Papel ácido

Viejo libroA pesar de todo lo que se contó hace años acerca de la oficina sin papeles y de la próxima decadencia del uso del papel, resulta que no, tenemos papel para dar y tomar, papel de todos los tipos y colores, empaquetados de cartón, etiquetas por todas partes y, por supuesto, libros. No puede decirse que haya triunfado, ni de lejos, el cúmulo de formatos para libros electrónicos. No hemos ahorrado gran cosa en papel, a pesar de las campañas ecologistas y, para colmo, los papeles “alternativos”, léase ecológicos, no son considerados por muchos como una opción útil en muchos casos.

El planeta devora papel cual monstruo insaciable, pero al menos, actualmente, el empleo de papel ácido ha caído en decadencia. ¿Qué problema tiene el papel ácido? Muy sencillo… ¡se come a sí mismo! Con el tiempo, desaparece, se pierde la información en él contenida, no es un soporte deseable para dejar una herencia literaria, por ejemplo. Durante siglos, como una de las marcas de la “casa”, Occidente ha acumulado papeles de todo tipo. Tratados comerciales, declaraciones de guerra, listas de la compra, todo un mundo de papeles que, siglo tras siglo, se fabricaban a partir de trapos. Los antiguos pergaminos, los papiros y el papel elaborado en Europa a partir de fibras textiles, puede considerarse como mucho más duradero que el papel ácido, que se introdujo masivamente a mediados del siglo XIX.

Así, hoy se pueden encontrar en archivos de medio mundo, en aceptable estado de conservación, cartas o documentos redactados en los siglos XVI, XVII o XVIII, mostrando un aspecto de lo más saludable. En cambio, miles de libros y otros contenedores de información, fabricados en papel ácido, literalmente se están haciendo polvo ante nuestras narices. Los viejos papeles, a base de trapos fabricados con lino, cánamo y otras fibras vegetales, blanqueados también con productos de origen natural, han aguantado bien el paso del tiempo. Lamentablemente, en el siglo XIX, se introdujo la producción a gran escala de papel a partir de pasta de madera y blanqueado con ácido clorhídrico. A qué negarlo, la apariencia de este papel era y es inmejorable, una preciosidad, cuando es nuevo, claro. Junto a los blanqueadores ácidos, el uso de colas de apresto, también ácidas y el exceso de lignina, que con el tiempo vuelve al papel muy frágil y amarillento, crean un material que no aguanta el paso del tiempo.

Hoy se substituye paulatinamente al papel ácido por otro libre del mismo, pero el daño ya está hecho. Millones de libros, algunos de ellos únicos, presentes en archivos y bibliotecas de todo el planeta se han desintegrado literalmente, otros se han degradado hasta el punto en que la tinta ya no se distingue en muchas páginas. Existen algunos métodos (PDF) para paliar el efecto del ácido en el papel, pero no se pueden aplicar a gran escala y, para muchos ejemplares, se llega tarde. El material impreso desde mediados del XIX hasta el realizado en gran parte del XX, va camino, de este modo, a la desaparición total, mientras olvidadas cartas manuscritas del siglo XVI, por ejemplo, se ríen del tiempo gracias a su capacidad de aguantar año tras año sin sufrir daños.

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Más info: ¡Archívese!, Ramón Alberch Fugueras y José Ramón Cruz Mundet. Alianza Editorial, Madrid, 1999. ISBN: 84-206-3967-2.

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