{"id":2199,"date":"2010-02-17T03:10:57","date_gmt":"2010-02-17T01:10:57","guid":{"rendered":"http:\/\/www.alpoma.net\/tecob\/?p=2199"},"modified":"2010-02-17T03:10:57","modified_gmt":"2010-02-17T01:10:57","slug":"ciudad-de-huesos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/alpoma.net\/tecob\/?p=2199","title":{"rendered":"Ciudad de huesos"},"content":{"rendered":"<p><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/farm5.static.flickr.com\/4047\/4363362635_3c02280088_o.jpg\" alt=\"img\" class=\"dch\"\/>Lo poco que sobrevivi\u00f3 fue conocido en su \u00e9poca como la <strong>Nueva Pompeya<\/strong> o, tambi\u00e9n, <strong>ciudad de huesos<\/strong>. No exageraban, ni mucho menos, pues la que anta\u00f1o fue capital de la isla francesa de la <strong>Martinica<\/strong>, St. Pierre, en el Caribe, hab\u00eda desaparecido pr\u00e1cticamente por completo. Durante los siglos XVIII y XIX el <strong>Monte Pel\u00e9e<\/strong>, o Monta\u00f1a Pelada, hab\u00eda resoplado levemente, asustando a los habitantes de la isla que, sin embargo, sent\u00edan una extra\u00f1a confianza que les hac\u00eda pensar que el monstruoso volc\u00e1n elevado a sus espaldas era manso. <\/p>\n<p>Entre el 2 y el 8 de mayo de 1902 el volc\u00e1n retom\u00f3 su a\u00f1eja actividad y <strong><a href=\"http:\/\/es.wikipedia.org\/wiki\/Erupci%C3%B3n_del_Monte_Pel%C3%A9e_de_1902\" class=\"enlaces\">arras\u00f3 la ciudad<\/a><\/strong>, dando tr\u00e1gico fin a la vida de unas <strong>30.000 personas<\/strong>. Hoy la Monta\u00f1a Pelada es mucho m\u00e1s peque\u00f1as que entonces, pues en la erupci\u00f3n de 1902 perdi\u00f3 parte de su esbelto porte, pero ya nadie es f\u00eda de ella, la lecci\u00f3n fue duramente aprendida. El primer d\u00eda de mayo de ese mismo a\u00f1o las gentes miraban a lo alto del gigante para disfrutar de las nubecillas que de \u00e9l nac\u00edan. En el puerto, mercantes de todo el mundo, sobre todo de los Estados Unidos, se encontraban anclados, realiz\u00e1ndose en ellos las t\u00edpicas actividades mercantiles. Tambi\u00e9n desde ellos se miraba a la monta\u00f1a, pero nadie sent\u00eda temor. Poco sospechaban que uno de los principales puertos del Caribe ser\u00eda en pocas horas una ruina irreconocible. <\/p>\n<p>\u00a1Y no ser\u00e1 por falta de avisos! Entre las fumarolas, los temblores de tierra y los extra\u00f1os ruidos, algo deb\u00edan ya intuir. A pesar de todo <strong>las autoridades de la isla decidieron que no hab\u00eda nada anormal<\/strong>, por lo que la vida continu\u00f3 como si no sucediera nada. El d\u00eda dos empez\u00f3 a llover una fina ceniza procedente del volc\u00e1n y, ya con esta se\u00f1al tan clara, algunas personas decidieron abandonar la isla en barco. Por desgracia la mayor\u00eda no se dio por enterada y, al d\u00eda siguiente, todos se sobresaltaron al contemplar horrorizados c\u00f3mo las aguas de los arroyos que nac\u00edan en el volc\u00e1n descend\u00edan sucias, malolientes y con macabros tropezones a modo de sopa del diablo, pues flotaban en ellas cad\u00e1veres de animales de todo tipo y alg\u00fan que otro desdichado lugare\u00f1o. <\/p>\n<p><strong>\u00bfAcaso hac\u00eda falta m\u00e1s se\u00f1al para ordenar la evacuaci\u00f3n?<\/strong> Nada se hizo y, como \u00faltima oportunidad desaprovechada, hacia el d\u00eda ocho todo tipo de insectos como hormigas, ara\u00f1as y, adem\u00e1s, un ej\u00e9rcito de serpientes venenosas, descendi\u00f3 de las alturas camino de la ciudad huyendo del calor. Por las calles pudieron contemplar los asombrados habitantes del lugar c\u00f3mo circulaban hacia tierras bajas estas criaturas, que dieron muerte a no pocas personas al cruzarse en su camino. La monta\u00f1a era ya un infierno a punto de estallar, pero tampoco se hizo nada. <\/p>\n<p>No hab\u00eda ya salvaci\u00f3n ni v\u00eda de escape de la isla y m\u00e1s de 30.000 almas aterradas se encerraron en sus hogares esperando, todav\u00eda, que el desastre no se produjera. <strong>En pocas horas el volc\u00e1n liber\u00f3 tal cantidad de materiales pirocl\u00e1sticos literalmente colaps\u00f3 bajo su propio peso y presi\u00f3n. Inmensos r\u00edos de roca fundida descendieron hacia la ciudad destruyendo todo a su paso.<\/strong><\/p>\n<p>En tierra apenas sobrevivieron dos personas a la cat\u00e1strofe, el resto, hasta completar esos 30.000 desdichados, se convirtieron en un <strong>mar de huesos calcinados<\/strong> tras su horrible muerte.  Uno de los barcos que se encontraba en el puerto, el <em>SS Roraima<\/em>, contaba con una tripulaci\u00f3n de unos 50 hombres, de los que apenas se salvaron unos 15. Lo que sigue a continuaci\u00f3n es m\u00e1s descriptivo que cualquier combinaci\u00f3n de palabras que yo pueda elegir, pues se trata del <strong>testimonio de uno de los supervivientes del barco<\/strong>, Ellery S. Scott, primer oficial del vapor <em>Roraima<\/em>. Os dejo con esta voz de alguien que, hace m\u00e1s de un siglo, pudo contar lo que fue una de las mayores cat\u00e1strofes conocidas en la historia humana<sup>1<\/sup>.