La escafandra estratonáutica

Escafandra La historia de la ciencia y la tecnología guarda joyas ocultas que, de vez en cuando, conviene desempolvar, no vaya a ser que caigan en el más absoluto de los olvidos. Es el caso de Emilio Herrera Linares quien, de haber nacido en otro lugar o haber vivido situaciones más propicias, sería hoy recordado como uno de los padres de la astronáutica o, al menos, como osado pionero de talla mundial. Emilio nació en Granada, allá por 1879 y, con lo años, se convirtió en un apasionado de la ciencia, la aviación y el espacio. En una época en la que los aviones hacía poco que habían nacido, hacían falta héroes del aire, capaces de surcar los cielos con aquellos peligrosos cacharros. El intrépido Herrera, como militar del Ejército Español, participó en varios concursos internacionales de aviación y se atrevió a convertirse en una de las primeras personas en cruzar el Estrecho de Gibraltar volando con un aparato más pesado que el aire, cosa que sucedió en 1914.

Pero la atmósfera terrestre parecía quedarse pequeña para su gran espíritu aventurero. Así, Emilio Herrera pensó en el espacio, en cómo navegar por las porciones más altas de nuestra envoltura gaseosa y, quizá, más allá. Se convirtió así en promotor de centros de investigación como la Escuela Superior de Ingeniería Aeronáutica y llegó a colaborar con otros genios de la ingeniería y la ciencia de España como Leonardo Torres Quevedo o el padre del autogiro, Juan de la Cierva.

Sin embargo, la situación política española iba a devolver los sueños de Herrera al nivel del suelo. Aunque durante la Segunda República se mostró partidario de políticas conservadoras, al comenzar la Guerra Civil decidió permanecer leal al gobierno republicano y, por tanto, llegó a ocupar diversos puestos en el ejército de la República, llegando incluso a ser ascendido a general. Lo que sucedió después puede imaginarse sin mucho esfuerzo. Exiliado en Francia, siguió investigando en asuntos aeronáuticos y publicando artículos divulgativos y, pocos años antes de fallecer, en 1967, formó parte del gobierno republicano en el exilio.

¿Qué hubiera sucedido si el gran experimento de Emilio Herrera se hubiera llevado a buen término? Muy sencillo, hoy sería considerado como la persona que “inventó” el traje espacial. Estamos acostumbrados a contemplar escenas de astronautas que, protegidos con sus orondas vestimentas espaciales, se enfrentan a las duras condiciones del vacío cósmico pero, en general, a pocas personas se les ocurre pensar lo complicado que puede llegar a ser el diseño y construcción de uno de esos trajes. Emilio ya pensaba en eso en la década de los treinta del siglo pasado.

El comienzo de la Guerra Civil abortó el vuelo de prueba del invento más atractivo de Herrera, la escafandra estratonáutica. Se contruyó tal “traje espacial” en la Escuela de Mecánicos del aeródromo militar de Cuatro Vientos. La idea original era sencilla, pero audaz, a saber, simplemente había que realizar una ascensión en globo libre con más de 26.000 metros cúbicos de capacidad. Tal globo, fabricado por el Regimiento de Aerostación de Guadalajara, con barquilla abierta y un ocupante vistiendo la escafandra, podría alcanzar alturas elevadísimas, allá donde prácticamente la atmósfera empieza a confundirse con el espacio vacío que hay más allá de la misma.

El “traje” era ingenioso, consistía en una cobertura completa de caucho impermeable al aire que embutíría al explorador por completo, salvo en la cabeza. Sobre esta primera capa, aparecía otra de tela resistente y otra de hilos de acero y chapas de duraluminio. Para poder utilizarse necesitaba estar articulado, para lo que contaba con un ingenioso sistema de juntas que permitían la movilidad de los miembros de quien lo utilizara sin peligro de pérdida de presión interna. Para la cabeza, un casco de acero con diversas capas protectoras y un visor frontal formado por filtros ultravioleta y de infrarrojos.

Se realizaron diversas pruebas positivas con la escafandra, a diferentes presiones, probando el sistema de respiración, la movilidad, el mecanismo de calefacción interna, la estanqueidad, en cámaras de vacío, con diversos rangos de temperatura, llegándose cerca de los 80º bajo cero… ¡Una maravilla! Las pruebas resolvieron que, de ser utilizada en una misión real, podría haber sido empleada en vuelos estratosféricos a unos 18 kilómetros de altura sin riesgo para quien se encontrara en su interior. Lo ideal, claro está, era volar con ella, pero la realidad, la guerra, puso fin al sueño de Emilio Herrera Linares. Sólo décadas más tarde se desarrollaron sistemas similares al suyo que, esta vez, llegaron a los vuelos de gran altura y, más tarde, perfeccionados, originaron los trajes espaciales hoy conocidos. Pero eso sucedió en otras tierras y en otras circustancias, lejos de España y sin recordar el ingenio de aquel pionero granadino.
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Más información: Archivo Digital Emilio Herrera Linares
Imagen: La escafandra estratonáutica de Emilio Herrera. Astronautix

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