Rafael Guastavino, un valenciano en lo más alto de Nueva York

Versión reducida del artículo que publiqué en la revista Historia de Iberia Vieja, edición de octubre de 2012.

En 1881 (…) Rafael Guastavino había arribado a Manhattan procedente de Barcelona, dispuesto a implantar en los Estados Unidos una práctica constructiva que hundía sus raíces en la tradición vernácula mediterránea. Décadas más tarde, el sistema por él desarrollado —el Guastavino System— había logrado levantar más de mil importantes construcciones abovedadas en Norteamérica, varios centenares de ellas en Nueva York, y había caracterizado buena parte de los más significativos edificios de los Estados Unidos, desde las catedrales de revival medievalista hasta los grandes vestíbulos de los rascacielos.

Fragmento de la ponencia “Acerca de las bóvedas de Guastavino y su viaje de vuelta a España”, de Javier García-Gutiérrez Mosteiro, publicada en las Actas del Congreso Internacional sobre la arquitectura norteamericana celebrado en Pamplona en marzo de 2006.

La situación era mala, por no decir crítica. Nos situamos en el año 1881, mirando al Mediterráneo desde la ciudad de Marsella. Hace unos días que la mujer de Rafael Guastavino y tres de sus hijos han partido hacia Argentina buscando fortuna. Ahora le toca a él y a su hijo pequeño de nueve años de edad emprender el mismo viaje hacia el Atlántico, pero con un destino diferente: los Estados Unidos de América. Contaba por entonces Guastavino con 39 años y apenas el equivalente a 40 dólares en el bolsillo. Puede que su mujer tuviera mejor suerte en el lejano sur, o bien la fortuna le podría sonreír, nada era seguro aunque el panorama no parecía nada esperanzador. Además, Rafael no tenía ni idea de hablar inglés, ¿cómo se las iba a apañar en el lugar al que se dirigía? Pero no, aquello era un movimiento calculado, Guastavino sabía que podía ofrecer algo que en los Estados Unidos no tenían y, claro está, se lanzó a la aventura para conquistar los cielos de las ciudades norteamericanas. Con una clara visión en su mente, este genial arquitecto español logró que las frágiles construcciones de madera y hierro que se levantaban en la América de entonces, tan sensibles a la acción del fuego, pasaran a convertirse en esplendorosos y sólidos edificios gracias a técnicas constructivas que hunden sus raíces, sobre todo, en la arquitectura tradicional catalana. En solo una generación, su empresa familiar americana pasó a convertirse en un imperio de la construcción.

Espíritu mediterráneo

El primer día de marzo del año 1842 vino al mundo en Valencia nuestro protagonista, Rafael Guastavino Moreno. Contaba el cuarto hijo de los catorce que tuvieron sus padres. La familia Guastavino procedía de Italia, desde donde había viajado el abuelo de Rafael a Barcelona, lugar desde el que llegó su padre a Valencia, para trabajar como ebanista.

De chaval el inquieto Rafael soñaba con ser músico, pero pronto descubrió la pasión que consumiría su tiempo el resto de sus días, la arquitectura. En 1861 se matriculó en la Escuela Especial de Maestros de Obras de Barcelona, mientras trabajaba también en diversos oficios. Al poco comenzó a trabajar por su cuenta y, también por entonces, se casó con Pilar Expósito. Más tarde estudió historia de las Bellas Artes. La Barcelona de aquella época estaba rebosante de proyectos constructivos y fue allí donde Guastavino encontró el ambiente adecuado para comenzar una frenética actividad en el mundo de la arquitectura. No paraba ni un momento, ya fuera como arquitecto, como contratista o bien presentándose a todos los concursos de obra que podía encontrar, fueron unos años en los que dio forma tanto a monumentos como a edificios de viviendas o a fábricas, como la de los hermanos Batlló en les Corts de Sarriá. Toda esta actividad le confirmó como un valor en alza de la arquitectura catalana, tanto es así que incluso su obra estaba presente en exposiciones internacionales, como la de Viena de 1873 o la de Filadelfia de 1876.

Fue durante el desarrollo de todas estas obras cuando Guastavino empezó a idear sus particulares métodos de diseño constructivo. Su genial intuición le hizo ver que, más allá de cualquier otro material más frágil, la unión del cemento y el ladrillo podía dar forma a estructuras muy resistentes capaces de salvar grandes espacios. Así nació su genial estilo de construcción de bóvedas y otras estructuras tabicadas, muy superiores a la madera o al hierro a la hora de soportar el fuego y más baratas de construir, capaces de aguantar más esfuerzos y de adaptarse a formas esbeltas. Lo más curioso es que esa técnica era conocida desde antiguo pero había quedado prácticamente olvidada en su tiempo, por lo que la recuperación de la misma por parte de Guastavino fue algo providencial para él. Naturalmente, otros andaban ya pensando en lo mismo, pero fue el genial Rafael quien supo convertir ideas en hechos de una forma rápida y eficaz. Sus técnicas de construcción tabicada, eso que él llamaba construcción cohesiva, o su idea de la construcción tubular, hundían sus raíces en la arquitectura antigua para mirar hacia el futuro.

Ah pero, las cosas no eran todo lo brillantes que puede pensarse. El cemento fabricado en España dejaba mucho que desear por aquella época y, además, la tecnología y los apoyos necesarios para poder llevar a cabo sus proyectos en todo su esplendor no eran los más adecuados, por no contar con la burocracia y demás pesadillas que le atormentaban. Por ello, la medalla que le habían otorgado como premio a sus proyectos en la Exposición de Filadelfia le hacía soñar con un lugar en el que poder desarrollar todo su potencial.