<\/p>\n<p><em>Salimos de Nueva York el s\u00e1bado 16 del \u00faltimo abril a bordo del vapor de la l\u00ednea de Quebec Roraima, su capit\u00e1n Muggah, en direcci\u00f3n a Demerara, v\u00eda islas Winward. Nuestra tripulaci\u00f3n constaba de cuarenta y siete personas, y llev\u00e1bamos a bordo veinti\u00fan pasajeros entre hombres, mujeres y ni\u00f1os. El jueves 8 de mayo, d\u00eda en que ocurri\u00f3 la cat\u00e1strofe, notamos que empez\u00f3 el d\u00eda algo cubierto por nubes parciales y nos hall\u00e1bamos anclados a la altura de la isla Dominica. A la una de la madrugada levamos anclas y nos dirigimos al Sudeste hacia la Martinica.<\/p>\n<p>Todo iba bien hasta las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la ma\u00f1ana, hora en que yo me encontraba en el puente haciendo la guardia. La noche hab\u00eda sido hermosa y el mar estaba tranquilo. De repente, nos vimos envueltos en un humo espeso y en una lluvia de cenizas; nos hall\u00e1bamos entonces a la altura de la extremidad noreste de la Martinica. Tanto llam\u00f3 mi atenci\u00f3n esta novedad que llam\u00e9 al capit\u00e1n para preguntarle su opini\u00f3n acerca del tiempo. Yo no hab\u00eda visto nunca una erupci\u00f3n en aquellas islas, aunque hac\u00eda algunos a\u00f1os vi el Etna en acci\u00f3n, proporcion\u00e1ndome alg\u00fan conocimiento sobre volcanes; y desde luego supusimos razonablemente que el humo y las cenizas proced\u00edan del Monte Pelado. El viento era del sur y el humo de la monta\u00f1a ven\u00eda directamente hacia nosotros. <!--more--><\/p>\n<p>Bordeamos la isla, manteni\u00e9ndonos a unas dos millas separados de la costa; pero debido a las corrientes que nos impulsaban a tierra, tuvimos que maniobrar en varias direcciones, unas veces dej\u00e1ndonos ir hacia fuera y otras hacia dentro. La corriente nunca fue uniforme, pero lleg\u00f3 a ser tan pronunciada que convinimos en que era debida a alguna acci\u00f3n volc\u00e1nica. El capit\u00e1n y yo nos alarmamos, El polvo que ca\u00eda era fino, penetrante, era una ceniza gris. A las seis y quince minutos de la ma\u00f1ana ech\u00e1bamos el ancla en San Pedro.<\/p>\n<p>El capit\u00e1n del puerto y el m\u00e9dico vinieron al barco y pocos momentos despu\u00e9s sub\u00edan a bordo los agentes de nuestra compa\u00f1\u00edas, los se\u00f1ores Plessoneau y Testarte. El capit\u00e1n habl\u00f3 con ellos y les pregunt\u00f3 si cre\u00edan que habr\u00eda peligro por la erupci\u00f3n del volc\u00e1n. Entonces se elevaban majestuosamente densas columnas de humo desde el pico de Monte Pelado; el cielo estaba perfectamente despejado sobre el puerto, pues nos encontr\u00e1bamos a cinco millas al sur de la monta\u00f1a. Los agentes se hallaban muy tranquilos y dec\u00edan que desde la destrucci\u00f3n de la refiner\u00eda de az\u00facar, unos d\u00edas antes, no hab\u00eda vuelto a ocurrir novedad alguna; pero al mismo tiempo nos dijeron que unas cuantas personas necesitaban ir a Santa Luc\u00eda, y como nosotros ten\u00edamos cargamento para aquel puerto, el capit\u00e1n me indic\u00f3 que registrara la bodega para ver si era posible sacar la carga para Santa Luc\u00eda sin tener que descargar lo que ven\u00eda dirigido a la Martinica. Vi que era imposible sin mover la mayor parte de la carga de este \u00faltimo punto y el capit\u00e1n Muggah decidi\u00f3 que ser\u00eda m\u00e1s conveniente detenernos m\u00e1s tiempo dondes est\u00e1bamos y proceder a la descarga.<\/p>\n<p>No empezamos esta operaci\u00f3n desde muy temprano aquella ma\u00f1ana, porque era d\u00edas de la Ascensi\u00f3n y hab\u00eda servicio religioso especial en todas las iglesias. En la Catedral se dec\u00eda misa solemne y toda la gente rica hab\u00eda acudido a San Pedro para asistir a ella. Trabajadores y todo el mundo celebraban la fiesta.<\/p>\n<p>Los dos agentes hab\u00edan estado en misa bien temprano y como no se hab\u00edan desayunado pidieron algo de comer, porque tampoco pod\u00edan detenerse hasta la hora ordinaria de nuestro almuerzo por tener que ir a bordo del Roddam, que acababa de entrar, dici\u00e9ndonos que como el Roddam ven\u00eda de las Barbados y estas procedencias hac\u00edan cuarentena, no pod\u00edan llevarse nuestro correo, pero que volver\u00edan por \u00e9l.<\/p>\n<p>Entretanto, nuestros marineros, de contramaestre para abajo, limpiaban la arena y el polvo, que ya cubr\u00edan la cubierta con una capa que parec\u00eda arena blanca, de m\u00e1s de dos cent\u00edmetros de espesor. De uno a otro extremo estaba el buque lleno de tal arena que se introduc\u00eda por todas partes. Cuando el capit\u00e1n y yo subimos al puente llev\u00e1bamos los uniformes cubiertos de este polvo. Los pasajeros y la tripulaci\u00f3n hac\u00edan acopio de arena y cenizas para conservarlas como recuerdo. Unos la envolv\u00edan en sobres, otros en cajas de esta\u00f1o, y yo recuerdo que un fornido negro me daba una caja de cigarros llena de arena y cenizas, la cual tom\u00e9, no ocurri\u00e9ndoseme que hab\u00eda de tener a mi disposici\u00f3n, antes de volver a mi casa, cantidades inmensas de aquella arena.