{"id":1002,"date":"2008-09-25T00:00:14","date_gmt":"2008-09-24T22:00:14","guid":{"rendered":"http:\/\/www.alpoma.net\/tecob\/?p=1002"},"modified":"2008-09-25T00:00:22","modified_gmt":"2008-09-24T22:00:22","slug":"imitacion-de-james-burke","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/alpoma.net\/tecob\/?p=1002","title":{"rendered":"Imitaci\u00f3n de James Burke"},"content":{"rendered":"<p><em>Investigaci\u00f3n y Ciencia, la versi\u00f3n en castellano de Scientific American, public\u00f3 durante un tiempo una columna mensual bajo el t\u00edtulo Nexos. Su autor, <strong><a href=\"http:\/\/k-web.org\/public_html\/jbmessage.htm\">James Burke<\/a><\/strong>, es unos de los divulgadores e historiadores de la ciencia m\u00e1s conocidos de las \u00faltimas d\u00e9cadas. Si hay algo que me sorprende de la serie Nexos es c\u00f3mo est\u00e1 escrita. Se trata de una mezcla de historia y humor finamente hilvanada, donde una idea lleva a otra para, finalmente, cerrarse el c\u00edrculo del razonamiento inicial. Cada art\u00edculo trata de unir diversas narraciones a trav\u00e9s de algunos elementos comunes, de forma compleja pero divertida. Siempre me ha gustado este estilo, es laber\u00edntico, intrincado, as\u00ed que hoy, tras dar muchas vueltas a la cabeza, como tengo un rato de calma m\u00e1s largo de lo habitual esta noche, voy ha escribir un peque\u00f1o art\u00edculo al modo Burke, como si se tratara de un homenaje.<\/em><\/p>\n<p>Hace unos d\u00edas escrib\u00ed una <strong><a href=\"http:\/\/www.alpoma.net\/tecob\/?p=996\" class=\"enlaces\">breve nota<\/a><\/strong> sorprendi\u00e9ndome de lo ingenuo que se mostraba, a principios del siglo XX, el insigne qu\u00edmico <strong>Marcellin Berthelot <\/strong>quien, en un apasionado discurso, anunci\u00f3 su creencia en que el id\u00edlico a\u00f1o 2000 llegar\u00eda en medio de un mundo unido, donde la humanidad se hubiera liberado de la enfermedad y, sobre todo, de los conflictos sociales y laborales. Como <strong>socialista ut\u00f3pico<\/strong> no ten\u00eda precio su oratoria, una pena que haya llegado el tiempo marcado por el sabio y todo sigue m\u00e1s o menos igual. Ciertamente, se ha mejorado en muchos aspectos, pero la id\u00edlica situaci\u00f3n imaginada por Berthelot dista mucho de encontrarse pr\u00f3xima. Aproximadamente en la misma \u00e9poca en que el franc\u00e9s so\u00f1aba con el futuro perfecto, muchos otros socialistas ut\u00f3picos elevaban sus voces para denunciar todo tipo de situaciones sociales problem\u00e1ticas. Uno de los so\u00f1adores m\u00e1s famosos de la \u00e9poca fue <strong>Edward Bellamy<\/strong>, autor de un libro que arras\u00f3 en los Estados Unidos durante mucho tiempo y que abri\u00f3 toda una corriente de imitaciones que termin\u00f3 por inundar el mercado de novelillas ut\u00f3picas. El libro, <strong><a href=\"http:\/\/es.wikisource.org\/wiki\/Mirando_atr%C3%A1s_desde_2000_a_1887\" class=\"enlaces\">Mirando atr\u00e1s<\/a><\/strong>, nos muestra c\u00f3mo un arist\u00f3crata de 1887 entra en un profundo trance del que no saldr\u00e1 hasta el a\u00f1o 2000, cuando despierta y observa con pasmo c\u00f3mo el planeta vive en plena utop\u00eda socialista. <\/p>\n<p>El \u00e9xito en las letras parece que era cosa de familia porque, por ejemplo, un primo de Edward fue el autor del conocido <strong><a href=\"http:\/\/history.vineyard.net\/pdgech0.htm\" class=\"enlaces\">Juramento de Lealtad<\/a><\/strong>. Se trataba de <strong>Francis Bellamy<\/strong>, tambi\u00e9n socialista y, adem\u00e1s, ministro baptista, que decidi\u00f3 crear el famoso texto que empieza con la frase \u00abJuro lealtad a mi bandera&#8230;\u00bb y que tantas veces hemos visto reflejado en el cine estadounidense. El texto caus\u00f3 tal impacto