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Ciudad de huesos

17 febrero 2010

imgLo poco que sobrevivió fue conocido en su época como la Nueva Pompeya o, también, ciudad de huesos. No exageraban, ni mucho menos, pues la que antaño fue capital de la isla francesa de la Martinica, St. Pierre, en el Caribe, había desaparecido prácticamente por completo. Durante los siglos XVIII y XIX el Monte Pelée, o Montaña Pelada, había resoplado levemente, asustando a los habitantes de la isla que, sin embargo, sentían una extraña confianza que les hacía pensar que el monstruoso volcán elevado a sus espaldas era manso.

Entre el 2 y el 8 de mayo de 1902 el volcán retomó su añeja actividad y arrasó la ciudad, dando trágico fin a la vida de unas 30.000 personas. Hoy la Montaña Pelada es mucho más pequeñas que entonces, pues en la erupción de 1902 perdió parte de su esbelto porte, pero ya nadie es fía de ella, la lección fue duramente aprendida. El primer día de mayo de ese mismo año las gentes miraban a lo alto del gigante para disfrutar de las nubecillas que de él nacían. En el puerto, mercantes de todo el mundo, sobre todo de los Estados Unidos, se encontraban anclados, realizándose en ellos las típicas actividades mercantiles. También desde ellos se miraba a la montaña, pero nadie sentía temor. Poco sospechaban que uno de los principales puertos del Caribe sería en pocas horas una ruina irreconocible.

¡Y no será por falta de avisos! Entre las fumarolas, los temblores de tierra y los extraños ruidos, algo debían ya intuir. A pesar de todo las autoridades de la isla decidieron que no había nada anormal, por lo que la vida continuó como si no sucediera nada. El día dos empezó a llover una fina ceniza procedente del volcán y, ya con esta señal tan clara, algunas personas decidieron abandonar la isla en barco. Por desgracia la mayoría no se dio por enterada y, al día siguiente, todos se sobresaltaron al contemplar horrorizados cómo las aguas de los arroyos que nacían en el volcán descendían sucias, malolientes y con macabros tropezones a modo de sopa del diablo, pues flotaban en ellas cadáveres de animales de todo tipo y algún que otro desdichado lugareño.

¿Acaso hacía falta más señal para ordenar la evacuación? Nada se hizo y, como última oportunidad desaprovechada, hacia el día ocho todo tipo de insectos como hormigas, arañas y, además, un ejército de serpientes venenosas, descendió de las alturas camino de la ciudad huyendo del calor. Por las calles pudieron contemplar los asombrados habitantes del lugar cómo circulaban hacia tierras bajas estas criaturas, que dieron muerte a no pocas personas al cruzarse en su camino. La montaña era ya un infierno a punto de estallar, pero tampoco se hizo nada.

No había ya salvación ni vía de escape de la isla y más de 30.000 almas aterradas se encerraron en sus hogares esperando, todavía, que el desastre no se produjera. En pocas horas el volcán liberó tal cantidad de materiales piroclásticos literalmente colapsó bajo su propio peso y presión. Inmensos ríos de roca fundida descendieron hacia la ciudad destruyendo todo a su paso.

En tierra apenas sobrevivieron dos personas a la catástrofe, el resto, hasta completar esos 30.000 desdichados, se convirtieron en un mar de huesos calcinados tras su horrible muerte. Uno de los barcos que se encontraba en el puerto, el SS Roraima, contaba con una tripulación de unos 50 hombres, de los que apenas se salvaron unos 15. Lo que sigue a continuación es más descriptivo que cualquier combinación de palabras que yo pueda elegir, pues se trata del testimonio de uno de los supervivientes del barco, Ellery S. Scott, primer oficial del vapor Roraima. Os dejo con esta voz de alguien que, hace más de un siglo, pudo contar lo que fue una de las mayores catástrofes conocidas en la historia humana1.

Salimos de Nueva York el sábado 16 del último abril a bordo del vapor de la línea de Quebec Roraima, su capitán Muggah, en dirección a Demerara, vía islas Winward. Nuestra tripulación constaba de cuarenta y siete personas, y llevábamos a bordo veintiún pasajeros entre hombres, mujeres y niños. El jueves 8 de mayo, día en que ocurrió la catástrofe, notamos que empezó el día algo cubierto por nubes parciales y nos hallábamos anclados a la altura de la isla Dominica. A la una de la madrugada levamos anclas y nos dirigimos al Sudeste hacia la Martinica.

