La escalera de Jacob

No me referiré aquí a la bíblica escalera del Génesis, por la que se decía que circulaban los ángeles en su trasiego entre los cielos y la Tierra, soñada por Jacob. Nada de eso, la escalera que visita hoy TecOb, aunque lleve el mismo nombre, no es celestial, pero tiene su gracia. Ante todo, hay que situarla. Siempre me han gustado las islas remotas, no las típicas islas que atraen turistas y que están llenas de hoteles y demás industrias de ocio. De hecho, los “paraísos” de veraneo no me atraen nada, a mí lo que me va son las islas lejanas y, hasta cierto punto, incómodas. No llegaré al extremo de recomendar una visita a la Isla Inaccesible, pero si lo que uno busca son paisajes desolados, solitarios pero a la vez grandiosos, nada como viajar las Islas Subantárticas o al puñado de islas que habitan el Atlántico Sur, en medio de la nada.

Entre todos esos pedazos de tierra emergida que habitan el Atlántico destaca uno, sobre todo por su historia. Se trata de Santa Helena, Territorio de Ultramar del Reino Unido, entre África y América, famosa por cierto visitante forzoso que teminó allí sus días. No se puede decir que tan lejano emplazamiento haya tenido muchas visitas ilustres a lo largo de su historia. De paso estuvo Darwin, durante su histórico viaje a bordo del Beagle, alojándose en una casa construída cerca de la tumba de otro famoso personaje histórico. Cierto es que hoy esa tumba se encuentra vacía, pues los restos que albergó durante bastantes años se encuentran ahora en París, pero no por ello deja de ser una de la atracciones “turísticas” más famosas de Santa Helena aunque no vaya a pensarse que las multitudes se acercan a tan inhóspito lugar, más bien se trata de un punto rojo en el mapa, marcado para aventureros y románticos.

La mayoría ya habrá adivinado el nombre del personaje. Gracias a lo inaccesible de la isla, Santa Helena ha servido de prisión inexpugnable para algunos prisioneros famosos, como Napoleón Bonaparte. El Emperador ya tenía experiencia en huídas sorprendentes, como su regreso a Francia desde Elba, así que las potencias europeas no estaban dispuestas a dejar escapar otra vez al corso. Napoleón vivió exiliado en Santa Helena desde 1815 hasta su muerte, acaecida en 1821.

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Tumba de Napoleón en Santa Helena. Sus restos se trasladaron a París en 1840.

Personalmente, a pesar de toda la carga histórica que tienen hoy la vieja tumba y la casa en que vivió Napoleón, pienso que el gran atractivo de la isla es su naturaleza misma, volcánica y salvaje, su relación tormentosa con el océano y la vegetación a la que da vida, además de otros detalles curiosos que siempre me llamaron la atención, como la dichosa escalera. La capital de Santa Helena es Jamestown, una pequeña ciudad que tiene como característica fundamental el situarse entre dos acantilados muy pronunciados. El aspecto de trinchera que tiene el conjunto es ciertamente inquietante.

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Jamestown en 1863.

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Jamestown en la actualidad.

Obsérvese el trazado rectilíneo que asciende audazmente por uno de los acantilados, casi en vertical. A lo lejos no puede distinguirse de qué se trata, hay que acercarse mucho para descubrir que, en realidad, no es un camino o una grieta, es una escalera, la Escalera de Jacob.

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Jamestown en 1863.

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La Escalera de Jacob en la actualidad.

Como puede verse, subir el acantilado por la escalera no es algo recomendable para quien tenga miedo a las alturas. Se construyó en 1829 para enlazar la ciudad de Jamestown con lo más alto del acantilado, Ladder Hill, que traducido viene a ser como la colina de la escalera. Arriba, dominando el océano, había una guarnición en permanente vigilancia. ¿Se imagina alguien subiendo a toda prisa por el acantilado a un grupo de soldados desde la ciudad? Hoy, en lo alto, hay todo un barrio, pero la gente no sube por la escalera, a no ser que se trate de turistas, porque puede accederse a través de una carretera por el sur. Dicen que cuenta con 699 escalones –si alguien se anima a subir y contarlas, que deje un comentario– y tiene más de una historia curiosa a sus espaldas.

Antes de convertirse en escalera, allá por 1875, la línea ascendente había servido como raíl para una especie de ferrocarril muy singular, formado por un entramado de cables que elevaban vagonetas, por medio de tracción animal desde lo alto, con las que se subían municiones, abastecimientos de todo tipo y, sobre todo, estiércol para los campos situados en las llanuras más allá del acantilado. No hay que pensar mucho en lo que sucedía cuando se rompía el cable y caía desde las alturas, casi a modo de lluvia, el contenido de las vagonetas sobre Jamestown.

En total, se lograba salvar un desnivel de 182 metros, gracias a una “vía” de 275 metros de longitud con unos cuarenta grados de inclinación, toda una proeza. Lamentablemente, una plaga de termitas, que llegaron a la isla con bastante hambre a bordo de un carguero en el siglo XIX, dañó la estructura de este singular medio de transporte, casi toda de madera, quedando hoy como recuerdo la Escalera de Jacob que, aunque no llega al cielo como la del Génesis, asciende a lo más alto del acantilado para permitir, a quien tenga la fuerza y las ganas de subir por ella, contemplar el Atlántico en medio de sus entrañas, entre dos continentes.

Mapa de Santa Helena | Ampliar |
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| Fuente: St. Helena Tourist Office |

Fotografías y grabados: Barry Weaver / St. Helena Virtual Library and Archive

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