que, gracias a la intervenci\u00f3n del presidente <strong>Benjamin Harrison<\/strong>, se recita en los colegios p\u00fablicos de ese pa\u00eds desde 1892. Curiosamente, durante d\u00e9cadas se levantaba el brazo derecho a la hora de recitarlo. Hoy nos chocar\u00eda mucho ver un grupo de colegiales muy formales pronunciando el Juramento en voz alta y con el brazo en alto, pero en su \u00e9poca nadie consideraba tal signo como fascista, sobre todo porque al fascismo le faltaba bastante para nacer. Actualmente la gente que lo recita suele llevar la mano al pecho, pero a nadie se le ocurre levantar el brazo. <\/p>\n<p>El presidente Harrison era nieto, a su vez, de otro presidente, el ef\u00edmero <strong><a href=\"http:\/\/www.whitehouse.gov\/history\/presidents\/wh9.html\" class=\"enlaces\">William Henry Harrison<\/a><\/strong>. No es exagerada esta afirmaci\u00f3n, no porque su labor de gobierno fuera leve, sino porque ni siquiera tuvo tiempo de llevar a cabo tarea alguna. William hab\u00eda sido militar y pol\u00edtico durante d\u00e9cadas, hasta resultar elegido como presidente de la Uni\u00f3n en 1841. Como h\u00e9roe de la batalla de Tippecanoe, dese\u00f3 en su discurso de investidura repasar toda su carrera y, c\u00f3mo no, mirar al futuro. En un d\u00eda soleado, mirando al p\u00fablico desde el podio, con la ciudad de Washington espectante, se entiende que el nuevo presidente quisiera saborear el momento. Pero no, el d\u00eda del discurso ni era c\u00e1lido ni soleado, no invitaba m\u00e1s que a pronunciar unas breves palabras y nada m\u00e1s. Con <strong>un fr\u00edo que helaba hasta el tu\u00e9tano y una humedad desazonante<\/strong>, al bueno de William no se le ocurri\u00f3 otra cosa que estar de pie durante casi dos horas leyendo su discurso, sin abrigo. No debe extra\u00f1ar que, tras semejante acto de desaf\u00edo contra los elementos, el nuevo presidente apenas durara un mes con vida. Al principio s\u00f3lo parec\u00eda un resfriado, luego se convirti\u00f3 en pulmon\u00eda y, finalmente, ya no hubo remedio. No se sabe si la temeraria acci\u00f3n de leer el discurso en medio de un d\u00eda de perros tuvo algo que ver con la enfermedad que seg\u00f3 su vida en apenas unas semanas, pero probablemente afect\u00f3 negativamente a la salud del mandatario que no tuvo tiempo de apenas nada porque, para colmo, no le dejaron en paz en las jornadas siguientes, siempre de reuni\u00f3n en reuni\u00f3n. <\/p>\n<p>Se estima ahora que fue un <strong>virus del resfriado com\u00fan<\/strong> lo que mat\u00f3 a William Henry Harrison, posiblemente en compa\u00f1\u00eda de un r\u00e9gimen de vida con demasiadas tensiones y, claro est\u00e1, del episodio del d\u00eda del discurso. La apretada agenda del presidente estadounidense con el mandato m\u00e1s corto de la historia finaliz\u00f3 radicalmente por culpa de algo tan supuestamente inofensivo como un resfriado. Esta enfermedad, que ha acompa\u00f1ado a la humanidad desde siempre, fue descrita y estudiada desde muchos enfoques antes de que se descubrieran los virus causantes del mal. Precisamente, otro pol\u00edtico estadounidense, el \u00ednclito <strong>Benjamin Franklin<\/strong>, estudi\u00f3 diversas formas para prevenir los resfriados, llegando a sugerir, acertadamente, que aquello que causaba el mal, se transmit\u00eda por el aire. No debe extra\u00f1ar el buen tino de Benjamin, a fin de cuentas, su labor cient\u00edfica era met\u00f3dica y ha sobrevivido al paso de los siglos. Lo que m\u00e1s se recuerda de esta labor es el celeb\u00e9rrimo <strong>experimento con una cometa y una llave met\u00e1lica<\/strong> con el que, en medio de una tormenta, demostr\u00f3 que en la atm\u00f3sfera existe electricidad. Tomando precauciones, el pol\u00edtico pens\u00f3 en todo y, claro, decidi\u00f3 aislarse de forma adecuada para evitar ser electrocutado.