<\/p>\n<p>Los oficiales se agrupaban sobre cubierta para disfrutar de la hermosa vista que el Pelado ofrec\u00eda lanzando inmensas columnas de humo que parec\u00edan elevarse hasta los cielos, y una vez all\u00ed, los vientos del sur y el este las arrojaban hacia el mar, as\u00ed es que, donde nosotros nos hall\u00e1bamos, la atm\u00f3sfera estaba relativamente clara. <\/p>\n<p>El sol luc\u00eda hermoso y brillante; todo nos sonre\u00eda, agradable y favorablemente, excepto por aquella columna de negro humo. Ser\u00edan las ocho y algunos segundos de la ma\u00f1ana. Estando de tertulia sobre cubierta, el tercer contramaestre me dijo: \u201cvoy a por mi maquinilla fotogr\u00e1fica, pues aunque s\u00f3lo me queda una placa no es cosa de perder tan magn\u00edfica vista\u201d.<\/p>\n<p>Dicho esto, me volvi\u00f3 la espalda y se dirigi\u00f3 a su camarote. No le he vuelto a ver, porque precisamente entonces, y todo en mucho menos tiempo del que se emplea en decirlo, hubo una explosi\u00f3n en la monta\u00f1a, sublime por lo grandiosa y terrible por lo mort\u00edfera. Es dif\u00edcil decir si se abri\u00f3 m\u00e1s de un cr\u00e1ter pero la conflagraci\u00f3n no es posible compararla con nada; fue tan terrible el ruido que un trueno de los m\u00e1s estrepitosos resultar\u00eda como el disparo de una pistola comparado con el de un ca\u00f1\u00f3n de a treinta cent\u00edmetros. Despu\u00e9s vino rodando monta\u00f1a abajo por las distintas ondulaciones del terreno la ardiente lava envuelta en llamas y humo, formando una inmensa nube luminosa terror\u00edfica. Seg\u00fan descend\u00eda, arrastraba tras s\u00ed materia inagotable de lava como un tornado sin fin de vapores, cenizas y gas abrasador.<\/p>\n<p>En el instante que vimos esta gran erupci\u00f3n que hacia nosotros se dirig\u00eda, el capit\u00e1n corri\u00f3 al puente grit\u00e1ndome que levara el ancla. Yo salt\u00e9 hacia el molinete y el carpintero se colocaba a mi lado y se inclinaba hacia adelante para auxiliar en la maniobra de echar a andar la m\u00e1quina cuando nos sorprendi\u00f3 la destrucci\u00f3n.<\/p>\n<p>No es posible describir lo ocurrido. La tierra y el mar parec\u00edan confundirse en infernal torbellino, como si se tratara de esos ciclones occidentales que barren los \u00e1rboles y cuanto a su paso encuentran; con el agravante de que este torbellino de explosiones incendiaba todo lo que alcanzaba. S\u00f3lo dur\u00f3 unos cuantos segundos, pero desde el momento en que empez\u00f3 a recorrer la distancia que lo separaba de la ciudad, \u00e9sta estaba sentenciada. Lava, fuego, cenizas, humo, todo combinado cay\u00f3 sobre nosotros en un instante. Ni un tren expreso a gran velocidad podr\u00eda haber escapado.<\/p>\n<p>Nosotros no pod\u00edamos ver m\u00e1s que una parte del torrente, pero al otro lado de la monta\u00f1a ocurr\u00eda lo mismo, form\u00e1ndose all\u00ed un tremendo obst\u00e1culo para los que quisieran huir. Entretanto, fue rode\u00e1ndonos la obscuridad m\u00e1s espantosa y al mismo tiempo la avalancha se apoderaba tambi\u00e9n de las aguas del mar incendiando a su paso cuanto hab\u00eda no solo en la playa sino los buques anclados en el puerto. El Roraima gir\u00f3 y se alej\u00f3, retir\u00e1ndose del puerto; una repentina sobarbada lo hizo inclinarse de estribor, sumergiendo la baranda de sotavento. M\u00e1stiles, chimenea, aparejos, todo fue al agua. La chimenea de hierro desapareci\u00f3 y los dos m\u00e1stiles de acero se rompieron a sesenta cent\u00edmetros de la cubierta, perfectamente cortados sin bordes desiguales, precisamente como un trozo de tubo de barro se romper\u00eda al golpe de un palo grueso. Quisimos levar anclas, pero era imposible arrancarlas del barro, encontr\u00e1ndonos amarrados a aqu\u00e9l infierno. La obscuridad aterradora lo envolv\u00eda todo, sin m\u00e1s alteraci\u00f3n que la claridad intermitente producida por las abrasadoras nubes de gas destructor. Nuestro buque se incendi\u00f3 por varias partes a la vez y muchos hombres, mujeres y ni\u00f1os murieron en pocos segundos. Ocurr\u00eda esto pocos minutos despu\u00e9s de las ocho.<\/p>\n<p>El sal\u00f3n y la popa ardieron inmediatamente. El Roraima estaba al pairo con una gran falsa banda mirando a la costa. Al principio cay\u00f3 abundante ceniza abrasadora, muy pronto a la ceniza sigui\u00f3 una lluvia de peque\u00f1as y abrasadoras piedras, cuyo tama\u00f1o variaba desde el de un perdig\u00f3n de escopeta al de un huevo de paloma. Ca\u00edan estas piedras en el agua produciendo agudo silbido, pero en los sitios del buque donde estas piedras chocaban, hac\u00edan poco da\u00f1o porque las cubiertas estaban protegidas por una espesa capa de cenizas desde la primera lluvia. Despu\u00e9s de las piedras vino una lluvia de lodo hirviente, formado por lava mezclada con agua, de una consistencia igual a la del cemento. Donde quiera que ca\u00eda formaba una costra que se adher\u00eda como la cola, de suerte que a las personas que no llevaban sombrero se les form\u00f3 sobre la cabeza una plasta que constitu\u00eda una verdadera mascarilla. <\/p>\n<p>Cuando yo vi la tempestad pr\u00f3xima, arranqu\u00e9 de un ventilador una cubierta de c\u00e1\u00f1amo embreado que me puse sobre la cabeza y el cuello, dejando una abertura para ver. Esto me evit\u00f3 mucho sufrimiento, pero aun as\u00ed la barba, la nariz y los ojos se me llenaban de un polvillo que ten\u00eda que sacudir a cada segundo para ver y para o\u00edr. El barro que ca\u00eda a intervalos no quemaba en realidad, pero estaba lo bastante caliente para secarse en seguida sobre la cabeza y formar una costra que se adaptaba y pegaba como si fuera un molde de yeso.