Eduardo Barreiros, motor de España

imgAVISO: El presente texto corresponde a la versión reducida del artículo que publiqué en el número de mayo de 2009 de Historia de Iberia Vieja. En esa edición impresa, por un error de maquetación, varias frases del texto aparecían cortadas. Con el papel no se puede ya arreglar nada, pero valga el presente texto para que, quien esté interesado, lea el contenido que allí no aparecía.

Patéticamente, don Eduardo Barreiros ha explicado sus razones para abandonar la empresa que llevaba su nombre. Son, en gran parte, razones de corazón que conmueven. Nosotros recorrimos, en unión de don Eduardo Barreiros, su gran fábrica y pudimos ser testigos del amor que había puesto en la empresa. Era, la suya, una entrega total y apasionada. Su vida entera palpitaba allí, como un corazón, o como un carburador. Desde una iniciación provinciana y modesta, había conseguido crear el gran imperio del transporte automovilístico español. Cuando nos hablaba de sus «todo terreno», trepando por las rampas de Iberoamérica, parecía resurgir una antigua conquista lograda a base de entrega. Cuando contemplaba, en el más moderno comprobador electrónico, el alma de sus aceros, se asomaba a algo más que a una aleación, se asomaba al gran motivo de su vida.

La Vanguardia. Edición del jueves, 29 de mayo 1969.

Barreiros, el motor de España, título que he elegido siguiendo el ejemplo que Hugh Thomas seleccionó para la biografía del que fuera padre de una parte importante de la industria automovilística de este país. Y si el biógrafo, cuya obra editó Planeta en 2007, pensó tal cosa, no fue por buscar una frase bonita o grandilocuente, simplemente acertó al describir el fruto del trabajo del ingeniero gallego.

En mi lista de artículos pendientes para esta sección que lleva el título de Made in Spain hay personajes y máquinas de todo tipo. No se trata de un grupo precisamente pequeño de sorprendentes historias, pero esta misma mañana me percaté que faltaba alguien muy especial por ser recordado. Ante mí, como en cientos de ocasiones, cruzó un añejo camión de cabina blanquecina y volquete azul. Su pintura apenas puede disimular el ataque del óxido que amenaza la integridad de su estructura, pero aun así continúa ronroneando como si el duro trabajo al que es sometido fuera para la bestia mecánica un premio diario. Conozco ese camión desde siempre, lleva más de cuarenta años repartiendo carbones, oficio de gran dureza y ahí sigue, llegando donde sus compañeros de generación no han podido. Estoy seguro de que la mayoría de los lectores serán capaces de recordar haber visto algún vehículo con motor Barreiros en plena faena. No quedan muchos de su época de esplendor, esos viejos cacharros que compartían glorias con parientes dotados de rugientes motores Perkins, llegaron a convertirse en el símbolo de una época llena de esperanzas futuras en medio de una condiciones de vida muy duras.

¡Es un motor español!

He aquí la cuestión, y tampoco sorprenderá que en la otra biografía existente actualmente sobre Barreiros, la publicada por José Luís García Ruiz y Manuel Santos Redondo en 2001, se aludiera a la obra de Barreiros como el motor español. No se trata de nacionalismos de ninguna clase ni tan siquiera de un recurso fácil para llamar la atención de lo patrio. Nada de eso, porque si un hombre fue capaz de levantar todo un imperio del motor en los años cincuenta, en España, sorteando terribles dificultades en una tierra donde todo estaba por hacer, la exageración se encuentra fuera de lugar. Sólo hay que imaginar brevemente la situación económica del país, emergiendo a duras penas de un régimen autárquico pernicioso en medio del aislamiento internacional, con las arcas vacías tras una horrenda guerra.

En tal marco desastroso, a las puertas del desarrollismo que cambió el rostro ibérico, surgió una industria sin igual animada por alguien excepcional. Partiendo de un humilde taller en Galicia, logró crear un gran complejo de empresas industriales, junto con familiares y colaboradores de gran valor, que fue capaz de convertir su apellido en sinónimo de motor diesel. Eduardo Barreiros nació en Gundiás, en la orensana Parroquia de San Miguel del Campo a finales de 1919. La querencia por el mundo del motor parece que le venía de familia, a fin de cuentas su padre se hizo cargo de varias línea de autobuses y fue, precisamente con ese negocio, donde trabajó como conductor además de asistir a un taller para aprender el oficio de mecánico. Tras la Guerra Civil, la pequeña empresa de transportes familiar prosperó poco a poco. Eran tiempos difíciles, cuando el ingenio valía su peso en oro y el joven Eduardo demostraba su calidad en el taller siendo capaz de adaptar carrocerías y fabricar sistemas de gasógeno capaces de alimentar vehículos en una época de carestía de combustibles.

A partir de ahí su pasión constructora no se detendría nunca. Fundó su propio taller mecánico y logró varios contratos para realización de obras públicas. La máquinas destinadas a tales trabajos fueron construidos por su propio equipo, adaptando piezas de viejas máquinas o, llegado el caso, ideando otras completamente desde cero. No había mecanismo que se le resistiera, lo que tiene mérito, sobre todo porque la falta de materiales hacía peligrar el cumplimiento de los encargos. Da acá tomaba largueros metálicos y los convertía en chasis completamente nuevos, de allá armaba algo extraño y lo transformaba en una barredora o en un camión para asfaltar. Con tan buen trabajo logró el aprecio de la administración, que continuamente concedió a su pequeña empresa nuevas contratas de obra pública. Y así, sin tiempo para detenerse, el taller orensano comenzó a realizar una de sus más famosas tareas, a saber, el transformar motores de gasolina a diesel, lo que se convirtió en un negocio redondo.