Todo iba bien hasta las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la mañana, hora en que yo me encontraba en el puente haciendo la guardia. La noche había sido hermosa y el mar estaba tranquilo. De repente, nos vimos envueltos en un humo espeso y en una lluvia de cenizas; nos hallábamos entonces a la altura de la extremidad noreste de la Martinica. Tanto llamó mi atención esta novedad que llamé al capitán para preguntarle su opinión acerca del tiempo. Yo no había visto nunca una erupción en aquellas islas, aunque hacía algunos años vi el Etna en acción, proporcionándome algún conocimiento sobre volcanes; y desde luego supusimos razonablemente que el humo y las cenizas procedían del Monte Pelado. El viento era del sur y el humo de la montaña venía directamente hacia nosotros.

Bordeamos la isla, manteniéndonos a unas dos millas separados de la costa; pero debido a las corrientes que nos impulsaban a tierra, tuvimos que maniobrar en varias direcciones, unas veces dejándonos ir hacia fuera y otras hacia dentro. La corriente nunca fue uniforme, pero llegó a ser tan pronunciada que convinimos en que era debida a alguna acción volcánica. El capitán y yo nos alarmamos, El polvo que caía era fino, penetrante, era una ceniza gris. A las seis y quince minutos de la mañana echábamos el ancla en San Pedro.

El capitán del puerto y el médico vinieron al barco y pocos momentos después subían a bordo los agentes de nuestra compañías, los señores Plessoneau y Testarte. El capitán habló con ellos y les preguntó si creían que habría peligro por la erupción del volcán. Entonces se elevaban majestuosamente densas columnas de humo desde el pico de Monte Pelado; el cielo estaba perfectamente despejado sobre el puerto, pues nos encontrábamos a cinco millas al sur de la montaña. Los agentes se hallaban muy tranquilos y decían que desde la destrucción de la refinería de azúcar, unos días antes, no había vuelto a ocurrir novedad alguna; pero al mismo tiempo nos dijeron que unas cuantas personas necesitaban ir a Santa Lucía, y como nosotros teníamos cargamento para aquel puerto, el capitán me indicó que registrara la bodega para ver si era posible sacar la carga para Santa Lucía sin tener que descargar lo que venía dirigido a la Martinica. Vi que era imposible sin mover la mayor parte de la carga de este último punto y el capitán Muggah decidió que sería más conveniente detenernos más tiempo dondes estábamos y proceder a la descarga.

No empezamos esta operación desde muy temprano aquella mañana, porque era días de la Ascensión y había servicio religioso especial en todas las iglesias. En la Catedral se decía misa solemne y toda la gente rica había acudido a San Pedro para asistir a ella. Trabajadores y todo el mundo celebraban la fiesta.

Los dos agentes habían estado en misa bien temprano y como no se habían desayunado pidieron algo de comer, porque tampoco podían detenerse hasta la hora ordinaria de nuestro almuerzo por tener que ir a bordo del Roddam, que acababa de entrar, diciéndonos que como el Roddam venía de las Barbados y estas procedencias hacían cuarentena, no podían llevarse nuestro correo, pero que volverían por él.

Entretanto, nuestros marineros, de contramaestre para abajo, limpiaban la arena y el polvo, que ya cubrían la cubierta con una capa que parecía arena blanca, de más de dos centímetros de espesor. De uno a otro extremo estaba el buque lleno de tal arena que se introducía por todas partes. Cuando el capitán y yo subimos al puente llevábamos los uniformes cubiertos de este polvo. Los pasajeros y la tripulación hacían acopio de arena y cenizas para conservarlas como recuerdo. Unos la envolvían en sobres, otros en cajas de estaño, y yo recuerdo que un fornido negro me daba una caja de cigarros llena de arena y cenizas, la cual tomé, no ocurriéndoseme que había de tener a mi disposición, antes de volver a mi casa, cantidades inmensas de aquella arena.

Los oficiales se agrupaban sobre cubierta para disfrutar de la hermosa vista que el Pelado ofrecía lanzando inmensas columnas de humo que parecían elevarse hasta los cielos, y una vez allí, los vientos del sur y el este las arrojaban hacia el mar, así es que, donde nosotros nos hallábamos, la atmósfera estaba relativamente clara.

El sol lucía hermoso y brillante; todo nos sonreía, agradable y favorablemente, excepto por aquella columna de negro humo. Serían las ocho y algunos segundos de la mañana. Estando de tertulia sobre cubierta, el tercer contramaestre me dijo: “voy a por mi maquinilla fotográfica, pues aunque sólo me queda una placa no es cosa de perder tan magnífica vista”.