<\/p>\n<p>Recuerdo que Charles Thompson, el ayudante de contador, un negro regordete y de aspecto simp\u00e1tico, natural de Saint Kitts, que estaba a mi lado, ten\u00eda la cabeza tan cargada de aquellas materias que parec\u00eda atontado y casi no pod\u00eda ponerse derecho. Cuando me rog\u00f3 que le rompiera aquella costra arranc\u00e1ndosela de la cabeza tem\u00ed llevarme con ella la piel. A\u00fan con mi c\u00e1\u00f1amo embreado sent\u00eda yo el calor, deduciendo por ello que la piel del cr\u00e1neo del auxiliar de contador deber\u00eda estar abrasada. <\/p>\n<p>No todos los que ocupaban el buque se encontraban sobre cubierta al ocurrir la cat\u00e1strofe. Unos pasajeros se vest\u00edan, otros se hallaban a\u00fan en sus camarotes, envenen\u00e1ndose algunos casi instant\u00e1neamente con el nocivo gas y otros se ahogaron con el agua que entr\u00f3 por las portas de los camarotes sumergidos del lado de estribor.<\/p>\n<p>La obscuridad se interrump\u00eda de vez en cuando por las llamas que sal\u00edan de popa y por el p\u00e1lido fulgor del incendio de varios almacenes de la costa, donde grandes barriles de ron lanzaban al aires con gran estr\u00e9pito su inflamado contenido. Baj\u00e9 a tientas al puente inferior en busca del capit\u00e1n y cuando con m\u00e1s inter\u00e9s buscaba, tropec\u00e9 con una figura de hombre cuyo rostro era repugnante por las quemaduras que lo hab\u00edan destrozado.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfQui\u00e9n es usted?\u2014pregunt\u00e9, pues agachado como estaba y en la oscuridad, no pude reconocerlo.<\/p>\n<p>Aquel hombre levant\u00f3 los ojos y yo, fuera de m\u00ed, grit\u00e9:<\/p>\n<p>\u2014\u00a1Dios m\u00edo, el capit\u00e1n!<\/p>\n<p>Se levant\u00f3 como pudo y viendo en aquel momento uno de los botes que a\u00fan nos quedaban, me pregunt\u00f3 si podr\u00edamos ponerlo a flote. <\/p>\n<p>\u2014Capit\u00e1n,\u2014le dije\u2014el bote est\u00e1 abrasando y no puede utilizarse; adem\u00e1s, se encuentra pegado al buque de tal modo que veinte hombres no podr\u00edan moverlo, y no tenemos a nadie que nos ayude.<\/p>\n<p>Precisamente entonces se presentaron Benson, el carpintero, y Thompson, el tercer piloto. \u00c9ste estaba negro por las quemaduras, y Benson ten\u00eda las manos destrozadas. El capit\u00e1n orden\u00f3 que a todo trance se habilitara el bote.<\/p>\n<p>Con un cuchillo cort\u00e9 el pescante, pero el bote no se movi\u00f3; era imposible habilitarlo, y cuando el capit\u00e1n se convenci\u00f3 de ello, me dijo:<\/p>\n<p>\u2014Se\u00f1or Scott, salte usted al agua y s\u00e1lvese.<br \/>\n\u2014No, capit\u00e1n,\u2014le dije\u2014no dejar\u00e9 el buque.<br \/>\n\u2014Bien,\u2014me respondi\u00f3\u2014vea usted c\u00f3mo est\u00e1 el barco y c\u00f3mo se encuentra la gente. Ent\u00e9rese especialmente, c\u00f3mo est\u00e1n las se\u00f1oras y los ni\u00f1os. <\/p>\n<p>Despu\u00e9s de mirar en rededor y cerciorarme de que ard\u00eda la popa y de que pasajeros y tripulaci\u00f3n morir\u00edan abrasados, fui a dar cuenta al capit\u00e1n del estado de las cosas; pero cuando llegu\u00e9 al puente, hab\u00eda desaparecido; o debi\u00f3 haber ca\u00eddo al mar o debi\u00f3 haberse arrojado voluntariamente para descansar de sus padecimientos, que deb\u00edan ser terribles.<\/p>\n<p>En realidad, solamente qued\u00e1bamos en el buque cuatro hombres capaces de valernos sin auxilio ajeno: Benson, el carpintero; Thompson, auxiliar de contador; un operario negro de Saint Kitts, y yo. Los hombres que nos ayudaban estaban terriblemente abrasados y su hero\u00edsmo causaba admiraci\u00f3n. Dos ingenieros que hab\u00edan perdido toda la piel de sus manos todav\u00eda trasladaban de un punto a otro los objetos empleando brazos y codos.<\/p>\n<p>Tom\u00e9 el mando y lo primero que dispuse fue algunas maniobras para evitar que muri\u00e9ramos por el fuego. Afortunadamente, el mar estaba tranquilo, como si la lluvia de espeso barro hubiera amansado las olas, aunque conservaba alg\u00fan movimiento debido a las corrientes volc\u00e1nicas. Las bombas no funcionaban, pero cada uno de nosotros hab\u00eda lo que pod\u00eda. Dos empezaron a achicar agua y despu\u00e9s, formando lo que se llama l\u00ednea de incendios, logramos disminuir el fuego. La obscuridad continuaba. A las ocho y media aclar\u00f3 un poco y pudimos ver al vapor Roddam dirigi\u00e9ndose directamente hacia nosotros como si intentara nuestro salvamento. No ten\u00edamos medios de distinguir que este buque se encontraba casi en tan mal estado como el nuestro, pues ten\u00eda salida para gobernar y lleg\u00f3 bastante cerca de nosotros, para que vi\u00e9ramos toda su proa en