Ultimátums

imgPuede que sólo sea cosa mía, pero últimamente nada me sorprende del cine actual. Quede constancia que esto lo escribe un fanático de la ciencia ficción, un friki en toda regla, para lo bueno y para lo malo, que se entretiene con cualquier cosa que remotamente tenga argumento de ambiente espacial o fantástico, pero del simple entretenimiento al disfrute va un trecho bastante amplio y, además, muy profundo. Después de haber visto todos los clásicos de serie B, esas maravillas sin pies ni cabeza, en blanco y negro, si pretensión alguna pero con encanto de los años cincuenta y sesenta, uno espera que con un montón de millones en el bolsillo se creen películas que vayan más allá del puro artificio, pero no, el camino parece ser el inverso. Hay dos clásicos que siempre ocuparán un lugar especial en mi memoria. Los disfruté con asombro cuando era muy pequeño, así que cuando se habla de remakes empiezo a bostezar, porque tradicionalmente lo que se hizo con presupuestos escasos no suele ser superado con muchos millones sobre la mesa. Cabría esperar lo contrario, eso nos dicta el sentido común, con mucho dinero podría contratarse a un equipo de guionistas memorable, lástima que luego tengamos que ver cosas como Ultimátum a la Tierra en versión posmoderna, con mucho dinero a sus espaldas, pero sin la substancia del añejo clásico en blanco y negro.

Esas dos películas que siempre me vienen a la cabeza porque me sorprendieron de verdad, con apenas diez o doce años, son Ultimátum a la Tierra y El enigma de otro mundo. Surgidas en plena Guerra Fría, época de platillos volantes y miedo ante la aniquilación nuclear, se percibe en ellas la lucha entre esperanza ante el progreso técnico y el miedo al futuro, la pesadilla de la invasión, ya fuera de extraterrestres como de comunistas, que venía a ser lo mismo en pleno macarthismo, con cierto toque romántico y hasta épico.

Esto de los remakes tiene su gracia. Puedes apostar si la nueva versión será mejor o peor que la original, aunque en los últimos tiempos supone apostar por el caballo ganador si te inclinas a que será un desastre. Con el caso de El enigma de otro mundo, de 1951, película de “platillos” donde las haya, aunque no se viera ninguno, con bestia humanoide vegetal incluida, nació un remake de la mano de Carpenter que fue bastante digno. Corría el año 82 y los cines dieron luz a La Cosa. Ah, pero fallaba algo. Sí, mucho terror, efectos bastante buenos, miedo y demás, pero ahí se quedó todo. Igual se trata de nostalgia del blanco y negro, pero en La Cosa no había prácticamente nada de su pariente del 51, ni los diálogos ni la tensión tenían nada que ver. De una historia sencilla, cargada de paranoia, se pasó a un producto de terror, sin poesía alguna. Claro, para entretener durante poco más de una hora podía valer, nada más, el clásico no fue superado aunque se gastara más dinero.

Y ahora, ayer por la noche, le tocó el turno a Ultimátum a la Tierra, mi clásico favorito, la película “platillera” por excelencia, referencia sin igual en el género, con remake estilo 2008, esto es, mucho dinero, muchos efectos, muchas estrellas y poca miga. Aviso que lo que viene a continuación va a destripar algunas porciones de la película, así que alertados queden los que quieran seguir leyendo y no deseen perder la emoción… si es que logran encontrar algo así en esta nueva versión. El original de Robert Wise, también del año 51, es ya un mito. En la memoria colectiva queda la imagen, tan repetida, del platillo aterrizando en medio de la ciudad, inspiración directa para películas, cromos y series televisivas de los sesenta que alimentaron la genial gamberrada de Tim Burton en Mars Attacks!

Vale, pues el ultimátum del 2008 no tiene gracia, así de sencillo. Sirve para pasar un rato, cómo no, pero no se acerca al clásico ni un millón de años luz. Uno añora al Klaatu original, interpretado magistralmente por Michael Rennie, hasta el propio Gort tenía mucha más gracia en la versión original, ¡y eso que sólo es un autómata! ¿Dónde quedaron los diálogos y las reflexiones que aparecen en la película de Wise? Han debido olvidarse por ahí, perdidos en la oficina de algún guionista despistado, o recortados por ciertos productores que pensaron en eliminarlos porque no eran comerciales. El resultado es una cosa de lo más soso, llegando a ser hasta aburrida. Keanu Reeves parece que se ha quedado atrapado en Matrix, pero no me parece que sea culpa de él, sino del propio nuevo Klaatu, porque se supone que es algo así como un ente de energía enclaustrado en un cuerpo terrestre y que, cómo no, tiene que adaptarse a todo lo que significa ser humano. De Jennifer Connelly no sé qué pensar, siempre la recordaré por Dentro del Laberinto, así que cada vez que aparece en pantalla me acuerdo de Jim Henson. Eso sí, cómo hubiera disfrutado si hubiera pegado un pequeño tortazo o una colleja al pesadísimo de su hijastro en esta nueva versión de ultimátum, porque la verdad, el niño aburre a las ovejas, es pesadísimo, pero claro, con un tortazo la película podía haber pasado de la ciencia ficción al drama contemporáneo, con orden de alejamiento añadida.

