El abuelo Darwin

erasmus_darwinCharles Darwin falleció a los veinte años de edad el 15 de mayo de 1778. El chaval era un prometedor estudiante de medicina en la Universidad de Edimburgo. Tanta pasión depositaba en el aprendizaje de las artes médicas que terminó por costarle la vida. A finales de abril de aquel año se encontraba practicando la autopsia de un niño hidrocefálico al que había atendido en vida. Mientras diseccionaba atentamente el cerebro del niño, concentrado en observar todos los detalles que pudiera, se cortó con una de las afiladas herramientas. Parecía poca cosa, pero aquello le llevó a la tumba, muy probablemente aquejado de meningitis.

Ahí finalizó la prometedora carrera de Charles Darwin. Su hermano, Erasmus Darwin, tampoco terminó muy bien. Era abogado, muy dado al desorden y a olvidarse de pagar las cuentas. Las deudas que contraía solían ser abonadas por su padre que, al cabo de un tiempo, terminó cansado de soltar dineros por culpa del despiste crónico de su hijo. A raíz de una discusión entre padre e hijo, Erasmus cayó sumido en un ataque de desesperación que le llevó a tirarse desde lo alto de un puente. Murió ahogado en un río.

Ese fue el triste final de Erasmus y Charles Darwin. Lo curioso del caso es que tanto Erasmus como Charles han pasado a la historia de la ciencia, sobre todo el segundo, por su brillo sin igual. Pero, claro, no se trató de los infortunados hermanos, sino de un abuelo y un nieto. El padre del futuro médico a quien una autopsia le costó la vida y del picapleitos metido en mil líos era el gran Erasmus Darwin. Su nieto, Charles Darwin, es ese a quien todos conocemos por ser una las mentes más brillantes de la historia de la humanidad. El abuelo Erasmus se casó con Mary Howard a finales de 1757. Ella era una jovencita de 18 años de edad que tuvo como fruto de su matrimonio cinco hijos. Por desgracia, o puede que por fortuna, no llegó a ver cómo dos de ellos terminaban tan mal, pues falleció con apenas 30 años. De los cinco vástagos, sólo Robert Waring, padre a su vez del gran Charles Darwin, llegó a tener una vida larga y próspera. El resto de los hermanos que me faltan por citar, Elizabeth y William, Alvey apenas vivieron unas semanas. Robert Waring bautizó a dos de sus dos hijos con el nombre de sus hermanos fallecidos, Charles y Erasmus, de ahí, otra vez, el lío.

El abuelo de Charles Darwin, Erasmus Darwin, fue un hombre de excesos en todos los sentidos de la palabra, además de brillante y cautivador. Nacido en 1731, fue el hijo menor de un matrimonio acomodado. Su padre era un abogado de éxito y durante su infancia vivió tranquilo en la propiedad familiar, Elston Hall, junto con sus hermanos. Pero, a pesar de vivir en el campo, en un ambiente rural, a Erasmus lo que le llamaba la atención desde que era un infante era meterse donde no le llamaban. Y, no, nada que ver con ser un cotilla, lo que deseaba era saber cómo funcionan las cosas. Por ello no resultará extraño que siempre estuviera ideando máquinas de todo tipo. Su sed de conocimiento era tan grande como su apetito por los buenos dulces. No le hacía ninguna gracia cualquier tipo de actividad que conllevara esfuerzo físico. Acampar, pasear por el bosque, ir de pesca y todo ese tipo de cosas tan típicas de la vida campestre, eran para él sinónimo de aburrimiento y huía de ellas todo lo que podía. Creció rodeado de libros y dulces, por lo que no tardó en tener figura oronda. No paraba de comer, ya fueran carnes de todo tipo, dulces, panes… lo que fuera. En cuaresma también comía carne. Ante las críticas de sus compañeros y familia solía afirmar que, a fin de cuentas, la carne también era vegetal pues tal cosa habían comido los corderos y los pollos. Así se destapó Erasmus como infinito degustador de comidas y crítico con las normas religiosas, a las que no dejó de ridiculizar. Su carácter, siempre dado a la crítica alegre y el sarcasmo, creció en ingenio tanto como lo hizo su barriga. Una panza que se acomodaba en un hueco especial de su mesa, diseñada precisamente para poder comer a gusto.

