Michael Ventris

Obsolescencia | 29 julio 2007


Michael VentrisEl 6 de septiembre de 1956, falleció un hombre víctima de una accidente de tráfico. Era una persona más, normal y corriente, a quien la fortuna había abandonado de repente a merced de un trágico error, como le sucede a tantos otros que mueren en la carretera. Solo tenía 34 años y, a primera vista, no era más que otro número en la estadística, un padre de familia británico llamado Michael. Su profesión, arquitecto, su pasión, las lenguas, sobre todo el latín y el griego. Años antes, durante la Segunda Guerra Mundial, había sido navegante en bombarderos de la RAF y, una vez superada la dura prueba del conflicto, había regresado a su tierra para finalizar sus estudios, trabajar y casarse. Hasta aquí todo normal, una vida sencilla destrozada por aquel accidente.

Pero Michael era de todo menos normal, era apasionado y, diríase, que obsesivo. Tenía en su mente un objetivo que cumplir, una meta que, a decir de muchos, era casi imposible de ser lograda y, mucho menos, por alquien ajeno a la lingüística. Cuando era un jovencito, Michael había asistido a una conferencia del ínclito Sir Arthur Evans. El tema tratado eran las escrituras cretenses, conocidas como Lineal A y Lineal B, enigmáticas, oscuras, nadie había logrado descifrar su significado, eran todo un misterio. Como si de un nuevo Champollion se tratara, Michael dedicó prácticamente todo su tiempo libre durante los años siguientes a lograr descifrar aquello que se decía imposible de ser recuperado de las oscuridades del pasado remoto. Profundizó en el estudio de las lenguas clásicas, gastó bastante dinero en ello, pasó noches sin dormir siguiendo callejones sin salida, publicó ideas que fueron contestadas por los expertos. En efecto, su primera hipótesis, a saber, que la lengua olvidaba que era motivo de su obsesión estaba emparentada con el etrusco no iba por buen camino.

Sin embargo, con el paso de los años, comprendió lo que tenía delante. Tras tanto esfuerzo llegó a darse cuenta que la Lineal B era, en realidad, griego arcaico, una lengua antiquísima predecesora del griego. Su hallazgo causó sensación y, junto con el especialista en lenguas clásicas John Chadwick, logró leer aquel lenguaje que hacía milenios había quedado olvidado. Lamentablemente, el genio de Michael se apagó escasos años después, en aquel accidente de tráfico. Su trabajo, a pesar del lamentable final perduró y, hoy, la figura de Michael Ventris brilla con luz propia en la historia de los desciframientos de lenguas olvidadas.