El gran salto hacia Nueva York

Llegamos así de nuevo a ese año culminante de 1881 con el que comencé este pequeño repaso a la vida de Rafael Guastavino. El 26 de febrero partió desde Marsella hacia Nueva York. Su mujer marchó hacia Argentina. La separación parece que tuvo diversos motivos, por una parte la familia soportaba varios problemas económicos, a fin de cuentas Rafael pasaba demasiado tiempo en las nubes soñando con proyectos que nunca podría realizar en España y las facturas se iban acumulando. Por otra parte, el matrimonio no marchaba nada bien, por lo que la búsqueda de fortuna en América parecía una salida muy adecuada para aquella crítica situación.

Rafael llegó a la ciudad de los rascacielos apenas sin dinero, con un niño y su ama de llaves, que a su vez se llevó a sus dos hijos. Lo que descubrió nada más llegar le asombró. Era toda una inmensa ciudad en la que todo, absolutamente todo, estaba en obras. Pero todo allí se construía con madera, y si acaso alguna estructura con hierro, nada más. Los incendios eran un problema muy grave, hacía no mucho tiempo que la ciudad de Chicago había desaparecido bajo las llamas. El hierro parecía la salvación, pero también se mostró muy vulnerable al fuego. ¡Ahí estaba el paraíso para Guastavino! Se estaban construyendo iglesias y grandes edificios en Norteamérica intentando emular los viejos tiempos del gótico europeo, pero las inmensas cúpulas pensadas por entonces eran de madera o de cartón piedra o yeso. Fue el momento en el que Rafael presentó su idea de la construcción cohesiva, que se basaba en la construcción romana, esto es, una unión del arte y de lo práctico con materiales resistentes. He ahí su apuesta por el ladrillo y el cemento como elementos principales de las construcciones que soñaba levantar. Su apuesta combinaba lo mejor de los dos mundos, por un lado estructuras de hierro con coberturas de ladrillo formando un todo realmente resistente, fue lo que se conoció como Guastavino System.

El sistema cohesivo era más barato, más resistente y ligero que cualquier otra técnica constructiva que se empleara en los Estados Unidos en su época, pero claro, Guastavino era español, no sabía hablar inglés y no tenía dinero. ¿Cómo triunfar entonces? Las cartas de recomendación que llevaba le abrieron algunas puertas, trabajó en una conocida revista de construcción y decoración como dibujante y ganó finalmente varios concursos de construcción. ¿Qué hizo con aquel dinero? ¡Lo quemó! Sí, literalmente, porque mucho de lo que pudo ahorrar lo dedicó a construir dos pequeñas casas levantadas con sus técnicas de tabicado para que fueran pasto del fuego y demostrar así a los escépticos americanos que su método era todo lo bueno que afirmaba. Incluso llegó a fotografiar sus experimentos con el fuego. El resultado no se hizo esperar, empezaron a llover los encargos, logró diversas patentes y su fama como arquitecto milagroso se extendió por toda la costa este de los Estados Unidos. No tardó en formar su propia compañía, en la que trabajaron otros famosos arquitectos y, también, su hijo. No todo fue sencillo, hubo de soportar diversos problemas financieros, pero poco a poco la empresa fue creciendo, siendo cada vez más importante la participación en ella del hijo de Rafael, quien finalmente se retiró a vivir con la mujer mejicana que había conocido tiempo antes y con la que se casó hacia el final de su vida.

Rafael Guastavino falleció en 1908, casi treinta años desde que llegara a Nueva York. En ese tiempo dio forma a imponentes bóvedas y edificios de todo tipo, sobresaliendo la biblioteca pública de Boston, la estación Grand Central de Nueva York o, en la misma ciudad, el Carnegie Hall, la iglesia de St. Bartholomew, el Ayuntamiento, el Museo de Historia Natural o el Hospital Mount Sinai. También fue suya la decoración del metro neoyorquino y, en Washington, contribuyó a la construcción del edificio de la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Hotel Atracción, el sueño de Gaudí en la Gran Manzana

Fringe es una serie de televisión muy conocida en los últimos tiempos. Las historias que ahí se narran mencionan cierto universo paralelo en el que, como dato curioso, a veces se ven grandes obras arquitectónicas que fueron imaginadas en nuestro mundo pero que nunca llegaron a levantarse. Una de esas obras que aparecen esplendorosas en la pequeña pantalla fue el Hotel Atracción de Gaudí.

La historia de este edificio es realmente extraña. Precisamente el mismo año en que fallecía Rafael Guastavino, recibió el gran Gaudí un singular encargo por parte de dos ignotos empresarios de los Estados Unidos que estaban de paso por Barcelona. Nunca se supo quienes fueron, pero lo que sí se sabe es que Gaudí trabajó seriamente en la propuesta. Su edificio, el Hotel Atracción, hubiera sido el edificio más alto del mundo en su tiempo. Se construiría en Manhattan, con 360 metros de altura, formas redondeadas, inmensos espacios interiores para galerías de arte, teatros y auditorios, salones con techos de casi quince metros de alto y un inmenso mirador en lo alto de unos 125 metros de alto. El resto sería un lujoso hotel, todo un símbolo para la ciudad de Nueva York. De haberse llegado a construir, se hubiera convertido en uno de los edificios más célebres de todo el planeta. Por desgracia, la idea no pasó de los bocetos iniciales.