buen estado. Supusimos que se hab\u00eda encontrado fuera de l\u00ednea de fuego. Cre\u00edamos que nos rescatar\u00eda y d\u00e1bamos gracias a Dios. Parte de la tripulaci\u00f3n subi\u00f3 a cubierta con las mujeres y ni\u00f1os que quedaban, confiando en que el Roddam se acercara lo bastante para trasladarnos. De improviso, y cuando no estaba m\u00e1s que a distancia de treinta y tres metros de nosotros, se detuvo. Cre\u00edmos que no nos ve\u00eda y corr\u00ed a la casilla del timonel envi\u00e1ndole gran n\u00famero de se\u00f1ales luminosas. Dos de estas se\u00f1ales eran azules, y una la contrase\u00f1a especial para la Compa\u00f1\u00eda de Quebec. Las expusimos luciendo con todo su brillo y asemej\u00e1ndose a fuegos pirot\u00e9cnicos, procurando llamar con ellas la atenci\u00f3n del Roddam y darle a entender que hab\u00eda personas a bordo; pero con gran horror nuestro, el buque retrocedi\u00f3 lentamente intern\u00e1ndose en la obscuridad y dej\u00e1ndonos absolutamente descorazonados. Cuando mis compa\u00f1eros de desgracia me hablaron de ello les contest\u00e9:<\/p>\n<p>\u2014No ha hecho m\u00e1s que retroceder para salirse de la l\u00ednea de humo, y seguramente que volver\u00e1 para llevarnos a bordo.<\/p>\n<p>Pero al poco tiempo el viento vari\u00f3 al sur, desapareci\u00f3 el humo y no vimos ya al Roddam. Sucedi\u00f3 esto a eso de las ocho y cuarenta y cinco minutos. La cuesti\u00f3n consist\u00eda ahora en si estar\u00edamos mucho tiempo a flote, pues nuestro barco no inspiraba confianza. Todos cuantos nos encontr\u00e1bamos algo \u00fatiles nos lanzamos a los cinturones salvavidas que se encontraban distribuidos en distintos lugares del buque, y dotamos de ellos a cuantas personas hab\u00eda a bordo. Si una madre llevaba un ni\u00f1o en brazos, le pon\u00edamos el cintur\u00f3n de manera que cogiese a los dos. <\/p>\n<p>Lo inmediato fue averiguar en qu\u00e9 condiciones se encontraba el casco y apagar los peque\u00f1os incendios que reaparec\u00edan, ya en uno ya en otro sitio. El m\u00e1s considerable era el que exist\u00eda en la punta de la proa. Los camarotes de se\u00f1ora se hab\u00edan pintado y limpiado antes de salir de Demerara; las colchonetas estaban amontonadas en el interior, muy en orden y la puerta estaba cerrada con llave para que la tripulaci\u00f3n no cogiera las camas; pero las portas de estribor estaban abiertas, y el fuego del volc\u00e1n que se hab\u00eda introducido incendi\u00f3 las colchonetas. Quisimos abrir la puerta, pero fue imposible. Entonces cogimos un gran tabl\u00f3n que utilizamos como ariete y la puerta salt\u00f3. Dos grandes pilas de colchonetas ard\u00edan poniendo en peligro todo el barco, siendo lo peor que pod\u00eda comunicarse el incendio a tres mil cajas de aceite de kerosina y a grandes barriles de barniz y de brea que se encontraban a unos cuatro metros. Fuera, sobre cubierta, precisamente en la antec\u00e1mara, estaban las jaulas del ganado en las que se almacenaban tablones viejos en cantidad bastante para poner fuego a una ciudad.<\/p>\n<p>Dos de nosotros bajamos cubetas y achicamos agua, mientras los otros se dedicaban a echarla en abundancia sobre las colchonetas. Por el momento, el agua aplacar\u00eda las llamas, y entonces uno de nosotros tirar\u00eda de una colchoneta y la arrojar\u00eda al agua. <\/p>\n<p>Todo este trabajo era \u00edmprobo y dificil\u00edsimo, pero hab\u00eda mucho m\u00e1s que hacer. Pronto vimos que los camarotes de las bombas a estribor estaban ardiendo. Tambi\u00e9n procuramos extinguir aquel nuevo peligro, a la ve que segu\u00edamos arrastrando uno a uno los colchones, y m\u00e1s de una vez nido al colch\u00f3n ven\u00eda el cuerpo inanimado de alg\u00fan tripulante que hab\u00eda muerto cogido en la trampa como una rata.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de alg\u00fan tiempo, todos los peque\u00f1os fuegos pudieron dominarse y nosotros respiramos algo, aunque cuanto segu\u00eda rode\u00e1ndonos era terrible: marineros y pasaje, hombres, mujeres y ni\u00f1os mor\u00edan atormentados por angustiosa sed.<\/p>\n<p>Thompson, el auxiliar, que era para m\u00ed un gran recurso, ten\u00eda reservada una interesante historia. \u00c9l hab\u00eda visto acercarse la cat\u00e1strofe y tuvo tiempo para huir por la abierta puerta de su camarote oficial cerr\u00e1ndola al marcharse. Al momento siguiente se inclin\u00f3 el barco, y afluyendo el agua caliente que proced\u00eda del fuego cay\u00f3 dentro del nuevo camarote en que se hallaba, subi\u00e9ndose el l\u00edquido hasta el cuello; despu\u00e9s se enderez\u00f3 el barco, se retir\u00f3 el agua, y Thompson luch\u00f3 por salir al callej\u00f3n de estribor, encontr\u00e1ndose con dos mujeres horriblemente quemadas que suplicaban lastimeramente un poco de agua. Precipit\u00f3se entonces a un camarote pr\u00f3ximo medio lleno de agua, y encontrando una vasija iba a intentar llenarla de un peque\u00f1o dep\u00f3sito de agua potable cuando sinti\u00f3 algo suave bajo el pie; al mirar hacia abajo vio el rostro cadav\u00e9rico de un hombre. Felizmente pudo encontrar un gran trozo de hierro en el camarote de los oficiales y corri\u00f3 en auxilio de aquel hombre que agonizaba.