<\/p>\n<p>Otros no tuvieron tanta suerte. Al otro lado del mundo, en Rusia, alguien intent\u00f3 reproducir el experimento de Benjamin en 1753. Por desgracia,  <strong>Georg Wilhelm Richmann<\/strong> no tom\u00f3 tantas precauciones. No habr\u00e1 que imaginar mucho para deducir lo que sucedi\u00f3. La descarga el\u00e9ctrica producida durante el experimento confirm\u00f3 las tesis de Franklin y, de paso, <strong>se llev\u00f3 la vida de Richmann por electrocuci\u00f3n<\/strong>. Uno de los m\u00e1s pr\u00f3ximos colaboradores del m\u00e1rtir de la electricidad era<strong> Mikhail Lomonosov<\/strong>, persona m\u00e1s cercana a ser una enciclopedia viviente que otra cosa. Destacados fueron sus estudios hist\u00f3ricos, pol\u00edticos, literarios y cient\u00edficos. Adem\u00e1s de descubrir que Venus tiene atm\u00f3sfera, Lomonosov tuvo tiempo de realizar importantes estudios geogr\u00e1ficos y, adem\u00e1s, escribir poemas y descubrir la ley de conservaci\u00f3n de la materia, tal y como confi\u00f3 a Euler en junio de 1745. Aunque fue Lavoisier quien enunci\u00f3 la famosa ley, parece correcto referirse a ella como Ley de Lomonosov-Lavoisier.<\/p>\n<p>Hablando de muertes tr\u00e1gicas, despu\u00e9s del gran catarro del presidente Harrison y la electrocuci\u00f3n de Richmann, nada mejor que una decapitaci\u00f3n para completar el cuadro de los horrores. Como es bien conocido, <strong>Lavoisier perdi\u00f3 la cabeza en la guillotina<\/strong>, acusado de ser enemigo del pueblo, tras un juicio de pantomima. Se llev\u00f3 as\u00ed el Terror revolucionario la vida de uno de los m\u00e1s insignes qu\u00edmicos de la historia. Muy dura fue a partir de entonces la vida de su bella esposa, <strong>Marie-Anne Pierrette Paulze<\/strong>, que con devoci\u00f3n hab\u00eda ayudado decisivamente al genio en su trabajo. Tan traum\u00e1tico episodio marc\u00f3 su esp\u00edritu y, aunque tiempo despu\u00e9s, en 1805, se cas\u00f3 con <strong>Benjamin Thompson<\/strong>, conde de Rumford, su car\u00e1cter se hab\u00eda endurecido tanto que tal enlace no dur\u00f3 demasiado, la convivencia entre ellos se convirti\u00f3 en un infierno. No se olvide que el conde tambi\u00e9n era cient\u00edfico, y no precisamente uno que haya dejado poca huella en la historia. Nacido en norteam\u00e9rica, la suerte le sonri\u00f3 cuando se cas\u00f3 con una rica heredera pero, cosas de las decisiones en tiempos de crisis, decidi\u00f3 apoyar a la corona inglesa en medio de la revoluci\u00f3n americana. El nacimiento de los Estados Unidos coincidi\u00f3, por ello, con una huida llena de aventuras, terminando su viaje en Europa, donde desarroll\u00f3 su carrera cient\u00edfica. Por cierto, como va siendo <strong>hora de cerrar el c\u00edrcul<\/strong>o, no queda m\u00e1s que decir que Thomson fue galardonado en 1792 con la <strong>Medalla Copley<\/strong> que otorga la <em>Royal Society<\/em> de Londres a quien, seg\u00fan esta organizaci\u00f3n, sea merecedor del m\u00e1s alto honor por su labor cient\u00edfica. Precisamente, m\u00e1s de un siglo despu\u00e9s, <strong>el ut\u00f3pico Berthelot recibi\u00f3 el mismo premio<\/strong>, all\u00e1 por 1900, poco antes de que pronunciara el c\u00e1ndido discurso que ha motivado este art\u00edculo a modo e imitaci\u00f3n de James Burke aunque, claro est\u00e1, sin llegar a la suela de los zapatos del divulgador brit\u00e1nico.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<div class=\"mh-excerpt\"><p>Investigaci\u00f3n y Ciencia, la versi\u00f3n en castellano de Scientific American, public\u00f3 durante un tiempo una columna mensual bajo el t\u00edtulo Nexos. 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