Ciudad platillo

Con este pequeño artículo se inaugura hoy TecOb Año V. Sí, ya ha pasado mucho tiempo desde que el 24 de febrero de 2005 naciera este blog y, aunque cada vez hay menos rato para escribir, espero que todavía viva mucho.

imgLa expresión platillo volante, prácticamente caída en el olvido hoy día, fue muy empleada durante los años cuarenta y cincuenta prácticamente para designar cualquier cosa que pudiera volar y que fuera extraña, en el mundo real, en el cine o la literatura. Entrañables son las películas “de platillos”, tan ingenuas, que proliferaron por entonces.

En plena euforia “platillera” desarrolló su inventiva el polifacético Alexander Weygers, nacido en 1901 y fallecido en 1989. Este estadounidense inquieto y excéntrico no puede ser catalogado de forma precisa, ni falta que hace, porque eso de distribuir a la gente en compartimentos por ocupación o intereses no deja de ser una simplificación exagerada cuando tratamos con personajes como éste. Veamos, además de pintor, escultor, filósofo, inventor, ingeniero, escritor y editor, resulta que Weygers también fue un visionario de primera categoría, fantasioso y audaz. Nació en Indonesia y sus padres eran holandeses, pero siendo ya ingeniero, decidió viajar al otro lado del océano, donde residió desde los treinta años, aunque muy quieto no se quedó, porque viajó de nuevo por Indonesia e incluso, llegada la Segunda Guerra Mundial, partició en operaciones de inteligencia para el ejército de los Estados Unidos. Tiempo antes, a principios de los años veinte del siglo pasado, la muerte de su mujer marcó tanto su vida que decidió dejar de lado su trabajo como ingeniero y pasó a dedicarse al arte. Para ello, acudió a instituciones de enseñanza, tanto americanas como europeas, empapándose de todo tipo de ideas y tendencias.

Así se forjó la compleja obra de Weygers, mezcla de tecnología, poesía y escultura. Su obra más conocida es un aparato volador con forma de platillo, para el que logró la patente estadounidense número 2.377.835 en el año 1944. Ciertamente, se trata de un diseño sorprendente, posiblemente no fuera factible en el mundo real, pero en la imaginación de Weygers constituyó el punto de partida para crear todo un universo imaginario y alternativo. Este aparato, al que llamó discóptero (discopter), no era muy diferente a otras ensoñaciones discoidales de la época, pero lo original aquí está en que se concibió como proyecto artístico.

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Siendo profesor en Berkeley, viviendo ya con su segunda esposa, desarrolló toda una serie de propuestas tecnoartísticas que hicieron de él alguien admirado en su época. Algunos periódicos le llamaron incluso como “el Leonardo da Vinci del siglo XX”. Posiblemente exagerado, claro está, pero no por ello Weygers merece el olvido en el que actualmente se encuentra su obra porque, si bien pueden encontrarse algunas muestras de su trabajo en museos, no es menos cierto que apenas hay estudios sobre su figura. Pionero del reciclaje, mecánico sin igual y filósofo optimista fuera de toda corriente reconocible, Weygers imaginó un futuro en el que sus discópteros incluso hubieran dado forma a toda una ciudad, como puede verse en esta idealización de un hipotético San Francisco del futuro:

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Dibujos procedentes de la patente del discóptero:
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