<\/p>\n<p>Gradualmente fuimos recogiendo a los que sobreviv\u00edan y los coloc\u00e1bamos sobre cubierta. Todos ellos ped\u00edan agua, pero muchos no pod\u00edan ya ni beber. Los gases abrasadores hab\u00edan quemado aquellas bocas y gargantas, y hasta el est\u00f3mago, tan terriblemente que en muchos casos no quedaba esperanza. <\/p>\n<p>Las quejas y lamentos de las v\u00edctimas nos llegaban al alma, hasta el punto de que, por mi parte, jam\u00e1s olvidar\u00e9 aquellas escenas que hoy me parecen terribles pesadillas. Un hombre, un pasajero, yac\u00eda sobre cubierta, horriblemente abrasado, pidiendo agua a gritos. Cuando le ofrecimos el l\u00edquido tan deseado, no pudo beber ni una gota. Se arrastraba por la cubierta sobre las manos y las rodillas sin dejar de pedir agua, y, por \u00faltimo, temiendo que se arrojara al mar, lo condujimos a lugar seguro. Tan pronto como vio a Thompson con su vasija de agua, se arrastr\u00f3 hacia \u00e9l vociferando y casi aullando como un perro furioso. La lengua de este infeliz estaba totalmente abrasada y no pod\u00eda ni aun hacerla entrar en la boca. Tambi\u00e9n los brazos estaban cruelmente abrasados hasta las puntas de los dedos, as\u00ed como muchas partes de su cuerpo.<\/p>\n<p>Vi un peque\u00f1uelo de color caf\u00e9, terriblemente abrasado, que estaba en los brazos de una ni\u00f1era blanca llamada Clara. El pobre chiquillo estaba moribundo, con la lengua fuera. A\u00fan viv\u00eda el infeliz; al verlo Thompson, quiso darle un poco de agua, pero no pudo beber. Los brazos de Clara tambi\u00e9n estaban destrozados y tuvo que dejar al ni\u00f1o; entonces lo cogi\u00f3 el segundo ingeniero, Evans, y lo tuvo en sus brazos hasta que el infeliz muri\u00f3. La ni\u00f1era Clara sobrevivi\u00f3 y pudo ingresar en un hospital.<\/p>\n<p>Esta misma Clara nos ayud\u00f3 a prestar auxilio a una se\u00f1ora y a sus tres hijos, dos ni\u00f1os y una ni\u00f1a; la madre no pod\u00eda abrir la boca. Con una cucharilla logramos entreabrirla un poco y pusimos entre sus dientes algunos trozos de hielo. La pobre se\u00f1ora sinti\u00f3 alg\u00fan consuelo y con mucho trabajo murmur\u00f3 \u201cgracias\u201d. La infeliz muri\u00f3 antes que dos de sus hijos. <\/p>\n<p>Las mujeres se condujeron todas con valent\u00eda, aunque sufr\u00edan horribles quemaduras. Una negra muy gruesa, no obstante sus dolorosas heridas, cantaba himnos religiosos; y entre versos y verso exclamaba: \u201cDadme agua, agua&#8230;\u201d Tan pronto como le dieron el l\u00edquido m\u00e1s precioso entonces que en ninguna otra ocasi\u00f3n, se la vio reanimarse y sigui\u00f3 cantando. El \u00faltimo himno que cant\u00f3 empezaba as\u00ed: \u201cMe acerco, Dios m\u00edo, a ti\u201d; y precisamente al decir esto muri\u00f3 en el mismo sitio donde estaba sentada.<\/p>\n<p>Otra mujer, la se\u00f1orita McAllister, estaba echada en una colchoneta sobre cubierta. Esta infeliz se encontraba tambi\u00e9n muy mal y llam\u00f3 a Clara para que le cantara alg\u00fan himno. La ni\u00f1era se arrodill\u00f3 a su lado y una de las \u00faltimas estrofas terminaba as\u00ed: \u201cSegura en los brazos de Dios\u201d. Al poco tiempo, muri\u00f3.<\/p>\n<p>Ya el aires se purificaba algo y se pod\u00eda respirar. Mientras Thompson y Thomas, uno de los operarios, procuraban aliviar los sufrimientos de los moribundos, Benson, el carpintero, y yo recorrimos los diferentes rincones del buque y adem\u00e1s reconocimos el casco. Sondamos y nos cercioramos de que ten\u00edamos una profundidad de veinticinco metros; el segundo ingeniero y el cuarto nos dijeron que las m\u00e1quinas y las calderas estaban bien y que no hab\u00eda peligro de explosi\u00f3n.<\/p>\n<p>Estos dos individuos estaban heridos por nuevas quemaduras, pero permanecieron en sus puestos para vigilar si las calderas funcionaban bien. No hab\u00eda que pensar en obtener vapor, pues carec\u00edamos de chimenea y, por consiguiente, no hab\u00eda tiro, y aun cuando hubiera habido medios, no ten\u00edamos personal para este servicio. Adem\u00e1s, aun cuando el buque hubiera podido hacer vapor, las llamas de popa hubieran barrido las cubiertas por causa del viento en vez de ir extendi\u00e9ndose tranquilamente.<\/p>\n<p>S\u00f3lo nos quedaba una cosa que hacer: con el auxilio de cuantos pod\u00edan trabajar algo, empezamos a construir una balsa. Bajamos los grandes varaderos de seis metros y medio. Los varaderos son planchas largas y s\u00f3lidas aseguradas entre s\u00ed con pasadores de tornillo y adaptadas al exterior del frente del buque bajo los pescantes de ancla para evitar rozamientos cuando se bajan los botes. Dos de nosotros bajamos y atamos bien los varaderos y despu\u00e9s los otros sacaron madera del dep\u00f3sito de la jaula de ganados con lo que se construy\u00f3 la balsa, lo bastante grande y segura para llevar a cuantos quedaban vivos a bordo. Contamos los que \u00e9ramos y result\u00f3 veinticuatro. <\/p>\n<p>En todo esto se perdi\u00f3 bastante tiempo. Qued\u00e1banos por resolver la busca de provisiones. El Roraima llevaba cuatro botes; tres de ellos hab\u00edan sido destruidos y el cuarto estaba fuertemente aferrado sobre los pescantes. De este \u00faltimo tomamos los remos y las chamuceras. Tambi\u00e9n pasamos un comp\u00e1s, linternas, cajas de provisiones, una lata de aceite y barriles de agua. Todo quedaba listo por si el fuego de popa nos echaba del barco antes de que recibi\u00e9ramos auxilio por alg\u00fan otro medio.