¿Es más largo el Amazonas que el Nilo?



Hoy toca mirarse un poco al espejo. En la edición de hoy de La Razón, aparece un artículo de Ernesto Villar en el que es citado el presente blog… 😉

¿Es más largo el Amazonas que el Nilo?

La polémica sobre cuál es el río más largo del mundo no es la única controversia sin resolver.

Menuda paradoja. Google Earth es capaz de retratar a una holandesa tomando el sol en su terraza como Dios la trajo al mundo y no puede aclararnos, por ejemplo, cuál es el río más largo del planeta. O, determinar, por fin, las fronteras entre los países. O hacer un retrato fidedigno de las montañas. No puede, en una palabra, dibujar de una vez por todas el mapa exacto del mundo. En la era dorada de la cartografía, y bajo el reinado de los supersatélites, hay todavía muchas zonas de la Tierra que siguen a oscuras. Veintisiete siglos después de que el filósofo griego Anaximandro elaborara el que está considerado primer mapa del mundo -con el mar Egeo en el centro, como debe ser- el dibujo de la Tierra sigue estando inacabado.

Cambio continuo

Por diversos motivos, el planeta está en continuo cambio, con lo que cualquier enciclopedia quedará anticuada en el momento mismo de poner un pie en la calle. Es el caso, por ejemplo, de todas aquellas que sigan pontificando que el Nilo es el río más largo. Los científicos creen que ha llegado ya el momento de conceder semejante honor al Amazonas, el grifo del que sale una quinta parte del agua dulce de la Tierra. El debate lo abrió en el año 2000 una misión de «National Geographic», que fijó el verdadero nacimiento del río en el Nevado del Mismi, en Perú, 120 kilómetros más alejado de la desembocadura de lo que se pensaba hasta entonces. Y lo han ratificado después otras expediciones, entre ellas una apadrinada por la Real Sociedad Geográfica. Su director, José Ricardo Fernández, es uno de los pocos privilegiados en el mundo que ha bebido un trago en la fuente del río más poderoso de la Tierra, apenas una pequeña caída de agua helada situada a 5.080 metros de altura, en un páramo desértico atenazado por un frío desgarrador que nada tiene que ver con el espectáculo selvático en el que esta corriente de agua se convertirá 6.800 kilómetros después. La expedición, llevada a cabo el pasado verano y presentada ahora en sociedad, tiene como misión homenajear a un misionero burgalés, el padre Acuña, que en el año 1641 recorrió río arriba el Amazonas para regalar a Felipe IV el retrato más completo hecho hasta entonces del lugar. Homenaje a los exploradores legendarios fue también la expedición que el propio Fernández realizó a las auténticas fuentes del Nilo Azul, otro punto de controversia entre los expertos, situadas 120 kilómetros al sureste de donde muchos mapas sitúan el nacimiento del río. Su equipo llegó hasta una pequeña cascada en la localidad etíope de Sek’ela, justo donde otro misionero español, Pedro Páez, fijó el nacimiento del Nilo en 1618. Por desgracia, 150 años después un avispado escocés llamado James Bruce llegó a bombo y platillo al lugar, engatusó al mundo y logró que, durante muchos a años, haya sido considerado el descubridor de algo que no le pertenecía. El presidente de la Sociedad Geográfica Española, Jos Martín, entiende tantos años de controversia, no sólo en torno al Nilo y el Amazonas, sino en tantos otros casos: «En los grandes ríos no hay una fuentecita que se abre y se cierra para que salga el agua, por lo que es normal que haya varias interpretaciones». En España, por ejemplo, el Ebro y sus afluentes. La teoría clásica, la que hemos estudiado durante generaciones en los libros de texto, dice que nace en Fontibre (Cantabria), pero no todo el mundo ha estado siempre de acuerdo en ello. Célebre es también el Guadiana. Su manía de aparecer y desaparecer ha creado controversia entre los expertos, aunque últimamente parece que hay ya un consenso. La pugna entre el Amazonas y el Nilo la vivieron hace unos años los dos picos más altos de la Tierra. «El Everest le ganó la batalla al K-2, y de hecho los expertos descubrieron que tenía un metro más», recuerda el presidente de la Sociedad Geográfica, aunque sigue sin haber consenso sobre cuál es la cota más alta del mundo. Desde el nivel del mar es el Everest, pero si se contabiliza desde la falda de la montaña es el Kilimanjaro, una impresionante pared que arranca a los 600 metros de altitud y termina en los 6.000. Algunos de los ejemplos más claros de hasta qué punto ningún mapa es exacto están en la rebelde África. Por ejemplo, el delta del Okavango, en Botswana, que cambia de cara según se fotografíe en un momento u otro del año. En la época árida no existe, se lo come el desierto, mientras que la época lluviosa convierte el lugar en un incomparable vergel.

Arena y agua

«La zona es un puro desierto y, de repente, empieza a llover de tal forma que el agua lo inunda todo y lo convierte en un humedal que deja pequeño a Doñana y que atrae a una variada fauna, desde hipopótamos hasta elefantes. Después llega la sequía, todo este espectáculo va desapareciendo y sólo queda arena», explica Martín. ¿Cuál de los dos debe reflejarse en un mapa? ¿El de los hipopótamos chapoteando en el agua o el de la arena infinita? Y no sólo los ríos están en cuestión, sino también los bosques más tupidos, incluidos algunos de Norteamérica, sobre los que no hay todavía un mapa fidedigno; o los desiertos, en continuo crecimiento; o los casquetes polares, en imparable descenso. De hecho, con el calentamiento global el nivel del mar subirá. ¿Habrá que limar, una por una, la altitud de cada punto del globo?

El abismo desconocido

Con todo, el principal agujero en los mapas del mundo está a miles de kilómetros bajo el mar. «Hay ciertas zonas abisales en las que la presión es tan alta que sale más rentable enviar una sonda al espacio», explica Alejandro Polanco, un experto en todo tipo de mapas y autor del blog «La cartoteca». «Por eso tenemos mapas de Marte o de Venus más completos que de muchas zonas de nuestro planeta», asegura. No obstante, Polanco vaticina que el siglo XXI será el siglo de los fondos de los océanos, porque se están descubriendo allí muchos recursos en forma de minerales, y hasta de petróleo, que permanecen prácticamente vírgenes. La mayoría de ellos están en llanuras abisales situadas en aguas internacionales. Polanco no esconde su pesimismo: «Será una fuente de conflictos, seguro». Mientras tanto, los investigadores seguirán descubriendo nuevas especies de animales y vegetales, los ríos del mundo ganarán y perderán kilómetros y las fronteras cambiarán de lugar. Y a la hora de reflejar los cambios sobre el papel, todo será en vano. «En el fondo, todos los mapas mienten -concluye Polanco-. Reflejan lo que tenía en mente la persona que lo elaboró, el que lo encargó o el que lo pagó».