Erasmus estudió medicina en Edimburgo, donde aprendió que siempre había que tratar a cada paciente de forma muy personal, incluso cobrando según la capacidad económica de cada cual. Era buen médico, sin duda, amable y siempre atento, sobre todo con las mujeres, otra de sus grandes pasiones. Tras pasar por Nottingham sin pena ni gloria, acabó como médico en Linchfield. La fortuna le acogió desde el primer momento pues pudo salvar de la muerte a un joven al que todos habían desahuciado. El paciente pertenecía a cierta familia con gran influencia y eso le abrió las puertas de las grandes casas.

Como ya he comentado, la pobre Mary, su esposa, falleció muy pronto. Ese hecho hizo que Erasmus, ya siendo médico de gran éxito, se dedicara a desarrollar su pasión por las máquinas, la ciencia y… las mujeres. Lo del comer hubo de moderarlo un poco por motivos de salud, pero tampoco es que se convirtiera en alquien frugal, ni mucho menos. Cuando me documentaba para mi novela El viaje de Argos, sobre todo para el capítulo en el que aparecen mencionados los miembros de la Sociedad Lunar de Birmingham, esa especie de club social en el que se gestó la Revolución Industrial, me llamó especialmente la atención la figura de Erasmus. Como buen “lunático”, compartió conocimientos y tertulias con otros grandes de su época como James Watt, William Murdock, Josiah Wedgwood, Samuel Galton o Joseph Priestley, entre muchos otros. Claro que, además de hablar, comer y beber, diseñar máquinas y soñar con un futuro distante, aquellos encuentros sirvieron para crear lazos de familia. Por ejemplo, una hija de Wedgwood se casó con Robert, el hijo de Erasmus, siendo padres del gran Charles Darwin.

La muerte de Mary le llevó a explorar otros mundos femeninos. Tuvo dos hijas ilegítimas con una de sus amantes, unas niñas a las que, lejos de repudiar, acogió y educó en su casa. Es más, las “amigas” de Erasmus pasaban por allí y el ambiente era de lo más distendido, por decirlo de alguna manera. Sí, Erasmus era un tipo orondo y de figura más bien desagradable a la vista, pero era tan genial, divertido y cariñoso que tenía un éxito increíble con las mujeres. Llegados a 1780 Erasmus se casó con Elizabeth Poole, su amante durante varios años, una relación mantenida a escondidas pues ella estaba casada. La muerte de su marido facilitó el nuevo casamiento, con Erasmus, cosa que llamó mucho la atención. Imaginemos, el grueso y divertido Erasmus, también famoso por su sinceridad brutal y descarnada que tanto molestaba a los “señores”, estaba llevando al altar a una chica que hoy día no dudaríamos en considerar como una preciosa modelo. Aquello sorprendió mucho. Ella gozaba de buena posición y pretendientes no le faltaban pero prefirió a su amigo Erasmus. Él tenía algo que el resto no podía darle: ingenio y buena conversación.

Erasmus y Elizabeth cambiaron de aires y fueron a vivir a una casa de campo, alejados del ruido de la ciudad y, claro está, de nuevas tentaciones carnales para el abuelo de Charles Darwin. El matrimonio tuvo por fruto cuatro hijos y tres hijas. Con familia numerosa, pues también convivían con ellos sus otras dos hijas ilegítimas, decidieron finalmente acomodarse en una gran casa en Derby, donde Erasmus daba forma escrita a sus pensamientos y, a la vez, ejercía como médico ya muy famoso. El resto de su vida, hasta su fallecimiento en 1802, fue muy floreciente. Erasmus no estaba quieto, en el sentido intelectual de la palabra, claro está. Hizo contribuciones a la botánica, era un poeta reconocido, sus máquinas sorprendían a todos, como cierto artilugio que imitaba la voz humana. Le apasionaban los fósiles y las curiosidades de gabinete, soñaba con máquinas capaces de alumbrar un futuro prometedor para humanidad.