Dicho esto, me volvió la espalda y se dirigió a su camarote. No le he vuelto a ver, porque precisamente entonces, y todo en mucho menos tiempo del que se emplea en decirlo, hubo una explosión en la montaña, sublime por lo grandiosa y terrible por lo mortífera. Es difícil decir si se abrió más de un cráter pero la conflagración no es posible compararla con nada; fue tan terrible el ruido que un trueno de los más estrepitosos resultaría como el disparo de una pistola comparado con el de un cañón de a treinta centímetros. Después vino rodando montaña abajo por las distintas ondulaciones del terreno la ardiente lava envuelta en llamas y humo, formando una inmensa nube luminosa terrorífica. Según descendía, arrastraba tras sí materia inagotable de lava como un tornado sin fin de vapores, cenizas y gas abrasador.

En el instante que vimos esta gran erupción que hacia nosotros se dirigía, el capitán corrió al puente gritándome que levara el ancla. Yo salté hacia el molinete y el carpintero se colocaba a mi lado y se inclinaba hacia adelante para auxiliar en la maniobra de echar a andar la máquina cuando nos sorprendió la destrucción.

No es posible describir lo ocurrido. La tierra y el mar parecían confundirse en infernal torbellino, como si se tratara de esos ciclones occidentales que barren los árboles y cuanto a su paso encuentran; con el agravante de que este torbellino de explosiones incendiaba todo lo que alcanzaba. Sólo duró unos cuantos segundos, pero desde el momento en que empezó a recorrer la distancia que lo separaba de la ciudad, ésta estaba sentenciada. Lava, fuego, cenizas, humo, todo combinado cayó sobre nosotros en un instante. Ni un tren expreso a gran velocidad podría haber escapado.

Nosotros no podíamos ver más que una parte del torrente, pero al otro lado de la montaña ocurría lo mismo, formándose allí un tremendo obstáculo para los que quisieran huir. Entretanto, fue rodeándonos la obscuridad más espantosa y al mismo tiempo la avalancha se apoderaba también de las aguas del mar incendiando a su paso cuanto había no solo en la playa sino los buques anclados en el puerto. El Roraima giró y se alejó, retirándose del puerto; una repentina sobarbada lo hizo inclinarse de estribor, sumergiendo la baranda de sotavento. Mástiles, chimenea, aparejos, todo fue al agua. La chimenea de hierro desapareció y los dos mástiles de acero se rompieron a sesenta centímetros de la cubierta, perfectamente cortados sin bordes desiguales, precisamente como un trozo de tubo de barro se rompería al golpe de un palo grueso. Quisimos levar anclas, pero era imposible arrancarlas del barro, encontrándonos amarrados a aquél infierno. La obscuridad aterradora lo envolvía todo, sin más alteración que la claridad intermitente producida por las abrasadoras nubes de gas destructor. Nuestro buque se incendió por varias partes a la vez y muchos hombres, mujeres y niños murieron en pocos segundos. Ocurría esto pocos minutos después de las ocho.

El salón y la popa ardieron inmediatamente. El Roraima estaba al pairo con una gran falsa banda mirando a la costa. Al principio cayó abundante ceniza abrasadora, muy pronto a la ceniza siguió una lluvia de pequeñas y abrasadoras piedras, cuyo tamaño variaba desde el de un perdigón de escopeta al de un huevo de paloma. Caían estas piedras en el agua produciendo agudo silbido, pero en los sitios del buque donde estas piedras chocaban, hacían poco daño porque las cubiertas estaban protegidas por una espesa capa de cenizas desde la primera lluvia. Después de las piedras vino una lluvia de lodo hirviente, formado por lava mezclada con agua, de una consistencia igual a la del cemento. Donde quiera que caía formaba una costra que se adhería como la cola, de suerte que a las personas que no llevaban sombrero se les formó sobre la cabeza una plasta que constituía una verdadera mascarilla.

Cuando yo vi la tempestad próxima, arranqué de un ventilador una cubierta de cáñamo embreado que me puse sobre la cabeza y el cuello, dejando una abertura para ver. Esto me evitó mucho sufrimiento, pero aun así la barba, la nariz y los ojos se me llenaban de un polvillo que tenía que sacudir a cada segundo para ver y para oír. El barro que caía a intervalos no quemaba en realidad, pero estaba lo bastante caliente para secarse en seguida sobre la cabeza y formar una costra que se adaptaba y pegaba como si fuera un molde de yeso.

