Al terminar la lectura de Por ambas Castillas, donde el geógrafo Don Jesús García Fernández recogía sus impresiones acerca paisajes y paisanajes de esa España profunda, sobre todo de los años cincuenta que ya prácticamente no existe, recordé la colección de localismos que tengo anotada en uno de mis cuadernos de campo.
He de avisar que, aunque he visitado muchos pueblos, comarcas y ciudades, conversando con las gentes que en tales lugares habitan y que me he interesado por formas de vida y costumbres, quedando todo ello anotado en diarios y demás cuadernos de curiosidades, mi carácter huraño seguramente hará que me equivoque en algunas de las apreciaciones que a continuación aparecen. En varias hojas de uno de los cuadernillos, reservé hace años espacio para ir anotando las expresiones o frases más extrañas, según mi parecer, con las que me iba encontrando. Llámense localismos, aunque hoy día poco tienen de ello, pues aunque algunas de las expresiones nacieron en un lugar concreto, hoy pueden escucharse en los más insospechados rincones, de ahí el título que he dado a este artículillo.
Bien, manos a la obra, voy a seleccionar de entre todas las expresiones recogidas en las añejas hojas mencionadas, las que más me llamaron la atención. Repito que, dado mi despiste habitual y a mi casi inexistente vida social, puede que algunas de estas frasecillas o palabras sean hoy de uso común en muchos lugares y yo no me haya dado cuenta, por lo que en realidad no sean tan raras como a mí me parecen. Sea como fuere, marcaré en cursiva tales formas de expresión que, además, se rigen por dos normas muy sencillas. En primer lugar, sólo he seleccionado los ejemplos que he oído en más de dos ocasiones en boca de personas diferentes y en lugares diversos, de forma que no puedo decir que tal o cual expresión “pertenezca” a un lugar concreto, porque generalmente los hablantes ni se conocían ni vivían en la misma comarca. En segundo lugar, los ejemplos corresponden a situaciones comunes, esto es, que las personas que emplearon tal o cual frase, lo hicieron para expresar la misma idea. No sucede lo mismo con otros casos que tengo anotados y que guardan cierto desconcierto, porque dependiendo del lugar en que se empleen, pueden incluso tener significados contrarios.
En ocasiones, cuando alguien no sabe nada sobre un tema, afirma que no tiene ni pajolera idea. En el caso de una mañana muy atareada, o cuando se ha buscado algo de tienda en tienda y no se ha encontrado, he escuchado que se han recorrido las siete partidas. Desconozco si tal forma de referirse a un largo trecho andado tenga algo que ver con el Código de las Siete Partidas de Alfonso X El Sabio, pero bien pudiera ser.
Sorprendente es la cantidad de expresiones empleadas por gentes de toda condición y lugar para referirse a la estupidez, la tontería o, simplemente, para decir que alguien es tonto. He ahí pazguato, avutarda vieja, semiperanto, cencerro, sansirolé,señorito de pamplingao, acipámpano o tonto de coria. En el último ejemplo, no sé si habrá relación con el cacereño municipio de Coria y por qué ha dado lugar a esa expresión que he escuchado sobre todo en Valladolid y Burgos, pero vaya usted a saber, estas cosas surgen de la forma más inesperada.
Y, he aquí que, cuando alguien llega a la culminación de un proyecto o ha encontrado la solución a algo, puede decir ábate o, para dar por terminado un asunto, ¡punto pelota! Bien, no nos vayamos por los cerros de Úbeda y veamos que, cuando alguien es muy ingenuo, puede decirse que se trata de un alma cándida o que, si se come mucho y no se engorda, se tiene el espíritu de la golosina. Ya en harina, cuando una persona está metida en muchos líos, dícese que está montando atropos, quién sabe si vendrá tal cosa de atropar.
Hasta aquí, palabras o frases sencillas. Lo que a continuación tengo anotado, ya roza lo esperpéntico y, de no haberlo escuchado en gran número de ocasiones en boca de personas de diversa procedencia, hubiera sido descartado por extraño. Así, podemos escuchar eso y nada pariente del tío ninguno, en referencia a cosas de escaso valor, o parecer la faldiquera de un sardinero, seguramente en referencia a las faldiqueras, bolsos atados a la cintura que se solían llevar de antiguo bajo las ropas, sobre todo por parte de las mujeres.
Llegando a la exageración, pueden decir de uno que se es más malo que cagada de gato, o que pareces el bicho que picó al tren. No es raro encontrar a personas que se acuerdan de San Pitopato, o de algún perro pichi. Hay cosas que sucederán cuando San Juan baje el dedo, o sea, que van para largo. En otras ocasiones, no hay que esperar tanto, pero suceden de pascuas a ramos.
Y con esto, y un bizcocho, nos acordaremos de Rita la churrera, que vaya usted a saber quién fue, o nos negaremos a hacer algo que no practicaríamos ni jartos de vino, o bien, si estamos muy pesados preguntando qué hay para comer, nos pueden saltar con que hay canguingos y patas de ranas… o de peces, porque ambas formas de decirlo han llegado a mis oídos. Ahora bien, si hay un localismo que me encanta y más recuerdos me trae, es guaje.
Yo, de pequeño, era un guaje porque, normalmente, los niños y jovencitos, en el norte palentino, en León y en Asturias, son guajes. Para mí, es lo más normal del mundo llamar guaje a un niño, aunque en otros lugares el empleo de esta palabra causa extrañeza. Al parecer, el término se originó en las cuencas mineras norteñas, como la de Guardo, donde vivo, en relación a los menores que ejercían de ayudantes en trabajos mineros, en recuerdo de los lavaderos de carbón denominados técnicamente con el término de origen inglés walsher. Los niños de los lavaderos, o walshers, no tardaron en ser llamados guajes y, en poco tiempo, cualquier niño era llamado guaje. Palabra con tanta tradición en estas tierras norteñas como los queridos calendarios de la Unión Española de Explosivos, que cada año decoraban los comedores de las casas de obreros y mineros con estampas de gran belleza y señoras estupendas, como las que pintaba Julio Romero de Torres.