La cosa empieza mal, reclutamiento de científicos, traslado forzoso en virtud de la dichosa seguridad nacional, helicópteros, soldados por todas partes y pantallas interactivas más propias de Minority Report que de cualquier aparato real. Todo suena a “ya visto”, hemos contemplado demasiadas veces la misma escena. El gobierno de turno recluta a la fuerza a un grupo de científicos para arreglar cualquier tipo de problema, con extraterrestres por el medio mayormente. Lo peor es que casi la mitad de la película se va en eso, con traslados, militares y un intento de crear inquietud que no llega nunca. Pero si el argumento estuviera bien trazado y tramado todavía podría disfrutarse el conjunto, aunque la película sólo visite lugares comunes ya vistos en decenas de otras muestras del género y, sobre todo, en televisión. Pero nada más lejos de la realidad, porque la trama emite chirridos desde el principio. Veamos, se supone que un gran asteroide va a chocar contra Nueva York, pura originalidad, aunque en este caso tiene sentido porque se trata de remedar al original. Pero en lugar de dar orden de evacuación, lo que se manda es montar a un grupo de científicos embutidos en trajes NBQ y enviarlos a la ciudad, donde a buen seguro quedarán fritos por la onda expansiva.

Se supone que, en las altas esferas, ya sabían que de asteroide nada de nada, pero no queda claro. En fin, gran objeto esférico en medio de Central Park, con bonitos reflejos, la Connelly en medio de la fiesta y la Guardia Nacional con gatillo fácil apuntando al invasor. Aparece Klaatu y recibe un tiro, punto final, hasta aquí cualquier similitud con el original. Cuando el gigantón robótico entra en escena la cosa se convierte ya en esperpento, porque todo lo que sigue recuerda poderosamente a fragmentos de muchas otras obras de ciencia ficción. Ahí está cuando Klaatu-Reeves es llevado al hospital, su resurección, la salida de su biocobertura de protección. Me recuerda mucho al viejo ET y las escenas de su muerte y resurrección entre médicos. Hay toques incluso al estilo de 4.400, por no hablar de revisitar, sí otra vez, un remedo de Cheyenne Mountain, o de lo que parece querer ser el toque más original de la película, la conversión de Gort en un enjambre de insectos mecánicos animados por nanotecnología que comienzan a comerse el planeta. Lo malo de estos insectos “nano” es que ya están muy vistos, abundan tanto en los telefilms de bajo presupuesto de los últimos diez años que ya aburren. Claro, los efectos son bastante buenos, pero con eso no basta.

Finalmente, está el núcleo del argumento. Siempre tiene que haber un coco, un miedo superior, un enemigo terrorífico para cada época. Klaatu llegó en los cincuenta a nuestro mundo para destruir a la humanidad porque se estaba convirtiendo en un peligro para el orden cósmico, claro, todo motivado por el problema de entonces, las armas atómicas. Ahora que, supuestamente, ya no tenemos ese problema, había que buscar otro coco. Se cae en ese momento en la trama ecoterrorífica de culpar a la humanidad de la destrucción de la Tierra, como organismo vivo singular. Se comete el mismo error en que cayó Night Shyamalan con El incidente, la naturaleza vengándose de los humanos. En el ultimátum de 2008 el núcleo del problema es el mismo, se pasa del miedo a la guerra nuclear al miedo, por parte de una innominada federación de mundos, a que la humanidad destruya la Tierra. La solución está clara, eliminar a lo humanos, así de sencillo. Y, por si la simpleza del argumento no fuera bastante, Klaatu ya no se deja convencer de lo contrario por una serie de conversaciones con amables gentes corrientes, como en la versión del 51, nada de eso, ahora la poderosa entidad energética encerrada dentro de Keanu se pasa el rato remendándose con restos de su crisálida, charlando en un McDonald’s con un colega alienígena que se ha acostumbrado a ser humano y aguantando las impertinencias de un niño pesadísimo.

En cierto episodio de Los Simpson, fastidiando la fiesta homenaje a Homer caracterizado al estilo Forrest Gump, aparecen los verdosos alienígenas Kang y Kodos, decididos a destruir la Tierra. Sólo las imágenes de famosos guardadas en la cabecita de Maggie logran salvar nuestro mundo. Pues bien, al menos Kang y Kodos tuvieron un motivo, eran adictos a los famosos, así que salvaron al mundo. Pero el nuevo Klaatu, desde que pone los pies en Central Park es disparado, drogado, sometido a un detector de mentiras, perseguido por helicópteros y policías, asediado por un mocoso que desea matarlo y, para colmo, la Connelly tampoco ofrece muchos motivos para querer cambiar el destino humano. El final, demasiado acelerado, que parece haber sido producido con cierta desgana como deseando acabar de una vez, se queda en nada. Protegiendo a sus amigos humanos del ataque de las micromáquinas, habiendo sufrido un bombardeo por parte del belicosísimo gobierno, aunque sigo sin entender por qué no recurrieron, ya que estaban en la senda de disparar a toda costa, a las armas nucleares, Klaatu va y dice algo así como:

—Ahora ya lo capto, tenéis algo especial…

Sinceramente, si yo hubiera estado en la piel de Klaatu-Reeeves, me hubiera cargado a la humanidad y punto final, porque motivos para cambiar la decisión no es que me ofrecieran muchos entre tanto desatino. Ah, por cierto, la idea de las esferas-arca, embarcando especies de todo el mundo para salvarlas de la destrucción del diluvio nanotecnológico, me recuerda tanto a Sky Captain… Ay.

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