Recuerdo que Charles Thompson, el ayudante de contador, un negro regordete y de aspecto simpático, natural de Saint Kitts, que estaba a mi lado, tenía la cabeza tan cargada de aquellas materias que parecía atontado y casi no podía ponerse derecho. Cuando me rogó que le rompiera aquella costra arrancándosela de la cabeza temí llevarme con ella la piel. Aún con mi cáñamo embreado sentía yo el calor, deduciendo por ello que la piel del cráneo del auxiliar de contador debería estar abrasada.

No todos los que ocupaban el buque se encontraban sobre cubierta al ocurrir la catástrofe. Unos pasajeros se vestían, otros se hallaban aún en sus camarotes, envenenándose algunos casi instantáneamente con el nocivo gas y otros se ahogaron con el agua que entró por las portas de los camarotes sumergidos del lado de estribor.

La obscuridad se interrumpía de vez en cuando por las llamas que salían de popa y por el pálido fulgor del incendio de varios almacenes de la costa, donde grandes barriles de ron lanzaban al aires con gran estrépito su inflamado contenido. Bajé a tientas al puente inferior en busca del capitán y cuando con más interés buscaba, tropecé con una figura de hombre cuyo rostro era repugnante por las quemaduras que lo habían destrozado.

—¿Quién es usted?—pregunté, pues agachado como estaba y en la oscuridad, no pude reconocerlo.

Aquel hombre levantó los ojos y yo, fuera de mí, grité:

—¡Dios mío, el capitán!

Se levantó como pudo y viendo en aquel momento uno de los botes que aún nos quedaban, me preguntó si podríamos ponerlo a flote.

—Capitán,—le dije—el bote está abrasando y no puede utilizarse; además, se encuentra pegado al buque de tal modo que veinte hombres no podrían moverlo, y no tenemos a nadie que nos ayude.

Precisamente entonces se presentaron Benson, el carpintero, y Thompson, el tercer piloto. Éste estaba negro por las quemaduras, y Benson tenía las manos destrozadas. El capitán ordenó que a todo trance se habilitara el bote.

Con un cuchillo corté el pescante, pero el bote no se movió; era imposible habilitarlo, y cuando el capitán se convenció de ello, me dijo:

—Señor Scott, salte usted al agua y sálvese.
—No, capitán,—le dije—no dejaré el buque.
—Bien,—me respondió—vea usted cómo está el barco y cómo se encuentra la gente. Entérese especialmente, cómo están las señoras y los niños.

Después de mirar en rededor y cerciorarme de que ardía la popa y de que pasajeros y tripulación morirían abrasados, fui a dar cuenta al capitán del estado de las cosas; pero cuando llegué al puente, había desaparecido; o debió haber caído al mar o debió haberse arrojado voluntariamente para descansar de sus padecimientos, que debían ser terribles.

En realidad, solamente quedábamos en el buque cuatro hombres capaces de valernos sin auxilio ajeno: Benson, el carpintero; Thompson, auxiliar de contador; un operario negro de Saint Kitts, y yo. Los hombres que nos ayudaban estaban terriblemente abrasados y su heroísmo causaba admiración. Dos ingenieros que habían perdido toda la piel de sus manos todavía trasladaban de un punto a otro los objetos empleando brazos y codos.

Tomé el mando y lo primero que dispuse fue algunas maniobras para evitar que muriéramos por el fuego. Afortunadamente, el mar estaba tranquilo, como si la lluvia de espeso barro hubiera amansado las olas, aunque conservaba algún movimiento debido a las corrientes volcánicas. Las bombas no funcionaban, pero cada uno de nosotros había lo que podía. Dos empezaron a achicar agua y después, formando lo que se llama línea de incendios, logramos disminuir el fuego. La obscuridad continuaba. A las ocho y media aclaró un poco y pudimos ver al vapor Roddam dirigiéndose directamente hacia nosotros como si intentara nuestro salvamento. No teníamos medios de distinguir que este buque se encontraba casi en tan mal estado como el nuestro, pues tenía salida para gobernar y llegó bastante cerca de nosotros, para que viéramos toda su proa en buen estado. Supusimos que se había encontrado fuera de línea de fuego. Creíamos que nos rescataría y dábamos gracias a Dios. Parte de la tripulación subió a cubierta con las mujeres y niños que quedaban, confiando en que el Roddam se acercara lo bastante para trasladarnos. De improviso, y cuando no estaba más que a distancia de treinta y tres metros de nosotros, se detuvo. Creímos que no nos veía y corrí a la casilla del timonel enviándole gran número de señales luminosas. Dos de estas señales eran azules, y una la contraseña especial para la Compañía de Quebec. Las expusimos luciendo con todo su brillo y asemejándose a fuegos pirotécnicos, procurando llamar con ellas la atención del Roddam y darle a entender que había personas a bordo; pero con gran horror nuestro, el buque retrocedió lentamente internándose en la obscuridad y dejándonos absolutamente descorazonados. Cuando mis compañeros de desgracia me hablaron de ello les contesté:

—No ha hecho más que retroceder para salirse de la línea de humo, y seguramente que volverá para llevarnos a bordo.

