El otro Leonardo

Cuando jugamos al ajedrez contra los desalmados contrincantes computerizados de nuestros ordenadores o juegos de mesa, estamos utilizando una versión muy mejorada de uno de los inventos más curiosos de un hombre genial. Al igual que da Vinci, también se llamaba Leonardo, e igualmente fue un inventor sobresaliente. Una de sus más afamadas máquinas jugaba al ajedrez hace ya casi un siglo. Leonardo Torres Quevedo nació en la pequeña aldea de Santa Cruz de Iguña, del cántabro municipio de Molledo, en 1852.

Se formó en Bilbao y París, instalándose con su familia en Madrid en el año 1870. Un año después inició estudios en la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, finalizándolos en 1876. Durante pocos meses ejerció su profesión, abandonándola para dedicarse a viajar por Europa y regresar al valle de Iguña, donde se casó con Luz Polanco Navarro en 1885. Poco tiempo después se trasladó con su esposa a Madrid, donde vivió ya hasta su muerte, acaecida en 1936, dedicado a la invención. Su gran imaginación aplicada a las máquinas se vio recompensada a través de múltiples patentes que abarcan desde la aerostática y los temas ferroviarios a los sistemas de comunicación y ocio. Algunas de sus invenciones constituyeron novedades impactantes dentro de la ciencia mundial de su tiempo. Leonardo hizo muchas aportaciones en el campo de las máquinas calculadoras analógicas. Estos mecanismos, a los que llamó máquinas algebraicas, fueron presentados en 1893 ante la Academia de Ciencias de Madrid. El suceso fue calificado como algo extraordinario en los anales de la ciencia española. Esta primera máquina era capaz de resolver complejas ecuaciones numéricas de varios grados.

Lo más impresionante de las máquinas algebraicas de Torres Quevedo es que, además de funcionar perfectamente, las diseñara y construyera al margen de la comunidad científica internacional, casi sin conocimiento de los detalles sobre máquinas similares precedentes. En 1895 y 1900 presentó ante la Academia de Ciencias de París sus conclusiones acerca de las “máquinas para calcular.” La comisión que estudió estos trabajos estaba formada por famosos hombres de ciencia, como J. Henri Poincaré, quienes reconocieron el genio del inventor y ordenaron la inserción de la obra de Torres Quevedo en la colección de sabios extranjeros. Se comenzó a construir entonces la exitosa máquina para calcular las raíces de una ecuación de ocho términos, siendo terminada alrededor de 1920. Otros avanzados diseños del inventor cántabro resolvían raíces imaginarias o ecuaciones de segundo grado con coeficientes complejos. Durante el año 1914, Torres Quevedo publica en la Revista de la Real Academia de Ciencias de Madrid su memoria titulada Ensayos sobre automática. Es ahí donde funda una nueva ciencia, desconocida hasta entonces, que sería la precursora de nuestros robots. Para construir sus nuevas máquinas eligió cambiar los sistemas mecánicos por los eléctricos, ciertamente con un prometedor futuro. Para Leonardo, sus “autómatas” deberían tener sentidos para captar el ambiente, una fuente de energía propia e independiente y capacidad para la decisión entre diferentes opciones. Gracias a sus ideas sobre la automática, alumbró una serie de aparatos sorprendentes para las gentes de comienzos del siglo XX. El telekino era un autómata que realizaba las órdenes recibidas por medio de radio.

Fue el primer aparato de radiocontrol del mundo, introduciendo el concepto del mando a distancia para enviar señales de control a un aparato móvil. Su idea se basó en la necesidad de probar aparatos voladores sin la intervención de pilotos humanos, evitando así los riesgos innecesarios. En 1903 presentó una memoria sobre el telekino en la Academia de Ciencias de París e hizo una demostración práctica. Aplicó este mando a distancia para controlar un triciclo, en el frontón BetiJai de Madrid en 1904, una barca en la ría del Nervión en 1905, y un bote en el estanque de la Casa de Campo de Madrid en 1906. Otro de sus autómatas fue el ajedrecista que, como su nombre indica, era una máquina electromecánica capaz de jugar al ajedrez. En realidad solamente era capaz de resolver una jugada, jaque de torre y rey contra rey, pero fue el primer ingenio en su clase de todo el planeta. Constituye el primer ejemplo de inteligencia artificial programable. El ingenio pensaba su jugada y movía las piezas, ganando siempre. El contrincante humano, moviendo el rey negro, dentro de las normas del ajedrez, era presa de varios jaques por parte de la máquina, hasta terminar en un jaque mate que se anunciaba automáticamente a través de un gramófono. Leonardo construyó dos ajedrecistas, uno en 1912 y otro en 1920. El segundo modelo estaba mucho más perfeccionado, y ser presentado en el Congreso de Cibernética de París en 1922. Estos ingenios se basaban en sistemas mecánicos de movimiento, por medio de tambores y engranajes, además de un calculador electromecánico para controlar al “robot”. Su siguiente proeza automática se llamó aritmómetro. En el centenario del primitivo aritmómetro de Thomas Colmar, celebrado en 1920, Torres Quevedo presentó el suyo. Esta original invención, totalmente electromecánica, automática y fácil de utilizar es el precursor de las calculadoras actuales. El genio de los valles cántabros utilizó también su intelecto para construir grandes obras de la ingeniería, como sus famosos, y todavía activos, transbordadores.

Leonardo mejoró los modelos anteriores al liberar un extremo del cable de soporte de la barquilla, pasando por una poleas hasta un contrapeso situado en una posición precisa. Así, las tensiones de los cables se mantenían constantes independientemente del peso que transportara la barquilla. Con el sistema se ganó en seguridad, pues ante la rotura de alguno de los cables, los demás mantendrían la estabilidad del conjunto. Los primeros modelos, presentados en Suiza en 1890, fueron ignorados. Pero su patente del transbordador aéreo se aplicó con éxito en 1907 en el Monte Uría de San Sebastián. Con el éxito de esta máquina le ofrecieron un encargo inolvidable, diseñar el Transbordador del Niágara, que se construyó en 1916 y sigue funcionando como si el paso del tiempo no fuera con él, sin ser testigo jamás de ningún accidente. Las máquinas voladoras entusiasmaban a las gentes de principios del XX y, cómo no, también cautivaron a Torres Quevedo. El inventor centró sus esfuerzos aéreos en la estabilidad de los aerostatos. Su gran aportación en este campo consistió en introducir el armazón de los dirigibles en el interior de los globos, reforzando el conjunto con estructuras triangulares que dieron a los globos una gran resistencia. Los aerostatos de Leonardo fueron apoyados por el gobierno español, comenzando su construcción en 1905. En el parque aerostático de Guadalajara se demostró la eficacia de la nueva nave durante 1908. La empresa francesa Astra compró la patente, construyendo el gran Astra-Torres con 8.000 metros cúbicos de capacidad y una velocidad superior a los 80 kilómetros por hora. El modelo más asombroso fue el Astra-Torres XV, con 23.000 metros cúbicos de capacidad, similar a los Zeppelin alemanes y capaz de volar a más de 100 kilómetros por hora. Pero, después de toda esta gloria, sus invenciones cayeron por completo en el olvido, siendo tomadas en cuenta sobre todo en Alemania y América, pero ignoradas totalmente en su propio país.

Más info en: Ingenieros Ilustres

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