Litio, manía y un error afortunado

imgLos conocidos como trastornos afectivos, o de humor, constituyen un verdadero infierno para quienes los padecen. Los enfermos con trastorno bipolar pasan por fases de euforia, manía, que puede ser incluso graciosa cuando es leve, hipomanía, pero por lo general supone episodios peligrosos para la persona, pues la actividad física y mental del maníaco puede llegar a poner en peligro su vida. Los episodios de manía, que suelen ser breves pero intensos, se alternan con graves fases depresivas. Actualmente uno de los fármacos para controlar los desórdenes bipolares que más éxito tiene es el catión litio, Li+, presentado de diversas formas. Ciertamente, el litio se ha convertido en la salvación de muchas personas que, sin su ingesta, serían completamente desgraciadas. Ahora bien, el mecanismo neuroquímico por el cual el litio logra combatir un trastorno bipolar, es desconocido. Se supone que puede sobreexcitar ciertos receptores neuronales o alterar de alguna forma los mecanismos bioquímicos relacionados con el sodio, aunque todo esto no son más que teorías.

La historia del descubrimiento de la acción terapéutica del litio es bastante extraña. Se trata de uno de esos casos en los que un error lleva a un logro que ha ayudado y ayuda a miles de personas a superar o, cuando menos, a paliar tan terribles dolencias. El litio actúa contra la condición maníaca de una manera asombrosa porque, al contrario que los neurolépticos, no produce sedación ni torna un estado eufórico en depresión. Simplemente, el litio, combate la manía para lograr un equilibrio mental que, en gran número de ocasiones, puede calificarse de plena normalidad. Ante un fármaco tan importante uno puede esperar su origen en un grupo de eminentes sabios o incluso haber sido fruto de una inversión millonaria por parte de una multinacional de la industria farmacéutica. Nada más lejos de la realidad, de hecho, las farmacéuticas no parecieron mostrar ningún interés por el litio cuando se demostró su demoledora acción contra la manía, sobre todo porque al tratarse de un elemento químico, no era patentable, con lo que los beneficios del producto no eran esperanzadores. Por ello, desde que se descubrió y se confirmó la acción terapéutica del litio, hasta que se comercializó a gran escala, pasaron bastantes años.

Bien, dicho lo anterior, habrá que poner nombre al descubridor. No podemos encontrar al “padre” de la terapia con litio entre los grupos citados, no trabajaba en una gran farmacéutica, ni siquiera era muy conocido en el ámbito científico. El doctor John Frederick Joseph Cade fue un psiquiatra australiano que logró dar con el “milagro” capaz de combatir la manía en 1948, en una época en la que la “moda” implicaba tratamientos como la terapia electroconvulsiva, o electroshock, y lobotomías. El doctor Cade decidió administrar litio a pacientes maníacos por decisión propia, tras una serie de experimentos bastante extraños y, hasta cierto punto, erróneos. Desde la primera vez que puso en marcha el tratamiento con litio en humanos, se puso de manifiesto que la idea era correcta, funcionaba, no se sabía ni se conoce la razón, pero lo cierto es que se trata de un fármaco sorprendente.

Cade trabajaba en una pequeña clínica psiquiátrica en los años cuarenta. Según su teoría, la manía era producida por alguna substancia tóxica, había algo en el ambiente, en la alimentación o en el propio cuerpo del paciente que “envenenaba” al mismo. Por otra parte, pensó que si el producto tóxico dañaba al cerebro, muy posiblemente podría localizarse en la orina del paciente. No contaba con un laboratorio bien preparado, pero se las ingenió para poner en marcha una serie de experimentos con los que poder descubrir la supuesta toxina. Recogió orina de pacientes maníacos, esquizofrénicos y de personas sanas que servirían de grupo de control. Inyectando la orina en cobayas, algunos de los animales de experimentación murieron. Por alguna razón, a Cade le pareció que la orina procedente de los enfermos era más tóxica. A falta de material de análisis adecuado para identificar al supuesto tóxico, no se le ocurrió otra cosa al psiquiatra australiano que ir probando inyecciones de substancias conocidas de la orina común, como la urea. El resultado, logicamente, fue la muerte de los animales del experimento. Además, no parecía que la concentración de urea en la orina de los pacientes fuera diferente a la de los “donantes” normales. Ante un resultado así, lo más lógico hubiera sido detener los experimentos y probar con otra hipótesis. Sin embargo, Cade no se olvidó de su primera idea y, modificando el experimento, pensó en alguna substancia que podría modificar la toxicidad de la urea, aunque ésta se encontrara en concentraciones normales en la orina.

Al doctor se le iluminó el cerebro cuando pensó en otro compuesto de la orina, el ácido úrico, como modificador de la toxididad de la urea. El problema al poner en marcha el experimento fue que el ácido úrico es de muy difícil disolución, con lo que inyectarlo en los animales se convertía en algo problemático. Forzando más la situación, buscó algo que facilitara la disolución del ácido úrico, encontrando que el litio se convertía en la herramienta ideal. Bien, había llegado la hora de inyectar la mezcla. Los cobayas reaccionaron de forma curiosa, parecían “calmados”. El urato de litio no sólo hizo que la toxicidad de la urea disminuyera, sino que parecía inducir un estado de calma muy prometedor. ¿Qué había causado tal resultado? Sólo había dos respuestas, o bien era el ácido úrico o el litio. Para lograr una respuesta, Cade inyectó a los animales carbonato de litio. El resultado fue el mismo, los cobayas se “tranquilizaron”. Exultante, pensando haber logrado un resultado importante, pasó de forma sorprendente a inyectar carbonato de litio a sus pacientes maníacos. En pocos días, logró mejoras nunca antes vistas, confirmándose así que el litio supone un arma vital a la hora de luchar contra la manía.

Parece la historia de un éxito monumental, la lucha de un solo hombre tras una idea. Sí, en cierto modo puede verse de esa forma. Lo curioso es que la orina de los enfermos de trastornos afectivos es completamente normal, no hay ningún tóxico que dañe su cerebro y, para colmo, el litio no calma a los cobayas, simplemente los atontece, así que la teoría de Cade no tenía ningún tipo de soporte en el mundo real. Sencillamente, la casualidad, hizo que el litio fuera un buen agente capaz de facilitar la disolución del ácido úrico, cosa que llevó al descubrimiento del fármaco más potente jamás conocido contra la manía.

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Más información: Drogas y cerebro. Solomon Snyder. Biblioteca Scientific American, Prensa Científica. Barcelona, 1996.
Imagen: Australian Dictionary of Biography.

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