Pero al poco tiempo el viento varió al sur, desapareció el humo y no vimos ya al Roddam. Sucedió esto a eso de las ocho y cuarenta y cinco minutos. La cuestión consistía ahora en si estaríamos mucho tiempo a flote, pues nuestro barco no inspiraba confianza. Todos cuantos nos encontrábamos algo útiles nos lanzamos a los cinturones salvavidas que se encontraban distribuidos en distintos lugares del buque, y dotamos de ellos a cuantas personas había a bordo. Si una madre llevaba un niño en brazos, le poníamos el cinturón de manera que cogiese a los dos.

Lo inmediato fue averiguar en qué condiciones se encontraba el casco y apagar los pequeños incendios que reaparecían, ya en uno ya en otro sitio. El más considerable era el que existía en la punta de la proa. Los camarotes de señora se habían pintado y limpiado antes de salir de Demerara; las colchonetas estaban amontonadas en el interior, muy en orden y la puerta estaba cerrada con llave para que la tripulación no cogiera las camas; pero las portas de estribor estaban abiertas, y el fuego del volcán que se había introducido incendió las colchonetas. Quisimos abrir la puerta, pero fue imposible. Entonces cogimos un gran tablón que utilizamos como ariete y la puerta saltó. Dos grandes pilas de colchonetas ardían poniendo en peligro todo el barco, siendo lo peor que podía comunicarse el incendio a tres mil cajas de aceite de kerosina y a grandes barriles de barniz y de brea que se encontraban a unos cuatro metros. Fuera, sobre cubierta, precisamente en la antecámara, estaban las jaulas del ganado en las que se almacenaban tablones viejos en cantidad bastante para poner fuego a una ciudad.

Dos de nosotros bajamos cubetas y achicamos agua, mientras los otros se dedicaban a echarla en abundancia sobre las colchonetas. Por el momento, el agua aplacaría las llamas, y entonces uno de nosotros tiraría de una colchoneta y la arrojaría al agua.

Todo este trabajo era ímprobo y dificilísimo, pero había mucho más que hacer. Pronto vimos que los camarotes de las bombas a estribor estaban ardiendo. También procuramos extinguir aquel nuevo peligro, a la ve que seguíamos arrastrando uno a uno los colchones, y más de una vez nido al colchón venía el cuerpo inanimado de algún tripulante que había muerto cogido en la trampa como una rata.

Después de algún tiempo, todos los pequeños fuegos pudieron dominarse y nosotros respiramos algo, aunque cuanto seguía rodeándonos era terrible: marineros y pasaje, hombres, mujeres y niños morían atormentados por angustiosa sed.

Thompson, el auxiliar, que era para mí un gran recurso, tenía reservada una interesante historia. Él había visto acercarse la catástrofe y tuvo tiempo para huir por la abierta puerta de su camarote oficial cerrándola al marcharse. Al momento siguiente se inclinó el barco, y afluyendo el agua caliente que procedía del fuego cayó dentro del nuevo camarote en que se hallaba, subiéndose el líquido hasta el cuello; después se enderezó el barco, se retiró el agua, y Thompson luchó por salir al callejón de estribor, encontrándose con dos mujeres horriblemente quemadas que suplicaban lastimeramente un poco de agua. Precipitóse entonces a un camarote próximo medio lleno de agua, y encontrando una vasija iba a intentar llenarla de un pequeño depósito de agua potable cuando sintió algo suave bajo el pie; al mirar hacia abajo vio el rostro cadavérico de un hombre. Felizmente pudo encontrar un gran trozo de hierro en el camarote de los oficiales y corrió en auxilio de aquel hombre que agonizaba.

Gradualmente fuimos recogiendo a los que sobrevivían y los colocábamos sobre cubierta. Todos ellos pedían agua, pero muchos no podían ya ni beber. Los gases abrasadores habían quemado aquellas bocas y gargantas, y hasta el estómago, tan terriblemente que en muchos casos no quedaba esperanza.