Entre tantas ideas, a Erasmus se le ocurrió algo genial. La vída evoluciona, cambia, muta con las edades y eso le llevó a ser el primer “lamarkista”, incluso antes de que Jean Baptiste de Lamarck formulara sus ideas sobre la herencia de los caracteres adquiridos. Sí, el abuelo de Charles Darwin fue el primero que puso en negro sobre blanco una serie de ideas que venían a ser algo así como una primera teoría de la evolución “lamarkiana”. Erasmus, además, pensaba que la evolución era el motor de toda la vida, una especie de mecanismo dejado ahí por el creador. El orondo doctor pensaba que Dios había creado las leyes naturales, pero no intervenía desde aquel primer instante, dejando todo a partir de entonces a merced de la mecánica de la naturaleza. Y, la evolución, era la madre de todos los seres vivos, incluyendo a los humanos, cosa que le llevó a chocar con los clérigos de su entorno, a los que criticaba sin piedad. Si bien Erasmus Darwin fue el primero en intentar dar una imagen sistemática y científica de la idea de evolución, tampoco fue mucho más allá. Puede que no le hicieran mucho caso porque, además de ser la evolución una idea extraña por entonces, resulta que el medio elegido para ser transmitida no era el más adecuado para llegar muy lejos. Erasmus estaba empeñado en difundir sus ideas en forma de poesía épica, ¿se puede ser más original (o excéntrico)? Sus poemas alcanzaron gran predicamento y hasta Jorge III, a quien trató como médico, estuvo a punto de otorgarle una distinción por ellos, hasta que alguien le comentó que al poeta no le hacían gracia ni los reyes ni las monarquías.

En su tiempo Erasmus llegó a ser considerado como uno de los mayores sabios de Europa. Le llegaban mensajes de muchos lugares lejanos pidiendo consejo, se acercaban a su casa grandes personajes buscando ideas y conversación. Llama la atención que, a pesar de haber podido ir a Londres para medrar en política, siempre rechazó tal cosa prefiriendo vivir en provincias, lejos de los centros de poder. La estampa del abuelo de Darwin era realmente singular, su feo aspecto físico no le impidió ser la estrella de reuniones y fiestas, era tartamudo, pero a pesar de ello cautivaba al hablar, odiaba el alcohol y además era muy bueno ideando máquinas. ¿Extraña acaso que tuviera tanto éxito con las mujeres? Como médico rural aprendió a observar donde otros no lo hacían, y de ahí surgió su fascinación por todo lo que le rodeaba. No sólo observaba, sino que escuchaba con atención, cualidad poco común. Nunca dejaba una idea sin ser sometida a un estudio profundo.

Erasmus diseñó un pájaro mecánico movido por aire comprimido, una máquina para copiar documentos y diversos tipos de molinos de viento, generadores eléctricos y otros aparatos, muchos de los cuales fueron patentados por otras personas pues él mismo no tenía ningún interés en explotar esas ideas comercialmente. Sus libros comenzaron a difundirse sin medida. Aunque escritos como poemas, mucha gente lo que buscaba en ellos eran las numerosas notas al pie, en las que Erasmus describía todo tipo de nuevas ideas sobre botánica e Historia Natural. Es curioso, llegó a convertirse en el poeta más famoso de Inglaterra gracias a una obra como The Botanic Garden. Su segundo libro, Zoonomia, era un tratado médico singular en el que hablaba sobre el origen de las enfermedades y en el que aparecen sus ideas sobre la evolución. Para Erasmus, la materia viva tiende hacia la complejidad y la perfección, por ello las especies cambiam a lo largo de los tiempos en una eterna lucha por la supervivencia. De hecho, se atrevío a postular que la morfología de cada especia viene dada por su historia, una trayectoria en la que cada individuo ha debido luchar por satisfacer sus apetitos, ya fueran éstos de comida, refugio o el deseo sexual. Estos apetitos podían modificar la forma del individuo y, si ese cambio era favorable para la supervivencia, se transmitiría a su descendencia. Ah pero, escribir sobre aquello era problemático, más que nada porque la convicción religiosa de su tiempo convenía en que las especias siempre habían sido las mismas y no cabía evolución posible. Para evitar problemas, Erasmus trufó sus poemas con alusiones aquí y allá a un Dios creador, ese mismo al que él consideraba como el que puso en marcha el “reloj” del universo para luego abandonarlo a su suerte. Charles Darwin no llegó a conocer a su abuelo Eramus y, sin embargo, algo de él debió de servirle, sin duda, de inspiración pues su influencia en la familia siempre estuvo presente.

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