<\/p>\n<p>Era entre dos y tres de la tarde  cuando un barco de guerra franc\u00e9s, el Suger, entr\u00f3 en el puerto de San Pedro. Aunque le ve\u00edamos acercarse a nosotros, no confi\u00e1bamos mucho por el chasco que antes nos hab\u00eda dado el Roddam. Pusimos la bandera inglesa en un palo, procurando elevarla todo lo posible. El Suger contest\u00f3 inmediatamente a la se\u00f1al y nos envi\u00f3 un bote. Fuimos los primeros que el buque franc\u00e9s hab\u00eda visto, pues ning\u00fan otro le hab\u00eda hecho se\u00f1ales que llamaran su atenci\u00f3n. Muy pronto nos envi\u00f3 otros dos botes remolcados por una lancha de vapor. Fuimos trasladando gradualmente los pasajeros a la balsa y desde \u00e9sta a los botes. Los que se encontraban m\u00e1s desvalidos y mutilados fueron los primeros en ser trasladados; y los que pod\u00edan valerse de alg\u00fan modo quedaron para lo \u00faltimo. Despu\u00e9s de los pasajeros, traslad\u00f3se la tripulaci\u00f3n y en seguida los oficiales. El segundo ingeniero march\u00f3 el primero, y yo el \u00faltimo. Precisamente en el momento de abandonar el barco, vi un borreguito solitario, \u00faltimo de treinta que hab\u00edan ca\u00eddo al mar. El pobre animalito balaba tan lastimeramente que me hizo volver y le abr\u00ed la cabeza con el hacha, alivi\u00e1ndole de los padecimientos que las heridas le causaban.<\/p>\n<p>Entre veinte y treinta pod\u00edan contarse los cad\u00e1veres que dejamos en el Roraima; unos sobre cubierta, otros en las bodegas o en sus camarotes, donde murieron asfixiados en la primera explosi\u00f3n del mort\u00edfero gas. All\u00ed quedaba mi pobre criado, al que no volv\u00ed a ver desde la primera explosi\u00f3n. Era un joven agradable, cuya constante aspiraci\u00f3n fue tener un barco de su propiedad, en el que promet\u00eda llevarme de contramaestre. Tan espantosa era la vista de algunos de aquellos cad\u00e1veres que no pudimos soportarla. Yo mismo me admiro a\u00fan de c\u00f3mo los supervivientes pudimos pasar por tanta cat\u00e1strofe sin perder el juicio. <\/p>\n<p>Cuando dejamos el barco, ard\u00eda desde la roda o branque hasta la mampara. Cuando volvimos la vista atr\u00e1s por \u00faltima vez, divisamos una cosa extra\u00f1a: una silla ordinaria de mimbres, semejante a las que se ven sobre las cubiertas de los transatl\u00e1nticos, colgaba en el espacio pendiente de la popa; la hab\u00edan atado al asta de la bandera por el respaldo, de manera que se mantuviese segura fuera del alcance de las llamas. Alg\u00fan pobre pasajero la hab\u00eda aparejado all\u00ed y se sent\u00f3 en ella para salvarse de las llamas, temeroso de saltar por el fuero empuje de las corrientes volc\u00e1nicas de abajo. Pudimos verlo all\u00ed sentado en su silla mucho antes de abandonar el buque, a la espalda de la s\u00f3lida pared de fuego que nos separaba de \u00e9l. Este infeliz debi\u00f3 sufrir terriblemente antes de dejarse caer de su percha y sumergirse. No pudimos ver esto, por el fuego que se hab\u00eda apoderado de la parte anterior del sal\u00f3n; pero muy cerca ten\u00eda un camarote de paseo donde hab\u00eda multitud de cinturones salvavidas, pudiendo aquel desgraciado haber tomado uno y pon\u00e9rselo; lo m\u00e1s extra\u00f1o de todo es que despu\u00e9s de toda la intensidad del fuego, a\u00fan colgase all\u00ed la silla, vac\u00eda y en buen estado. En la ma\u00f1ana siguiente, el d\u00eda 9, cuando el buque Corona entr\u00f3 en el puerto de San Pedro, el capit\u00e1n dijo que la silla segu\u00eda colgando sin presentar el menor desperfecto.<\/p>\n<p>Una vez recogidos todos nosotros a bordo del buque de guerra, el cirujano y sus practicantes emprendieron la cura de los individuos m\u00e1s graves, vendaron sus heridas y trabajaron cuanto pudieron para aliviar sus padecimientos. Asimismo, hicieron cuanto les fue posible para proporcionar alivio a los que, sin estar graves, ten\u00edan heridas de cuidado. Entretanto, la lancha del barco se acercaba cuanto pod\u00eda a la ciudad, siguiendo la costa que parec\u00eda un horno terrible, y casi dentro del agua recogiendo bastantes personas, entre ellas a nuestro tercer oficial, Thompson, que nadando hab\u00eda llegado hasta all\u00ed. Tambi\u00e9n recogi\u00f3 tres m\u00e1s de los nuestros: un pasajero y dos de la tripulaci\u00f3n.<\/p>\n<p>El Suger naveg\u00f3 despu\u00e9s lentamente hacia Fort-de-France, mientras sus botes registraban las costa y recog\u00edan a cuantos encontraban con vida. Restos de naufragios y huellas de la cat\u00e1strofe se encontraban por todas partes sobre las aguas, y de vez en cuando ve\u00edan un tabl\u00f3n con un brazo o una pierna enroscada en \u00e9l, mientras que el resto del cuerpo iba oculto bajo la superficie; o ya se encontraban con alg\u00fan cad\u00e1ver encorvado sobre una berlinga, mientras la cabeza y piernas se hallaban sumergidos en el agua.