Las quejas y lamentos de las víctimas nos llegaban al alma, hasta el punto de que, por mi parte, jamás olvidaré aquellas escenas que hoy me parecen terribles pesadillas. Un hombre, un pasajero, yacía sobre cubierta, horriblemente abrasado, pidiendo agua a gritos. Cuando le ofrecimos el líquido tan deseado, no pudo beber ni una gota. Se arrastraba por la cubierta sobre las manos y las rodillas sin dejar de pedir agua, y, por último, temiendo que se arrojara al mar, lo condujimos a lugar seguro. Tan pronto como vio a Thompson con su vasija de agua, se arrastró hacia él vociferando y casi aullando como un perro furioso. La lengua de este infeliz estaba totalmente abrasada y no podía ni aun hacerla entrar en la boca. También los brazos estaban cruelmente abrasados hasta las puntas de los dedos, así como muchas partes de su cuerpo.

Vi un pequeñuelo de color café, terriblemente abrasado, que estaba en los brazos de una niñera blanca llamada Clara. El pobre chiquillo estaba moribundo, con la lengua fuera. Aún vivía el infeliz; al verlo Thompson, quiso darle un poco de agua, pero no pudo beber. Los brazos de Clara también estaban destrozados y tuvo que dejar al niño; entonces lo cogió el segundo ingeniero, Evans, y lo tuvo en sus brazos hasta que el infeliz murió. La niñera Clara sobrevivió y pudo ingresar en un hospital.

Esta misma Clara nos ayudó a prestar auxilio a una señora y a sus tres hijos, dos niños y una niña; la madre no podía abrir la boca. Con una cucharilla logramos entreabrirla un poco y pusimos entre sus dientes algunos trozos de hielo. La pobre señora sintió algún consuelo y con mucho trabajo murmuró “gracias”. La infeliz murió antes que dos de sus hijos.

Las mujeres se condujeron todas con valentía, aunque sufrían horribles quemaduras. Una negra muy gruesa, no obstante sus dolorosas heridas, cantaba himnos religiosos; y entre versos y verso exclamaba: “Dadme agua, agua…” Tan pronto como le dieron el líquido más precioso entonces que en ninguna otra ocasión, se la vio reanimarse y siguió cantando. El último himno que cantó empezaba así: “Me acerco, Dios mío, a ti”; y precisamente al decir esto murió en el mismo sitio donde estaba sentada.

Otra mujer, la señorita McAllister, estaba echada en una colchoneta sobre cubierta. Esta infeliz se encontraba también muy mal y llamó a Clara para que le cantara algún himno. La niñera se arrodilló a su lado y una de las últimas estrofas terminaba así: “Segura en los brazos de Dios”. Al poco tiempo, murió.

Ya el aires se purificaba algo y se podía respirar. Mientras Thompson y Thomas, uno de los operarios, procuraban aliviar los sufrimientos de los moribundos, Benson, el carpintero, y yo recorrimos los diferentes rincones del buque y además reconocimos el casco. Sondamos y nos cercioramos de que teníamos una profundidad de veinticinco metros; el segundo ingeniero y el cuarto nos dijeron que las máquinas y las calderas estaban bien y que no había peligro de explosión.

Estos dos individuos estaban heridos por nuevas quemaduras, pero permanecieron en sus puestos para vigilar si las calderas funcionaban bien. No había que pensar en obtener vapor, pues carecíamos de chimenea y, por consiguiente, no había tiro, y aun cuando hubiera habido medios, no teníamos personal para este servicio. Además, aun cuando el buque hubiera podido hacer vapor, las llamas de popa hubieran barrido las cubiertas por causa del viento en vez de ir extendiéndose tranquilamente.

Sólo nos quedaba una cosa que hacer: con el auxilio de cuantos podían trabajar algo, empezamos a construir una balsa. Bajamos los grandes varaderos de seis metros y medio. Los varaderos son planchas largas y sólidas aseguradas entre sí con pasadores de tornillo y adaptadas al exterior del frente del buque bajo los pescantes de ancla para evitar rozamientos cuando se bajan los botes. Dos de nosotros bajamos y atamos bien los varaderos y después los otros sacaron madera del depósito de la jaula de ganados con lo que se construyó la balsa, lo bastante grande y segura para llevar a cuantos quedaban vivos a bordo. Contamos los que éramos y resultó veinticuatro.

