Ponga un Telebox en su vida

La fiebre del progreso y, más concretamente, la creencia en un futuro próximo plagado de robots asistentes por doquier, vivió su edad de oro en la primera mitad del siglo XX. Surgieron entonces infinidad de precursores, la mayor parte de cartón piedra sin gracia alguna, que desearon convertirse en los antepasados de los auténticos robots domésticos del siglo XXI. Ha llegado el tiempo imaginado, pero no tenemos en nuestras casas androides serviles ni almas de metal antropomorfas de ningún tipo, lo cual, en el fondo, es un alivio. No me imagino entrando en la cocina para ver allí a un «humano» con tripas de silicio cortando cebollas en rodajas con un afilado cuchillo. Mejor me quedo con el robot de cocina con forma de yogurtera de toda la vida. Los hombres de metal que proliferaron en los años veinte y treinta del siglo pasado nos parecen hoy ejemplos de un espíritu ingenuo e inocente, contemplando el progreso técnico como solución a todos los problemas humanos.

Sin duda, el robot doméstico más famoso de la época fue Elektro, ideado por la Westinghouse y exhibido en 1939 en la Expo de Nueva York. Hizo apariciones en cine y en revistas, con sus toscos movimientos y sonidos guturales, fue propuesto como auténtico precursor de una nueva era. Podía incluso fumar, o al menos mantenía un pitillo encendido entre sus inertes labios metálicos en pose moderna, como las estrellas de cine.

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Elektro tenía un amigo, también metálico, una mascota ideal para un robot. Se trataba del entrañable roboperro que atendía al nombre de Sparko, con células fotoeléctricas en los ojos para seguir los movimientos de su amo.

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Pero, si famosos fueron los anteriores, entre toda la fauna pseudorobótica de los años veinte y treinta, personalmente siempre me ha gustado más el Señor Telebox, también conocido como Herbert, ideado por H. J. Wensley. Es entrañable porque podemos considerarlo como el abuelo de Elektro y todos sus imitadores, ya que nació en 1927. No era más que un montón de cartón piedra con formas cercanas a lo humanoide que embutían una unidad Televox Westinghouse de control industrial con varios tubos de vacío y poco más, pero hizo las delicias de medio mundo con sus apariciones en revistas ilustradas de todo el planeta.

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Sin duda, decían, a principios del siglo XXI los herederos del Señor Telebox nos librarán de pesadas y monótonas tareas. En el fondo, tenían razón, pero nuestros flamantes robots no son humanoides, sino complicadísimos autómatas industriales…

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