Los Fuertes de Maunsell

Causaba terror, con razón, la posibilidad de una invasión de Gran Bretaña por parte del ejército nazi. Podía ser por aire o por mar, eso era lo de menos, se trataba de una posibilidad tan real que el gobierno británico decidió blindar su territorio. Todos conocemos la historia, la aviación alemana, superior en número y, en teoría, en tecnología, se chocó con un muro compuesto por pequeñas escuadrillas de spitfire pilotados por arriesgados pilotos que, a pesar de su inferioridad numérica, fueron capaces de parar a la luftwaffe en la Batalla de Inglaterra. Por otra parte, a pesar de lo impresionantemente destructivas que podían ser, la lluvia de ingenios V1 y V2 sobre Inglaterra, en realidad, fue más una acción de represalia que la preparación de una invasión. Cuando Hitler puso los ojos en su “amigo” Stalin y volcó su loca pasión bélica hacia el frente del este, los británicos pudieron respirar un poco.

¿Qué sucedía con el mar? Sí, los aviones alemanes no lograron sus objetivos -en eso los británicos tendrán también que estar eternamente agradecidos al radar– pero ¿era todavía posible una invasión por el mar? Como tal posibilidad podía convertirse en una pesadilla real, se decició fortificar la costa. De esta idea surgieron algunas de las más curiosas construcciones marítimas del mundo, los Fuertes de Maunsell, llamados así en honor a su diseñador, Guy Maunsell, ingeniero civil que recibió el encargo militar para su diseño.

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Localizados en los estuarios de los ríos Támesis y Mersey, sirvieron para propósitos militares, tanto de la marina como del ejército británicos hasta los años cincuenta. Los fuertes del Támesis, cuatro en total, operados por la Royal Navy, son imponentes estructuras metálicas elevadas sobre el nivel del mar a través de dos gigantescos pilares cilíndricos. Con su blindaje contra la artillería de los barcos alemanes y equipados con armamento antiaéreo, cumplieron la función de línea de defensa contra la flota nazi, sobre todo contra la colocación de minas y, además, al ser dotados de radares, sirvieron de cortina defensiva de alerta temprana contra incursiones de la aviación alemana.

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Por su parte, las torres defensivas más pequeñas situadas en los estuarios de los dos ríos citados, construidas a modo de grandes casamatas blindadas, con radar y antiaéreos sobre una especie de trípodes metálicos, constituyeron un magnífico sistema de defensa contra los aviones del eje. Con el fin de la guerra, estas estructuras fueron olvidadas y abandonadas poco a poco, siendo hoy una especie de fantasmas metálicos que surgen de las aguas como recuerdo de tiempos peligrosos y, de vez en cuando, todavía son utilizadas por algunos artistas o como plataformas para repetidores de radio e, incluso, han sido la base “real” de países inexistentes, como Sealand.

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