En todo esto se perdió bastante tiempo. Quedábanos por resolver la busca de provisiones. El Roraima llevaba cuatro botes; tres de ellos habían sido destruidos y el cuarto estaba fuertemente aferrado sobre los pescantes. De este último tomamos los remos y las chamuceras. También pasamos un compás, linternas, cajas de provisiones, una lata de aceite y barriles de agua. Todo quedaba listo por si el fuego de popa nos echaba del barco antes de que recibiéramos auxilio por algún otro medio.

Era entre dos y tres de la tarde cuando un barco de guerra francés, el Suger, entró en el puerto de San Pedro. Aunque le veíamos acercarse a nosotros, no confiábamos mucho por el chasco que antes nos había dado el Roddam. Pusimos la bandera inglesa en un palo, procurando elevarla todo lo posible. El Suger contestó inmediatamente a la señal y nos envió un bote. Fuimos los primeros que el buque francés había visto, pues ningún otro le había hecho señales que llamaran su atención. Muy pronto nos envió otros dos botes remolcados por una lancha de vapor. Fuimos trasladando gradualmente los pasajeros a la balsa y desde ésta a los botes. Los que se encontraban más desvalidos y mutilados fueron los primeros en ser trasladados; y los que podían valerse de algún modo quedaron para lo último. Después de los pasajeros, trasladóse la tripulación y en seguida los oficiales. El segundo ingeniero marchó el primero, y yo el último. Precisamente en el momento de abandonar el barco, vi un borreguito solitario, último de treinta que habían caído al mar. El pobre animalito balaba tan lastimeramente que me hizo volver y le abrí la cabeza con el hacha, aliviándole de los padecimientos que las heridas le causaban.

Entre veinte y treinta podían contarse los cadáveres que dejamos en el Roraima; unos sobre cubierta, otros en las bodegas o en sus camarotes, donde murieron asfixiados en la primera explosión del mortífero gas. Allí quedaba mi pobre criado, al que no volví a ver desde la primera explosión. Era un joven agradable, cuya constante aspiración fue tener un barco de su propiedad, en el que prometía llevarme de contramaestre. Tan espantosa era la vista de algunos de aquellos cadáveres que no pudimos soportarla. Yo mismo me admiro aún de cómo los supervivientes pudimos pasar por tanta catástrofe sin perder el juicio.

Cuando dejamos el barco, ardía desde la roda o branque hasta la mampara. Cuando volvimos la vista atrás por última vez, divisamos una cosa extraña: una silla ordinaria de mimbres, semejante a las que se ven sobre las cubiertas de los transatlánticos, colgaba en el espacio pendiente de la popa; la habían atado al asta de la bandera por el respaldo, de manera que se mantuviese segura fuera del alcance de las llamas. Algún pobre pasajero la había aparejado allí y se sentó en ella para salvarse de las llamas, temeroso de saltar por el fuero empuje de las corrientes volcánicas de abajo. Pudimos verlo allí sentado en su silla mucho antes de abandonar el buque, a la espalda de la sólida pared de fuego que nos separaba de él. Este infeliz debió sufrir terriblemente antes de dejarse caer de su percha y sumergirse. No pudimos ver esto, por el fuego que se había apoderado de la parte anterior del salón; pero muy cerca tenía un camarote de paseo donde había multitud de cinturones salvavidas, pudiendo aquel desgraciado haber tomado uno y ponérselo; lo más extraño de todo es que después de toda la intensidad del fuego, aún colgase allí la silla, vacía y en buen estado. En la mañana siguiente, el día 9, cuando el buque Corona entró en el puerto de San Pedro, el capitán dijo que la silla seguía colgando sin presentar el menor desperfecto.

Una vez recogidos todos nosotros a bordo del buque de guerra, el cirujano y sus practicantes emprendieron la cura de los individuos más graves, vendaron sus heridas y trabajaron cuanto pudieron para aliviar sus padecimientos. Asimismo, hicieron cuanto les fue posible para proporcionar alivio a los que, sin estar graves, tenían heridas de cuidado. Entretanto, la lancha del barco se acercaba cuanto podía a la ciudad, siguiendo la costa que parecía un horno terrible, y casi dentro del agua recogiendo bastantes personas, entre ellas a nuestro tercer oficial, Thompson, que nadando había llegado hasta allí. También recogió tres más de los nuestros: un pasajero y dos de la tripulación.

El Suger navegó después lentamente hacia Fort-de-France, mientras sus botes registraban las costa y recogían a cuantos encontraban con vida. Restos de naufragios y huellas de la catástrofe se encontraban por todas partes sobre las aguas, y de vez en cuando veían un tablón con un brazo o una pierna enroscada en él, mientras que el resto del cuerpo iba oculto bajo la superficie; o ya se encontraban con algún cadáver encorvado sobre una berlinga, mientras la cabeza y piernas se hallaban sumergidos en el agua.

