Hoy cumplo 33 años, con lo que, además de no gustarme nada este tipo de celebraciones, uno mira al pasado para ver si camina hacia delante o marcha como el cangrejo. En mi caso, me parece que no he evolucionado nada en más de una década, vamos que sigo haciendo las mismas imbecilidades una y otra vez, además de ver cada vez más las cosas desde el lado más oscuro posible. En momentos así es cuando no me vendría mal contar con un poco de la sorprendente dosis de ingenuidad que animaba al protagonista de este post. Primero, veamos qué es ser ingenuo según la RAE en su primera acepción:
(Del lat. ingenŭus).
1. adj. Candoroso, sin doblez.
Como tantas otras veces, el diccionario nos lleva a otra papabra. Bien, alguien candoroso es el que piensa de forma sencilla, es sincero y tiene gran pureza de ánimo. No creo equivocarme si digo que Richard Buckminster Fuller fue un hombre sumamente ingenuo, ¡falta hacen muchos así! Repasando su vida, podrá comprenderse el por qué de esta afirmación. Nacido a finales del siglo XIX, Fuller fue un hombre polifacético al estilo renacentista, pues es conocido por sus trabajos en ingeniería, sus escritos, diseños, inventos y labor docente. Aunque falleció en 1983, muchas de sus ideas y diseños son ahora redescubiertos y aplicados, demostrándose así que, en ciertos aspectos, se adelantó al futuro. El propio Fuller afirmaba no ser más que una persona sencilla, solo que con un deseo especial por mejorar el mundo, como ser humano, más allá de lo que pudieran hacer los gobiernos o las empresas sin preocuparse nunca por la insignificancia de ser alguien solitario en un mundo de grandes organizaciones. Decían que era un utópico soñador que no podía tener los pies en la tierra ni un momento, pero esta crítica, lejos de ser negativa, explica la grandeza de su obra.
Cuando era niño, Fuller tenía la costumbre de recoger materiales por todas partes, en la esquina de Maine en la que vivía, rodeado por el Atlántico. Con todas la cosas que encontraba y almacenaba, ideaba inventos que intentaba llevar a la práctica. Precisamente esta querencia por los cacharros y lo manual le acompañó toda su vida y fue la cualidad de la que nacieron sus más innovadoras ideas. En Harvard fue expulsado, decían que era poco menos que un pelmazo que no podía centrarse en nada provechoso aunque, con el tiempo, llegó a ser doctor en ciencias. De acá para allá, trabajó como mecánico en varias fábricas, fue operador de radio en la Marina, se casó y, de paso, diseñó un sistema de construcción de viviendas resistentes que no obtuvo éxito alguno. Así, diletante y sin empleo, prácticamente sin una moneda en el bolsillo, el bueno de Fuller, con 32 años, se plantó y dijo basta, decidiendo poner fin a todo de forma radical. Su hija menor había muerto hacía poco y, la verdad, más negro no podía ser el futuro, así que el suicidio parecía la salida más sencilla y rápida. Sin embargo, antes de saltar de un edificio, o tirarse al tren, pegarse un tiro o cualquier otra barbaridad, decidió «experimentar» un poco. Se pregunto algo sencillo: ¿puede un hombre sin recursos hacer algo bueno por la humanidad? Puede que fuera al recordar a su pequeña, que posiblemente murió a causa de las pobres condiciones de vida de la familia, lo que por remordimientos hiciera que Fuller deseara hacer algo para «redimirse» pero, a fin de cuentas, cualquiera que en su situación se hubiera preguntado lo mismo, por mucho entusiamo que pusiera, seguramente hubiera desistido al poco rato. En un mundo regido por tiranos invisibles, dinero y codicia, grandes corporaciones y, cómo no, el Estado, ¿qué narices podía hacer un patético hombrecillo sin dinero?
Con ingenuidad infinita, Fuller comenzó a trabajar en su plan maestro. Primero, logró un puesto de profesor en una universidad de Carolina del Norte, luego, decidió desarrollar todas las ideas que tenía desde pequeño, junto con un grupo de amigos. Nació así, en 1949, la primera cúpula geodésica del mundo, un diseño con el que logró fama mundial, estructura asombrosa capaz de soportar cargas sorprendentes. Dadas las enormes ventajas arquitectónicas de las cúpulas geodésicas, Fuller logró contratos por todo el planeta y, hoy, prácticamente todo el mundo tiene cerca, o ha visto, alguna de ellas. Con este éxito, el ingenuo no frenó, no se dedico a disfrutar simplemente del éxito y el dinero, continuó con su plan para cambiar el mundo. Así, escribió sobre todas las ideas que tenía, no para ponerlas en práctica inmediatamente, sino para que quedaran registradas, diríase que «dormidas», esperando el tiempo en el que fueran encontradas útiles. Dedicó años al desarrollo de nuevos métodos arquitectónicos, de transporte o energía. Logró cargos, doctorados honoríficos, obtuvo patentes y medallas pero, en el fondo, su forma de ver el mundo levantaba muchos recelos, su idealismo humanitario no sentaba muy bien en su tiempo.

Y hubo que esperar al siglo XXI. Ahora se habla de Fuller por todas partes, es considerado un presursor de la ecología, las energías renovables y el desarrollo sostenible. Sus libros son redescubiertos y los términos que acuñó, como efemeralización, están en boca de los nuevos gurús «verdes». Concebía a la Tierra como si fuera una nave espacial con recursos limitados y a la humanidad como sus tripulantes pero, lejos de cualquier catastrofismo, afirmó tener una visión positiva acerca del futuro porque, a fin de cuentas, si un solo hombre sin recursos había desarrollado tanto como él, los humanos en conjunto podían afrontar cualquier reto. Los torrentes de ideas de Fuller son estudiados actualmente porque, aunque muchas no fueron puestas en práctica en su época, prometen ofrecer buenos resultados aplicando tecnologías presentes. He ahí, por ejemplo, sus diseños Dymaxion, en los que trataba de emplear las mejores capacidades de cada material o diseño, ideando coches Dymaxion, mapas Dymaxion, casas Dymaxion, aeronaves…
En definitiva, con Fuller estamos ante un ingenuo completo, en el sentido elevado de la palabra, una persona que confiaba en la humanidad, que veía el lado positivo de las cosas que, en definitiva, sabía que un solo hombre podía cambiar la historia para mejor. No es que su vida fuera sencilla, porque vivió rodeado de graves problemas, pero supo encontrar el camino hacia adelante, sin pensar en ser cangrejo.