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Una gran industria

Llegados los años cincuenta, lo que fue un taller familiar se había convertido en un monstruo del motor. Con tecnología propia y desde la madrileña Villaverde, nacieron los famosos motores Barreiros Diesel, además de otras piezas mecánicas que pueden considerarse como verdaderas obras de arte de la ingeniería, desde equipos eléctricos a sistemas de inyección. Los motores pensados por Eduardo se aplicaron entonces a prácticamente todo aquello que tuviera ruedas: camiones, automóviles, generadores eléctricos y cualquier otro tipo de máquina que necesitara una planta motriz robusta, sencilla pero potente. De ahí, precisamente, el honor de ser considerado el motor de España, pues no hubo durante décadas lugar en este país que no escuchara el traqueteo de las válvulas de un motor Barreiros.

En continuo crecimiento, las industrias de Barreiros se fueron diversificando. Primeramente con una fundición para bloques y culatas de motor, más adelante se uniría una planta completa para fabricar camiones como el Azor, o furgonetas Tempo de origen alemán. Todo eran elogios por parte de las autoridades, premios y medallas, pero las cosas iban a cambiar radicalmente en pocos años. La llegada de capital americano fue en principio tomada como una bendición y, aunque se demostró que realmente aquello podía hacer llegar a la empresa a alcanzar un tamaño jamás pensado, también enseñó algunas lecciones muy duras a Eduardo. A principios de los años sesenta cede una parte considerable del capital de su empresa a un gigante de los Estados Unidos. Nació así la emblemática Barreiros Chrysler, que fabricó vehículos recordados con cariño todavía por mucha gente. ¿Acaso hace tanto tiempo que nuestras carreteras eran surcadas por los Dodge o los Simca? Para armar aquellos automóviles la empresa creció en todos los sentidos, tanto en capital como en tamaño de los talleres de Villaverde, además de organizarse una red comercial muy potente. Lo que fueron modestas naves que contemplaron el nacimiento de los motores Barreiros eran ya un complejo industrial automovilístico de impresionante tamaño. Fue una época excitante, con contratos en Gran Bretaña, una nueva esperanza abierta en las exportaciones y una carga de trabajo que no cesaba en su crecimiento. Decenas de países comenzaron a disfrutar de las excelencias de los motores Barreiros y los premios cayeron del cielo sin fin.

Pero, ay, el monstruo ya es demasiado grande como para que se mantenga bajo las riendas de la familia. Sin pausa, la participación en el capital de la empresa por parte de los americanos fue creciendo, hasta que los Barreiros ya no contaron más que con una pequeña parte del mismo. Tras haber contribuido a cambiar la cara de la industria española y después de crear más de 25.000 puestos de trabajo, Barreiros se vio en la necesidad de vender su porción del capital a Chrysler, que controló a partir de entonces la empresa a su antojo.

Más allá de los motores

A las puertas de los años setenta se encontró Eduardo Barreiros sin lo que había sido su sueño, contaba con capital pero no con industria. Otro en similares circunstancias, tras una vida dedicada al trabajo sin descanso posiblemente hubiera decidido hacer una pausa o incluso detener su frenético régimen de vida para disfrutar viajando o realizando actividades ociosas. No fue el caso, su espíritu inventivo le llevó a crear otras empresas. Primeramente se empeñó en convertir en campo de cultivo una amplia área de tierra baldía en Ciudad Real y, cómo no, logró su objetivo. Por si crear espacios cultivables donde antes no crecían ni las malas hierbas fuera poco, invierte en ganadería con gran éxito, además de en bodegas en La Mancha, minería en Galicia, inmobiliarias y otros negocios. No todo marchó sobre ruedas, claro está, pero quede aquí constancia de que su inquieto espíritu empresarial no se detuvo.

Muestra de ello fue, por ejemplo, fue su aventura cubana. A finales de los años setenta Barreiros fundó una nueva empresa, en aquella ocasión dedicada a desarrollar motores diesel de gran eficacia y baja contaminación. Además, crea un gran laboratorio en Pinto, Madrid, donde se volcará en esa tarea de mejorar los motores conocidos hasta entonces. Y fue entonces, cuando gana un concurso convocado por el gobierno de Cuba, sobrepasando en calidad a las ofertas presentadas por grandes industrias internacionales. En una prueba de resistencia excepcional, las cualidades del nuevo motor ideado por Barreiros lograron superar a su más directo competidor. Las exigencias del concurso no eran como para ser tomadas a la ligera, el motor de ocho cilindros debía funcionar bajo duras condiciones ambientales durante al menos cuatro meses sin un segundo de descanso. Superar la prueba hizo que aquellos motores se convirtieran en leyenda y que, de paso, Barreiros se volcara de lleno en su desarrollo en Cuba, donde finalmente encontraría el descanso eterno, pues falleció en La Habana en febrero de 1992.

Más información: Fundación Eduardo Barreiros.

Imagen: Viejo motor diésel Barreiros. Pertenecía a un camión grúa de la factoría de Explosivos Río Tinto de Guardo (Palencia). Lo fotografié hace varios años y, supongo, habra sido tristemente convertido en chatarra.

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