A las nueve de la noche nuestro buque salvador tocaba el muelle de Fort-de-France, donde en unas cuantas camillas fueron recogidos los heridos y conducidos a los hospitales.

Dije antes que la última vez que vi al capitán Muggah fue sobre el puente, en los primeros horribles instantes de la espantosa obscuridad. Después ni volví a saber de él. Parece que, precisamente después de dejarle yo para ir a trabajar en los botes, Dan, el tonelero del Roraima, lo vio deslizarse y caer al agua. El buque tenía una falsa banda, y la cubierta estaba llena de lodo resbaladizo; lo que hace creer que su caída fuera accidental. Sin embargo, nadie puede asegurar si se tiró o no por propio impulso.

Dan dio que vio al capitán irse y que, entonces, cogió él una de las escotillas y saltó tras él a la arremolinada corriente poniéndole la escotilla bajo el brazo para ayudarle a sostenerse en el agua. Después se dirigió a la orilla empujando su carga delante de él; pero hubo en aquel instante tan tremenda alteración en la corriente que no pudo conservar su dirección y gradualmente se fue inclinando a un lado para evitar el encuentro con un casto de otro buque que ardía y el cual se encontraba a pocos cables del Roraima.

Algunos de los tripulantes a quienes dominaba el delirio de escapar le hicieron señales para que se acercara a ellos, y entonces le arrojaron un salvavidas que Dan aprovechó para su balsa. Los tripulantes bajaron algunas camillas, y Dan colocó sobre una de ellas al capitán y a uno o dos desgraciados del otro buque a los cuales se les bajó desde la incendiada cubierta.

Siguieron a éstos dos o tres marineros más, y después, todos a la vez, impulsaron la balsa hacia la costa deteniéndose de vez en cuando para recoger alguna pobre víctima que encontraban flotando sobre las olas. Mientras remaban penosamente empleando algunos maderos como remos, divisaron un pequeño bote semejante a las canoas que emplean los indígenas de la Martinica.

Uno de los marineros, indígena, saltó al agua y nadó hacia el bote. Tan pronto como lo alcanzó y trepó a bordo, lo hizo volver hacia la balsa; pero antes de llegar a ella tropezó con otro indígena que iba agarrado a una berlinga. Hizo subir a su compatriota a bordo del bote; y una vez los dos en él, comenzaron a remar alejándose, sin cuidarse de la balsa, en dirección a Fort-de-France.

Esto era cosa demasiado fuerte para los que tripulaban la balsa, que cada vez perdían más ánimos. Dan, el tonelero, hizo lo posible por hacerles retroceder hasta el buque; pero ellos se negaron en absoluto y continuaron hacia la costa. Llegaron, por último, a tierra, pero en aquel momento moría el capitán Muggah.

Durante las horas que permaneció en la balsa, Muggah conservó más o menos el conocimiento y, a pesar de sus padecimientos horribles, no dejó de pedir a Dan que, en lugar de dirigirse a tierra remara en dirección al barco. Pero Dan no pudo convencer a la gente que iba en la balsa. No bien desembarcados, el pobre Dan se dirigió al buque nadando con el auxilio de un madero, y así pudo darme la noticia de la muerte del capitán y del oficial Thompson después que lograron llegar vivos a tierra.

El total de supervivientes del Roraima, cuatro de ellos mujeres, fueron recogidos como dije antes por el crucero Suger. No todos llegaron vivos a puerto. Algunos murieron en el camino, otros fallecieron antes del día siguiente. En la mañana del día 9, cuando quise visitar los hospitales, sólo conseguí entrar en uno. En él encontré al segundo ingeniero, al cuarto ingeniero, al contramaestre, al carpintero y a dos marineros. En el hospital se hizo por estos infelices todo lo posible, pero el doctor me dijo que las quemaduras eran todas venenosas y que allí donde se había hacho alguna llaga profunda, no era posible conseguir alivio.

Pocos días después llegaba a Fort-en-France el buque Corona, de nuestra Compañía. En él embarcamos los que estábamos en disposición de hacerlo, y el día 20 de mayo desembarqué en Nueva York después de tanto padecer con motivo de la catástrofe de St. Pierra.

ELLERY S. SCOTT.

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1 Testimonio publicado en el número de octubre de 1902 de la revista Por esos mundos.

El cielo como soporte publicitario
Pirámide de la vida y la muerte (1912)