¿Cómo capturar micrometeoritos?

He pensado introducir algunas novedades en TecOb para este año 2009. Lamentablemente, el tiempo seguirá siendo escaso, así que muchos artículos que están ahora mismo en espera, sobre todo los largos, muy largos o extralargos, aparecerán con la frecuencia acostumbrada, es decir, menos de lo que desearía. He pensado cambiar el theme del blog por algo todavía más limpio, pero tengo el código medio hilvanado y va para largo. Por ello, la única sorpresa o cambio, aunque no sea algo espectacular, será la introducción de una nueva categoría en el blog. Se trata de mostrar algunos experimentos que realmente me hayan llamado la atención y que puedan realizarse por cualquier persona que muestre un mínimo de interés. La idea no consiste en desarrollar instrucciones precisas, sino más bien encaminar a quien desee reproducirlos a recursos donde se haya tratado el tema en profundidad, porque sobre experimentación “casera” hay verdaderas joyas escondidas que son dignas de descubrir.

Por ejemplo, uno de los experimentos que más me han atraído y que podría colocar en los primeros puestos de un imaginario ranking personal es la recolección de micrometeoritos. Vale, hay que reconocerlo, aquí no hay vistosos rayos saltando entre aparatos raros ni fluidos que cambien de color por alguna reacción química espectacular. No, se trata simple y llanamente de algo apasionante pero sencillo, cazar verdaderos supervivientes del espacio.

Antes de nada, lo más correcto será explicar un poco qué se entiende por micrometeorito. Se trata de pequeñas partículas de diversos materiales extraterrestres que, tras sobrevivir a la entrada en la atmósfera de nuestro planeta, a la fricción y la enorme temperatura que eso supone, quedan convertidas en polvo que se mantiene en la atmósfera en suspensión. Su tamaño es diminuto, con diámetros de milésimas de milímetro, por lo que es necesario emplear microscopios para observarlos en todo su esplendor. Cada día caen sobre la Tierra grandes cantidades de materiales extraterrestres que, tras su paso por la atmósfera y servir generalmente de núcleos de coalescencia para el agua de lluvia, son precipitados a la superficie.

Es la lluvia el medio del que nos serviremos para cazar a estos mensajeros del espacio. Para organizar el experimento reuniremos en primer lugar los materiales necesarios para llevarlo a cabo. La lista es realmente sencilla:

1.- Un microscopio, de unos cien aumentos.
2.- Un cubo de plástico.
3.- Una hoja de papel.
4.- Un imán.

Bien, lo del microscopio puede ser lo más complicado porque mucha gente posiblemente no tenga uno a mano. Los hay baratos, e incluso uno de juguete que no fuera muy malo podría servir. Los materiales que dieron forma al Sistema Solar siguen, en gran parte, dispersos por ahí, en el espacio, como polvo cósmico que, cuando llega a la Tierra, es acelerado y calentado a temperaturas altísimas. Las conocidas como estrellas fugaces nos muestran el ígneo y veloz viaje de estos verdaderos “ladrillos” primigenios por nuestra atmósfera. Al enfriarse, ya convertidos en simple polvo, son llevados por los vientos e introducidos en la dinámica atmosférica, donde participan en la formación de lluvias y precipitan a la superficie. Ahí termina su viaje, que puede haber durado sin exagerar varios miles de millones de años.

imgBuscaremos un lugar alejado de ciudades, para escapar de la contaminación, y de centrales térmicas de carbón. Por desgracia, donde yo vivo, hay cerca una gran central térmica de carbón que, por su gran chimenea, expele cenizas volantes que son muy similares en su morfología a ciertos micrometeoritos. La lluvia se encarga del resto, colocaremos un cubo de plástico en la boca de salida de un canalón, por ejemplo, y lo dejaremos ahí un tiempo, varios días. Cuando llueve, los micrometeoritos caen y, además, los que ya se hubieran depositado en el tejado también serán arrastrados y “concentrados” por el canalón que desemboca en nuestro cubo. Extraeremos el barro acumulado en el cubo, tras haber filtrado el agua y, poco a poco, depositaremos sobre una hoja de papel porciones del barro seco y desmenuzado. Moveremos un imán, situado bajo el papel, para separar el “polvillo” metálico del resto del barro. Claro, no todos lo micrometeoritos tienen propiedades magnéticas, pero son éstos, los metálicos, los únicos que podremos “cazar”. Ya con el polvo seleccionado por el imán en nuestro poder, procederemos a observarlo con el microscopio. Ahí, delante de nosotros, tendremos pequeñas esférulas, formas que guardan rastros de su violento paso por la atmósfera, micrometeoritos que han llegado a nuestras manos desde las profundidades del espacio. Entre la muestra resultante se habrán incluido otros materiales metálicos de diverso origen y para separarlos de los verdaderos micrometeoritos habría que recurrir a complejos análisis isotópicos pero, a buen seguro, entre lo que observemos, habrá pequeñas esferas metálicas que serán verdaderos micrometeoritos con miles de millones de años de existencia. Como último apunte conviene recordar que, al menos en teoría, es más sencilla la “caza” de micrometeoritos si se realiza en épocas de “lluvias de estrellas”, aunque no es necesario esperar a que se produzcan porque, en realidad, material extraterrestre cae a la Tierra a diario.

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