<\/p>\n<p>A las nueve de la noche nuestro buque salvador tocaba el muelle de Fort-de-France, donde en unas cuantas camillas fueron recogidos los heridos y conducidos a los hospitales. <\/p>\n<p>Dije antes que la \u00faltima vez que vi al capit\u00e1n Muggah fue sobre el puente, en los primeros horribles instantes de la espantosa obscuridad. Despu\u00e9s ni volv\u00ed a saber de \u00e9l. Parece que, precisamente despu\u00e9s de dejarle yo para ir a trabajar en los botes, Dan, el tonelero del Roraima, lo vio deslizarse y caer al agua. El buque ten\u00eda una falsa banda, y la cubierta estaba llena de lodo resbaladizo; lo que hace creer que su ca\u00edda fuera accidental. Sin embargo, nadie puede asegurar si se tir\u00f3 o no por propio impulso. <\/p>\n<p>Dan dio que vio al capit\u00e1n irse y que, entonces, cogi\u00f3 \u00e9l una de las escotillas y salt\u00f3 tras \u00e9l a la arremolinada corriente poni\u00e9ndole la escotilla bajo el brazo para ayudarle a sostenerse en el agua. Despu\u00e9s se dirigi\u00f3 a la orilla empujando su carga delante de \u00e9l; pero hubo en aquel instante tan tremenda alteraci\u00f3n en la corriente que no pudo conservar su direcci\u00f3n y gradualmente se fue inclinando a un lado para evitar el encuentro con un casto de otro buque que ard\u00eda y el cual se encontraba a pocos cables del Roraima.<\/p>\n<p>Algunos de los tripulantes a quienes dominaba el delirio de escapar le hicieron se\u00f1ales para que se acercara a ellos, y entonces le arrojaron un salvavidas que Dan aprovech\u00f3 para su balsa. Los tripulantes bajaron algunas camillas, y Dan coloc\u00f3 sobre una de ellas al capit\u00e1n y a uno o dos desgraciados del otro buque a los cuales se les baj\u00f3 desde la incendiada cubierta.<\/p>\n<p>Siguieron a \u00e9stos dos o tres marineros m\u00e1s, y despu\u00e9s, todos a la vez, impulsaron la balsa hacia la costa deteni\u00e9ndose de vez en cuando para recoger alguna pobre v\u00edctima que encontraban flotando sobre las olas. Mientras remaban penosamente empleando algunos maderos como remos, divisaron un peque\u00f1o bote semejante a las canoas que emplean los ind\u00edgenas de la Martinica.<\/p>\n<p>Uno de los marineros, ind\u00edgena, salt\u00f3 al agua y nad\u00f3 hacia el bote. Tan pronto como lo alcanz\u00f3 y trep\u00f3 a bordo, lo hizo volver hacia la balsa; pero antes de llegar a ella tropez\u00f3 con otro ind\u00edgena que iba agarrado a una berlinga. Hizo subir a su compatriota a bordo del bote; y una vez los dos en \u00e9l, comenzaron a remar alej\u00e1ndose, sin cuidarse de la balsa, en direcci\u00f3n a Fort-de-France. <\/p>\n<p>Esto era cosa demasiado fuerte para los que tripulaban la balsa, que cada vez perd\u00edan m\u00e1s \u00e1nimos. Dan, el tonelero, hizo lo posible por hacerles retroceder hasta el buque; pero ellos se negaron en absoluto y continuaron hacia la costa. Llegaron, por \u00faltimo, a tierra, pero en aquel momento mor\u00eda el capit\u00e1n Muggah.<\/p>\n<p>Durante las horas que permaneci\u00f3 en la balsa, Muggah conserv\u00f3 m\u00e1s o menos el conocimiento y, a pesar de sus padecimientos horribles, no dej\u00f3 de pedir a Dan que, en lugar de dirigirse a tierra remara en direcci\u00f3n al barco. Pero Dan no pudo convencer a la gente que iba en la balsa. No bien desembarcados, el pobre Dan se dirigi\u00f3 al buque nadando con el auxilio de un madero, y as\u00ed pudo darme la noticia de la muerte del capit\u00e1n y del oficial Thompson despu\u00e9s que lograron llegar vivos a tierra.<\/p>\n<p>El total de supervivientes del Roraima, cuatro de ellos mujeres, fueron recogidos como dije antes por el crucero Suger. No todos llegaron vivos a puerto. Algunos murieron en el camino, otros fallecieron antes del d\u00eda siguiente. En la ma\u00f1ana del d\u00eda 9, cuando quise visitar los hospitales, s\u00f3lo consegu\u00ed entrar en uno. En \u00e9l encontr\u00e9 al segundo ingeniero, al cuarto ingeniero, al contramaestre, al carpintero y a dos marineros. En el hospital se hizo por estos infelices todo lo posible, pero el doctor me dijo que las quemaduras eran todas venenosas y que all\u00ed donde se hab\u00eda hacho alguna llaga profunda, no era posible conseguir alivio.<\/p>\n<p>Pocos d\u00edas despu\u00e9s llegaba a Fort-en-France el buque Corona, de nuestra Compa\u00f1\u00eda. En \u00e9l embarcamos los que est\u00e1bamos en disposici\u00f3n de hacerlo, y el d\u00eda 20 de mayo desembarqu\u00e9 en Nueva York despu\u00e9s de tanto padecer con motivo de la cat\u00e1strofe de St. Pierra. <\/p>\n<p>ELLERY S. SCOTT.<\/em><\/p>\n<p>________<br \/>\n<sup>1<\/sup> Testimonio publicado en el n\u00famero de octubre de 1902 de la revista <em>Por esos mundos<\/em>.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<div class=\"mh-excerpt\"><p>Lo poco que sobrevivi\u00f3 fue conocido en su \u00e9poca como la Nueva Pompeya o, tambi\u00e9n, ciudad de huesos. 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