Huesos viejos

Este artículo nace gracias al ingenio de una periodista singular e incansable, Esther Celma, a quien, como no podía ser de otro modo, va dedicado. A veces, en una conversación, se empieza discutiendo un asunto para terminar en algo completamente diferente. Tal cosa es lo que sucedió ayer por la noche. Esther me comentaba ciertos aspectos del mundo periodístico cuando, de repente, surgió algo que llevaba oculto en su mente desde hacía mucho tiempo.

…hace años hice un trabajo sobre la publicidad de una empresa más que centenaria (…) y consulté mucha hemeroteca. ¡Me sorprendió la cantidad de anuncios por palabras pidiendo huesos! Pero ya no seguí ese hilo. (…) Pedían así, trapos y huesos. Los trapos tengo claro que eran para papel, pero…¿los huesos?

Y ahí quedó el misterio, ¿a qué venía la insistente presencia de publicidad solicitando «trapos viejos y huesos» que tanto proliferó en la prensa desde finales del siglo XIX hasta bien entrada la siguiente centuria? La respuesta pude encontrarla al poco de bucear entre viejas publicaciones1. En realidad, no habría más que pensar en la composición de los huesos. De hecho, la porción inorgánica de la matriz ósea está formada en su mayoría por fosfato cálcico, en forma de cristales de hidroxiapatita. He ahí la palabra mágica: fósforo. Quien lea esto a buen seguro que ya habrá asociado el fósforo con las cerillas, así que, ¡ya está! Huesos viejos para hacer cerillas. La abundancia de anuncios solicitando «trapos viejos y huesos» llegó a ser tal que, sin mucho esfuerzo, pueden encontrarse diversas muestra al revisar periódicos y revistas de la época. Es más, el asunto llegó a dar forma incluso a chistes, como éste, publicado el 1 de febrero de 1920 en la portada de la barcelonesa revista Amigo:

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Salgamos finalmente de dudas, dando la palabra a La Ilustración Española y Americana, en su edición del 15 de septiembre de 1899, donde apareció un artículo de esclarecedor título: ¿Cómo se hacen las cerillas?

Una industria pequeña si se atiende a la magnitud del producto elaborado, que los adelantos de la mecánica han hecho grande, es la fabricación de cerillas fosfóricas. Seguramente habrá muy pocos que se hayan parado a reflexionar, al tener entre sus manos una caja de cerillas, que ese objeto tan insignificante necesite pasar por tantos aparatos como los que hay en una fábrica, que intervengan tantos agentes en su producción y que ocupe tal número de obreros para llegar a poder ser puesta a la venta. Y es verdaderamente curioso e interesante ver las distintas fases por que pasa la materia primera hasta quedar convertida en blancos y menudos cilindros de redondeada cabeza morena perfectamente colocados dentro de las cajas. (…) Fósforo es una palabra compuesta de dos, que significan «luz» y «el que lleva». Y por su propiedad de emitir luz en la oscuridad se llamó fósforo a un cuerpo metaloide, combustible, de color blanco-amarillento que Brand descubrió hace doscientos treinta años. Gahd observó cerca de un siglo después que el fósforo existía en los huesos. Y luego Schleele, Fourecoy y Vauquelin dieron a conocer el único procedimiento que existe para extraerlo. El fósforo se encuentra también en la naturaleza formando sales, entre ellas el fosfato cálcico. (…) El fósforo ordinario que se emplea en la fabricación de cerillas se extrae de huesos, calcinando éstos para destruir toda la materia orgánica y aislar la parte mineral, casi exclusivamente compuesta de fosfato y carbonato cálcicos, que pulverizados y tratados en vasijas de mucha superficie y poco fondo con ácido sulfúrico diluido en agua, hasta que se forma una papilla clara, se abandonan por espacio de veinticuatro horas, se practican después otras operaciones que harían prolija la relación, y al cabo de ellas se obtiene lo que se llama fósforo vivo en prismas rectangulares. Para evitar el contacto con el aire, el fósforo viene de los puntos productores (…) en latas cilíndricas llenas de agua, soldadas herméticamente y encerradas en cajas de madera. Una vez el fósforo en la fábrica, es trasladado a un pozo lleno de agua, que se renueva con frecuencia, con objeto de mantener constantemente el líquido a una temperatura bastante baja. El precio del fósforo suele ser el de cinco pesetas por kilogramo. Para formar la pasta con que se embadurna un extremo de las cerillas, se mezcla con el fósforo una cantidad proporcionada de minio rojo quemado con ácido nítrico, otra porción de dextrina y de goma Senegal, añadiendo una pequeña parte de clorato de potasa para la cerilla inglesa. Una vez bien movido en el agitador el fósforo líquido, que aseméjase a la leche, se junta con el minio y las otras dos substancias. La mezcla adquiere el color y la densidad del chocolate; pasa a la batidora, donde se mezclan bien los ingredientes y luego a los peroles para embadurnar los cuadros o moldes de hierro donde han de sumergirse los extremos de las cerillas. En tal estado el fósforo es ininflamable.

Mientras en un lugar de la fábrica elabora el fósforo, en otros preparan la cerilla, los cajones, las cajas, los paquetes y los embalajes de madera. Para hacer la cerilla colocan grandes ovillos de algodón que van desdevanándose; las hebras pasan por los agujeritos dispuestos en los dos bordes de la artesa de la «paila», artesa de doble fondo de paredes cóncavas, el superior lleno de estearina, y en el cual se sumergen las hebras varias veces hasta quedar bien impregnadas, y lleno de agua caliente el inferior para mantener líquida la estearina durante el trabajo. Bien empapadas de estearina las hebras, pasan por otra artesa llena de jaboncillo en polvo, donde se secan, yendo luego a arrollarse a los bombos o carretes. De éstos pasan a la máquina cortadora que, por medio de ingenioso y rápido movimiento, corta la cerilla al tamaño usual, llena en poquísimo espacio de tiempo los cuadros (…) y deja éstas en disposición de ser «encabezadas» mediante la inmersión en la pasta preparada en los peroles…

Desconozco si los codiciados «huesos viejos» pudieran haber tenido otra utilidad, (por ejemplo, se empleaban huesos desde hacía mucho tiempo para la fabricación de gelatinas) pero por lo que se puede ver, la fabricación de cerillas partiendo de huesos era una actividad, casi artesanal, de lo más sorprendente. Naturalmente, los tiempos cambian, y hoy las cerillas nacen de un proceso mecanizado, alimentado por la industria química. Las actuales cerillas, o «fósforos de seguridad» ya no emplean fósforo blanco en las cabezas, sino fósforo rojo en la lámina de fricción de las cajas. En el siguiente vídeo se puede contemplar un ejemplo actual sobre fabricación de cerillas.

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1 Nótese que los anuncios solicitaban «trapos viejos y huesos», pero yo me tomo la licencia de titular a este artículo «huesos viejos», no porque se pidieran así, sino por lo añejo del asunto. 😉