Vamos a penetrar en el universo de Pedro González Velasco, el genio médico que alumbró este museo, gracias a una sala que mantiene el sabor de los gabinetes del siglo XIX. Eso sí, cabe destacar un pequeño detalle. Al entrar en esta sala más vale abrigarse un poco, porque el aire acondicionado, que parece funcionar continuamente para preservar las joyas que contiene, puede dejar helado a cualquiera.
La sombra del doctor Velasco
No hemos perdido de vista su sombra, ahí está, en cada rincón de la sala que recoge las más extrañas piezas del museo. El lugar fue fruto de la obsesión de Velasco, el médico que soñó con dominar la materia viva y que llegó a “momificar” a su propia hija, aunque esa es historia para otro artículo muy diferente al que ahora nos ocupa. Quede dicho, sencillamente, que el fantasma de Conchita, la hija que perdió cuando apenas contaba con 15 años de edad, le persiguió durante mucho tiempo, pues se culpaba de su muerte. La joven padecía tifus y, al parecer, fue un tratamiento suministrado por el propio Velasco lo que terminó por hacer que la paciente sucumbiera a la enfermedad. Durante mucho tiempo convivió el médico con el cadáver embalsamado de su hija, vestido con traje de novia, lo que despertó todo tipo de leyendas en Madrid, como no podía ser de otro modo.
El Museo Nacional de Antropología fue inaugurado el 29 de abril de 1875 por el rey Alfonso XII. El doctor Velasco fallecería no mucho más tarde, en 1882, pero su obra continuó ocupando este rincón madrileño hasta nuestros días. Cuando don Pedro abandonó este mundo, el estado compró el edificio y sus colecciones, lo que con el tiempo hará que el museo vaya cambiando de administración e incluso de objetivo, pasando a depender del Museo de Ciencias Naturales, más tarde mutando de nuevo como Museo de Etnología a mediados del siglo XX, terminando por recuperar, en 1993, la original denominación de Museo Nacional de Antropología.
Y, todo lo que aquí aparece, fue fruto de los desvelos de un solo hombre. El edificio fue encargado por el propio Velasco al Marqués de Cubas, que siguió las instrucciones del médico segoviano para dar vida a un palacete que no desentonaría en la vieja Atenas. Velasco fue uno de los anatomistas más célebres de su tiempo y además logró cierta fortuna como médico y académico en Madrid, pero en vez de pensar en construir una gran casa como era típico en la época, para ostentación y deleite de su persona, su obsesión se centraba en dar forma a todo un gabinete de maravillas que reuniera las piezas más sobresalientes del mundo de la medicina y la antropología física. Y, a veces incluso a costa de deudas personales, logró con el paso de los años su objetivo, una meta que podemos seguir disfrutando actualmente en la sala del museo que mantiene la esencia del gabinete original.
Pedro González Velasco coleccionó a lo largo de su vida piezas de valor antropológico con las que fue alimentando su casa, que terminó por convertir en museo. Lo que ganaba como catedrático en la Facultad de Medicina de Madrid y como médico del Hospital Clínico San Carlos era destinado en gran parte a viajar a lugares lejanos y a la compra de especímenes únicos. Lo que en principio debía ser un museo anatómico terminó por convertirse en una mezcolanza de asombrosos objetos.
El gigante extremeño
El inquilino más notable que habita en la sala dedicada a la visión del mundo de Pedro González Velasco llama la atención por su tamaño. Se encuentra acompañado por muchos otros especímenes realmente sorprendentes, como una momia guanche. Fueron 3.000 pesetas las que tuvieron la culpa de que esta maravilla de la naturaleza terminara en la casa de Velasco.
Se trata del esqueleto, y del molde vaciado, del cadáver del célebre gigante extremeño, aparentemente un caso excepcional de acromegalia. Es esta una enfermedad crónica provocada por excesiva secreción de hormona del crecimiento por parte de la glándula pituitaria. En el caso que nos ocupa, el gigante extremeño presentaba las clásicas deformaciones acromegálicas, con manos desproporcionadamente grandes, gran nariz y mandíbula así como frente prominente, rasgos todos ellos que no dejaron de evolucionar a lo largo de la vida del paciente porque nunca dejó de crecer. Se estima que el gigante extremeño, nacido en Puebla de Alcocer, Badajoz, fue el segundo español más alto de toda la historia, con sus impresionantes 2,35 metros de altura. Poco más allá se encuentra el también decimonónico gigante de Alzo, con 2,42 metros, todo un asombroso fenómeno.
Es hora de poner nombre a nuestro gigante. Atendía como Agustín Luengo Capilla y llegó al mundo en 1849. Al principio no parecía haber nada anormal, pero el niño no dejaba de crecer. Su familia apenas tenía medios y su casa era muy humilde. Literalmente, no cabía en su hogar y, con apenas 12 años ya se le podía ver trabajando en ferias y circos como fenómeno sin igual, pues a esa edad se había convertido en un gigante. Y, he aquí que las ferias eran una de las diversiones del doctor Velasco, pues en ellas buscaba a fenómenos dignos de estudio. ¡Y vaya si encontró un fenómeno! Cuando el anatomista contempló al gigante, pensó de inmediato en un plan para hacerse con semejante prodigio. Velasco ofreció un trato al gigante Agustín, proponiendo poner a su nombre la cantidad de 3.000 pesetas que iría recibiendo en vida en asignaciones de 2,50 pesetas diarias (en algunas fuentes se citan 3 pesetas diarias) para que no tuviera que soportar la vida de fenómeno de feria. Pero claro, el trato tenía una contrapartida, a saber, Agustín debía donar su cuerpo al doctor Velasco, una vez fallecido, por supuesto, para que fuera expuesto en el Museo de Antropología. El gigante estaba contento, al fin pudo alejarse de las ferias y vivir con cierta tranquilidad, aunque su enfermiza estampa no estaba para muchos disfrutes.
Seguramente sabía el doctor Velasco que un acromegálico, sobre todo en aquella época, no tenía muy buenas cartas en el juego de la vida. Razón llevaba, pues el gigante extremeño falleció antes de llegar a la treintena, sucumbiendo a la tuberculosis en Madrid, el 31 de diciembre de 1875. Momento triste para el gigante, pero de gran emoción para el doctor Velasco, que trabajó con el cadáver para preparar un molde del mismo y extraer el esqueleto que, hoy día, continúa asombrando al visitante del Museo Nacional de Antropología de Madrid. Con el proceso el esqueleto perdió algo de talla, pero no por ello deja de impresionar el ver ahí, descansando en una gran urna de cristal, los huesos de Agustín Luengo, el gigante extremeño que al morir ya llegaba por los 2,35 metros de altura. Quién sabe qué cimas hubiera alcanzado de haber permanecido más tiempo entre los vivos. Ahora, en la muerte, y desde hace más de un siglo, el gigante espera a diario a las gentes que se asoman para contemplarlo con sorpresa.

